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¿Es un monstruo Amanda Knox?

EL MISTERIO DEL ASESINATO DE MEREDITH KERCHER

¿Es un monstruo Amanda Knox?

27.04.13 - 00:01 -
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Dentro de unos meses, en lo que queda de este año o quizá a principios del que viene, el Tribunal de Apelación de Florencia tendrá que decidir si Amanda Knox y Raffaele Sollecito son culpables o inocentes de agredir sexualmente y asesinar a Meredith Kercher. La Justicia italiana empezó por condenarles en 2009, revocó en 2011 aquel veredicto y anuló hace un par de semanas la absolución, en una sucesión de bandazos que parece un juego de todo o nada, como si los jueces tomasen sus decisiones con una ruleta de la fortuna. La tarea que afronta el tribunal florentino no es precisamente envidiable, porque el caso degeneró muy pronto en un festival mediático de la confusión: a la fotogenia de la principal acusada se sumaron las peregrinas teorías filtradas a la prensa -¡sexo, drogas, satanismo!- y la confluencia de varias nacionalidades, que derivó en un curioso frentismo periodístico. Amanda es estadounidense, y en su país la presentan como una joven ingenua e idealista en manos de una Policía inepta. En el Reino Unido, de donde procedía Meredith, los tabloides ven a la acusada como un monstruo vicioso y cruel. Raffaele, en fin, es de Italia, pero sus compatriotas parecen sintonizar con la postura inglesa, que resulta mucho más entretenida. El caso es que hay por ahí miles y miles de reportajes que equivalen a miles y miles de pequeños juicios, y a ver quién logra poner orden a estas alturas.

Meredith Kercher fue degollada el 1 de noviembre de 2007 en el piso de Perugia que compartía con tres chicas. Dos de ellas, italianas, se habían ido a sus lugares de origen por el puente de Todos los Santos. La tercera era Amanda Knox, que se había mudado a la vivienda cinco semanas antes: procedente de Seattle, era una muchacha aplicada, algo excéntrica, que había cursado el bachillerato con los jesuitas, estudiaba en la Universidad de Washington y había trabajado en tres empleos para pagarse la estancia en Italia. El día del crimen, según su versión, Amanda pasó toda la noche en el apartamento del novio que se había echado una semana antes, Raffaele Sollecito, al que conoció cuando ambos asistían a un recital de piezas de Schubert. Amanda declaró que, al volver a casa el día 2 por la mañana, se había encontrado la puerta entornada y gotas de sangre en el lavabo. El cuarto de Meredith estaba cerrado con llave: dentro yacía el cuerpo semidesnudo de la desventurada británica, tapado con un edredón.

Aunque las evidencias en su contra eran endebles, la Policía pronto desconfió de Amanda, a quien una de las abogadas defensoras ha descrito como «espontánea, directa e imprudente». Su actitud no ayudó a disipar las sospechas, ya que siguió comportándose a su manera, un poco imprevisible y, desde luego, totalmente inapropiada a los ojos de los agentes italianos. Amanda y Raffaele fueron fotografiados achuchándose y dándose besos tras el hallazgo del cadáver, justo delante de la casa, y también cuando compraban lencería el día siguiente: para la prensa de EE UU, se trataba de una necesidad imperiosa, ya que toda la ropa interior de Amanda se había quedado precintada en la escena del crimen; a juicio de los periódicos británicos, en cambio, la pareja escogía tangas para «una noche de sexo salvaje». Durante las largas esperas para ser interrogada, la universitaria yanqui solía desentumecer los músculos haciendo volteretas laterales. Fue adquiriendo fama de estar un poco perturbada o, quizá, de tomarse a broma la investigación, y para colmo acusó falsamente a un conocido, algo que ella ha atribuido a la presión del interrogatorio y que, para la Policía, dejó muy claro que estaba en el ajo.

Orgía y sacrificio

Claro que los responsables de la investigación también pusieron mucho de su parte para crear la imagen del 'monstruo de Perugia'. Aquí entramos ya en el terreno del pintoresquismo italiano, fuente inagotable de sorpresas. Un policía, por ejemplo, afirmó que Amanda «olía a sexo» la mañana en la que se halló el cadáver. Pero el papel protagonista en este terreno correspondió al fiscal Giuliano Mignini, un hombre muy dado a intuir la mano del mismísimo Satán tras los crímenes, más aún si se han cometido en torno a la festividad de difuntos. «El asesinato fue premeditado y fue, además, un ritual celebrado con ocasión de la noche de Halloween. Un rito sexual y sacrificial que debería haber ocurrido 24 horas antes, pero a causa de una cena en la casa de los horrores se pospuso un día», llegó a decir. Muchos medios abrazaron esa imaginativa reconstrucción de lo ocurrido en Perugia, que de pronto no era un simple asesinato sino el desenlace de una orgía de hippies drogados y satánicos, como una película de Jess Franco a la que Meredith se resistió. Amanda se transformó en un ser de novela gótica, una mujer «luciferina», una «diablesa de mente sucia».

Lo más llamativo del caso es que había un tercer acusado, fruto de otra vía de investigación, sobre el que pesaban pruebas más concluyentes. Rudy Guede, nacido en Costa de Marfil, era un conocido buscavidas local, un sujeto tiradillo y simpático que tenía amistad con unos vecinos de Meredith y Amanda. Se marchó de Italia después del asesinato, aunque tardaron solo un día en arrestarle en Alemania: admitió que había estado en la escena del crimen, donde había huellas dactilares suyas, pero aseguró que había sido admitido en el piso con todos los honores y había mantenido relaciones sexuales con Meredith. Después, dijo, irrumpió en la vivienda un desconocido con un cuchillo, que fue quien cometió el crimen. Su versión fue cambiando y, dos meses después, ese misterioso intruso pasó a ser Raffaele.

A Guede le cayeron 30 años de cárcel, reducidos más tarde a 16. Sollecito fue condenado a 25 años y Knox, a 26, pero dos años después el tribunal de segunda instancia declaró a ambos inocentes, al considerar chapuceras las pruebas en su contra: tanto el ADN en el broche de un sostén como los restos de sangre en un cuchillo eran muy discutibles. Amanda regresó a Seattle y, nada más aterrizar, habló en público por última vez, para agradecer el apoyo de quienes habían creído en ella. El "monstruo de Perugia" lleva hoy una existencia tranquila junto a su actual novio, un profesor de guitarra clásica y eléctrica al que ya conocía de antes: viven en un destartalado bloque de apartamentos con letrero de neón, el edificio Hong Kong, situado en pleno barrio asiático de Seattle, y de vez en cuando los retratan comprando verduras, comiéndose un helado o entrando en un restaurante japonés. También ha vuelto a estudiar escritura creativa en la Universidad de Washington y está aprendiendo "krav magá", el sistema de lucha de las fuerzas de seguridad israelíes.

Padres endeudados

Ahora, un libro ha puesto fin al largo silencio de Amanda. Una editorial ha pagado más de tres millones a la joven por contar su historia en primera persona y, al parecer, parte de ese dinero lo invertirá en asistir a su padre y su madre, endeudados hasta las cejas por el proceso. Sin embargo, la cosa no queda ahí. El próximo martes, la cadena estadounidense ABC emitirá la primera entrevista que la chica da a una televisión. Es el premio gordo a una concienzuda labor. Durante muchos meses las cadenas pusieron personas a tiempo completo para rondar a la familia y llevarse a Amanda a su redil, incluso se ocuparon de alojar y entretener a las otras tres hijas del señor Knox durante el juicio.

La decisión del Supremo de anular la absolución convierte a Amanda de nuevo en acusada y brinda una nueva dimensión a esa entrevista que verá la luz en apenas tres días. La estudiante no está obligada a asistir a su nuevo juicio, pero, si la declaran culpable, se planteará un conflicto entre la legislación estadounidense -con sus restricciones a la posibilidad de ser juzgado dos veces por el mismo delito- y los tratados de extradición. En Italia, el secundario de esta historia ha recibido con angustia el último giro de los acontecimientos: Raffaele Sollecito, que ahora estudia robótica en Verona, ya publicó el año pasado un libro sobre su experiencia. En él admite que le sorprendió a veces el comportamiento «extraño» de Amanda durante la investigación, pero después se ha reencontrado con ella en Seattle y ha abandonado aquellos recelos: «Sigue siendo la Amanda a la que amé durante una semana», ha dicho.

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Amanda Knox llega a una vista previa a su juicio, en 2008./ Reuters
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