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Cristina y la Vicalvarada

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Cristina y la Vicalvarada

La imputación de la infanta Cristina y su marido, y la crisis que ha desencadenado, es una historia de enredos económicos tan vieja como la institución monárquica

07.04.13 - 01:01 -
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Cristina y la Vicalvarada
A la izquierda, la regente María Cristina. A la derecha, Isabel II.

«La corrupción, que siempre es contagiosa, se había extendido a todo el gobierno y la administración, hasta que llegado el verano de 1854, España estaba madura para un levantamiento». El historiador y escritor de viajes John Julius Cooper, segundo vizconde de Norwich, resume con esa frase la Vicalvarada, un pronunciamiento militar progresista que una tarde de julio provocó el asalto popular contra el palacio madrileño de la ex regente María Cristina, la madre de la reina Isabel II. Un episodio más del convulso siglo XIX español que Norwich reseña brevemente en su libro ‘Mediterráneo’ (Ed. Ariel, 2008), en el capítulo dedicado a ‘Las reinas y los carlistas’. La peripecia demuestra que los actuales enredos económicos de la infanta Cristina -el primer miembro de una casa real que aparece imputado en un sumario- y de su marido, el deportista Iñaki Urdangarín, son tan viejos como la institución monárquica.

Norwich recuerda que, en 1854, durante el reinado de Isabel II, María Cristina se había convertido en un baldón para la monarquía, aunque no era el único personaje público -civil o militar- conocido por sus corruptelas. Viuda de Fernando VII y nuevamente casada con su amante, el cabo Fernando Muñoz, la exregente jugaba a la Bolsa con información privilegiada y cobraba comisiones en los negocios del ferrocarril. España estaba en los albores de la revolución industrial, y el nombre de María Cristina era, como otros muchos en aquel tiempo, sinónimo de tráfico de influencias. Alcanzo tanta impopularidad que el palacio de las Rejas, en el que ella residía y desde donde cabildeaba, fue atacado el 17 de julio y tuvo que huir al palacio de Oriente, donde residía su hija, la reina.

Desgraciadamente, comprobó que Isabel II tenía más miedo aún. El trono español se tambaleaba -como ocurriría de forma periódica durante todo el siglo XIX y gran parte del XX-, así que la reina recurrió al general Baldomero Espartero, retirado en Logroño. En realidad, ella detestaba al militar, y con razón, pues este le advirtió de que antes de que las tropas pusieran orden en las calles, Isabel era la primera que debía arreglar sus asuntos privados.

Isabel se había casado con el bajito y afeminado Francisco de Asís de Borbón, su primo, cuya homosexualidad ha entretenido a los historiadores; pero ella sorteó el problema con una retahíla de amoríos que eran de dominio público (nombró jefe de la casa real al hijo barrigón de un pastelero italiano). No obstante, en 1854 la situación política era tan inestable que tuvo que aceptar temporalmente la abstinencia impuesta por Espartero. Solo así el general aceptó entrar en Madrid el 28 de julio para limpiar los salones del poder de los mangantes más notorios.

Pero entonces se planteó un problema. María Cristina era un problema para la supervivencia de la monarquía. Por eso, cuando Espartero entró en la capital, la exregente y su familia partieron a Francia.

Esta vez fue el exilio definitivo; porque María Cristina ya había tenido que abandonar España unos años antes. Ocurrió en 1840, cuando siendo oficialmente la reina regente (Isabel era una niña) se desplazó a Barcelona «con el pretexto de tomar las aguas de Caldas». Su verdadero propósito era entrevistarse con Espartero, reciente vencedor de la Primera Guerra Carlista, para hablar con él de una nueva ley municipal. María Cristina y el sector conservador del Gobierno querían aprobar esa ley para retirar las atribuciones que habían recibido los ayuntamientos durante la contienda; pero los liberales se oponían y el país estaba a las puertas de un enfrentamiento político.

«Teniendo en cuenta que Cataluña nunca había tenido un gran cariño a la familia real -relata Norwich- María Cristina quedó sorprendida y gratificada al ver la cálida recepción que le dispensaron». Pero Espartero fue recibido de forma más calurosa y, lo que es peor, se negó a apoyar la ley municipal. «Fue tal la irritación de la reina -relata Norwich- que, tan solo por abochornarlo, la firmó allí mismo».

Resultó un error de cálculo, uno de los tantos que se cometieron en el XIX. Un gentío aclamó a Espartero en Barcelona y amenazó de muerte a María Cristina y a sus ministros. A esta no le quedó más remedio que pedir ayuda al general, pero el militar insistió en suprimir la ley municipal. En tales circunstancias, la regente tuvo que ceder, aunque erre que erre, enseguida cambió de idea, y tal actitud solo sirvió para prolongar el caos y obligarla a refugiarse en Valencia.

El 1 de septiembre de 1840 hubo un levantamiento en Madrid, y la mecha prendió en otras ciudades. Espartero fue llamado a formar un nuevo gabinete, pero la crisis no se cerró. El siguiente acto, una reacción inesperada de María Cristina, fue su renuncia a la regencia. «Hice de vos un duque (de Morella), pero no pude hacer de vos un caballero», le espetó al general, según la leyenda. Acto seguido dijo adiós a las dos hijas que había tenido con Fernando VII, Isabel y Luisa Fernanda, y se exilió a Francia con su segundo marido (le dio otros cuatro hijos, aunque entonces ese matrimonio todavía era oficialmente secreto debido a las escasas simpatías que despertó).

Sin embargo, antes de irse, María Cristina no se olvidó de llenar las maletas de dinero. François Guizot, político e historiador francés del XIX, aseguró que “no dejó ni seis cucharas” en palacio. Empaquetó “prácticamente todas las joyas, la plata y la ropa blanca”, agrega el vizconde de Norwich. En Francia, el rey Luis Felipe de Orleans la recibió con los brazos abiertos y la acomodó en Fontainebleau, donde esperó confortablemente hasta 1843 a que su hija subiera al trono de España, a la edad de 13 años. No obstante, en 1840, nada más llegar a París, viajó fugazmente a Roma para pedir perdón al papa Gregorio XVI por haber aprobado leyes contra la Iglesia en su época de regente.

Con Isabel II de reina, María Cristina y su familia estaban preparadas para volver a Madrid, aunque solo había un inconveniente: los liberales le reclamaban una indemnización por los bienes que se había llevado. “Esto dio lugar -relata Norwich- a innumerables pleitos, especialmente después de que ella presentara un ingente contrarreclamación con respecto a una pensión no pagada. Para cuando se resolvió todo, ella era más rica que nunca”.

Isabel II creó en 1844 un título nobiliario para el marido de su madre: el cabo Muñoz en adelante se llamaría duque de Riánsares. Apenas diez años después, en la Vicalvarada, una multitud irrumpió en el palacio de María Cristina, “barriendo con todo lo que encontraron a su paso”. Los manuales de historia lo llaman la revolución de 1854. Un joven Cánovas del Castillo redactó entonces un manifiesto en el que pidió que el trono perviviera, «pero sin camarilla que lo deshonre».

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