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El Pisuerga pasa por...

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El Pisuerga pasa por...

Las mudanzas de la corte de Felipe III desataron la especulación en Madrid y Valladolid, y enriquecieron al duque de Lerma poco antes de la bancarrota de la Corona

28.04.13 - 00:01 -
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A la izquierda Felipe III, que se trasladó a Valladolid a instancias del duque de Lerma, a la derecha.

Los periódicos dieron dos datos el pasado viernes: los parados suman 6,2 millones, y el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) contabiliza 1.661 casos de corrupción en los juzgados y tribunales. Ambas cifras confirman que la crisis y los escándalos siempre aparecen juntos en España, el país europeo que acumula más bancarrotas a lo largo de la historia. Han sido trece desde los Habsburgo; más que Grecia, Italia o Portugal. Y una de ellas, la cuarta, que tuvo lugar en 1607, durante el reinado de Felipe III, resulta interesante porque se produjo tras un chanchullo inmobiliario que recuerda las prácticas de la reciente 'burbuja' del ladrillo.

Felipe III acababa de trasladar la corte dos veces en apenas un lustro: se fue de Madrid a Valladolid en 1601 y regresó en 1606. En ambas ocasiones actuó instigado por su valido, Francisco de Sandoval y Rojas, el poderoso e inmensamente rico duque de Lerma, quien se lucró a costa de las mudanzas de su rey, especulando con solares, residencias y palacios, primero a orillas del Pisuerga y luego, en Madrid.

La jugada del duque, que era la mano derecha del monarca, fue una 'obra de arte' especulativa. Cuando Felipe III todavía no había partido hacia Valladolid, el valido compró bienes inmuebles para vendérselos más caros a los nobles, funcionarios, artistas y arribistas que, a buen seguro, seguirían los pasos del rey. Tiempo después repitió la operación en Madrid, donde los precios habían caído, antes de que el monarca emprendiera el regreso, de nuevo a instancias de su hombre de confianza.

El vaivén de la corte de Felipe III es bien conocido por los estudiosos de aquella época, que se interrogan sobre los cabildeos del duque de Lerma mientras movía los hilos para que la Corona hiciera las maletas. El personaje, conspicuo vendedor de cargos públicos, les resulta fascinante a algunos estudiosos -no hay más que ver el singular conjunto monumental que erigió en Lerma y los fastos que organizó en ese municipio burgalés-. Pero otros especialistas no le profesan demasiada simpatía, y quizá no les falta razón en nuestros atribulados días.

La doctora en Economía M. Fátima de la Fuente del Moral, catedrática de la Universidad Complutense, menciona las trapacerías del magnate castellano, originario de Tordesillas (Valladolid), en la primera entrega de su artículo 'Trece suspensiones de pagos de la historia de España' (revista Clio número 138). No pocos expertos temen que más pronto o más tarde llegará, o al menos se bordeará, la decimocuarta bancarrota, la primera del siglo XXI. Como en anteriores ocasiones, la corrupción planea sobre las cuentas del Reino, igual que pasó con el duque de Lerma.

Las causas de la suspensión de pagos de 1607, y de las que se produjeron antes y después con los Habsburgo, se estudian en el bachillerato y la universidad, aunque con dudoso aprovechamiento, a tenor del maltrecho estado actual de la economía. Los metales preciosos de América se despilfarraban en manufacturas europeas; las actividades que hoy denominamos industriales estaban de capa caída a causa de la inflación y de los impuestos, así que no había mucho que exportar. En vez de crear riqueza, en aquella época era preferible comprar títulos nobiliarios porque se soportaban menos impuestos. El pueblo se quejó a la Corona, pero la venta de títulos no cesó porque tenía fines recaudatorios...

Algunos, salvando las lógicas distancias, trazan paralelismos entre el mal gobierno de los Habsburgo, endeudados hasta la gorguera, y el sistema político y económico de nuestros días. A decir verdad, si el desbarajuste de los Austrias aguantó tanto tiempo -Felipe II fue uno de sus mayores exponentes- fue gracias los barcos que llegaban a la Península cargados de oro y plata, que representaban una garantía de pago para los prestamistas. El imperio renegociaba su deuda, pagando altos intereses, a cuenta de las riquezas que llegarían en el futuro. Un interrogante planea hoy sobre España. ¿Qué garantías se pueden ofrecer a los nuevos acreedores?

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