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La máquina sexual

06.04.13 - 00:04 -
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«Quizá es más importante andar que tener relaciones sexuales, pero habría que preguntárselo a la gente». El presidente de la Asociación Española de Salud Sexual, el urólogo Ignacio Moncada, se muestra así de rotundo al valorar la opción de recurrir a una prótesis de pene contra la disfunción eréctil. «Lo normal es que si no puedes caminar, utilices una ortopedia. En buena lógica, si me pasara lo mismo con otra función del organismo, como es la de la erección, debería operarme», afirma el especialista. Más de 200.000 españoles, algunas estimaciones los elevan hasta los 300.000, necesitarían una prótesis de pene para lograr una erección, pero no todos ellos las utilizan, ni mucho menos. Al contrario, los usuarios son solo una minoría. Son hombres de más de 50 años que han probado de todo y que han hallado en la cirugía el último recurso para resolver un problema de salud que a menudo les trae por la calle de la amargura. Pero, ¿realmente sirven para algo? ¿Son las prótesis más modernas las más adecuadas?

Los especialistas no se ponen de acuerdo a la hora de responder a estas preguntas, pero sí hay algo en lo que coinciden unos y otros. Las primeras preguntas a la que debería responderse un hombre que detecta problemas de rigidez en su falo es si practica el ejercicio debido y si lleva la dieta adecuada, a base de verduras, fruta y más pescado que carne. La impotencia, un término en desuso que sirve para saber de qué hablamos, se debe fundamentalmente a un problema de riego sanguíneo en el órgano sexual masculino.

La excitación sexual lleva al cerebro a enviar al pene una serie de señales nerviosas para que entre en erección. Entonces los músculos del miembro se relajan y, al hacerlo, permiten que la sangre entre en su interior inundando las venas y un tejido esponjoso, que son los cuerpos cavernosos, que dan rigidez y consistencia a la erección. En condiciones normales, ocurre así.

Terapia, pastillas, pinchazos

Sin embargo, una alimentación inadecuada y la falta de ejercicio -hay que caminar una hora al día- provocan un mayor nivel de colesterol, más grasa en la sangre y, en definitiva, erecciones cada vez menos potentes. El consumo de tabaco y la aparición de fallos en el funcionamiento de la próstata, especialmente después de una intervención quirúrgica en el órgano encargado de producir el semen, acaban por dar la puntilla definitiva al mecanismo de elevación. «Lo más ortodoxo ante un paciente con disfunción eréctil es comenzar intentando que cambie sus hábitos tóxicos de vida», detalla el especialista Juan Ignacio Martínez Salamanca, del hospital Puerta del Hierro de Madrid. «Estar obeso, fumar, tener estrés laboral no favorecen en nada».

La cirugía, en consecuencia, no es la primera opción de tratamiento, sino la última, según destaca el jefe del servicio de Urología del hospital de Cruces, Antón Arruza. Antes de llegar a ella, los servicios sanitarios ofrecen diversas opciones de terapia que funcionan bien para, al menos, el 70% de los varones. Lo primero sería comprobar que mecánicamente el paciente funciona bien o, lo que es lo mismo, que no es un problema psicológico el que le impide disfrutar de las relaciones sexuales que desea. La mayoría de los casos que se ven en consulta combinan, según los expertos, factores psicológicos y físicos.

Los resultados más rápidos y, por tanto, agradecidos por el paciente, se logran mediante el uso de fármacos. El más popular de todos, por ser el primero que salió al mercado es "Viagra", pero no es el único. "Cialis" y "Levitra" ofrecen al usuario diferentes opciones de conseguir el mismo resultado satisfactorio. Una tercera solución son las inyecciones intracavernosas, que se ponen en el pene en el momento en que se desea tener una erección. La idea de pincharse y manipular una inyección durante una relación sexual echa para atrás a muchos varones, pero Antón Urruza asegura que es una alternativa que a sus pacientes que la utilizan «les va fenomenal».

Las encuestas realizadas en España estiman que unos dos millones de ciudadanos sufren problemas de disfunción eréctil. La mayoría encuentra la solución que necesita en todas estas alternativas citadas, pero hay un 15%, según se estima, que se ve obligado a recurrir a la cirugía o a olvidarse de hacer de amor. «Hay quienes optan por ello, porque se cansan de probar uno y otro tratamiento y cuando se plantean esta alternativa llegan a la conclusión de que no tienen edad como para entrar al quirófano para algo así», destaca el reconocido urólogo vasco.

Gran diferencia de precio

El mercado ofrece, básicamente, dos tipos de prótesis peneanas. Las más sencillas, y las que a la larga menos problemas generan al usuario, son las que utiliza el servicio público de salud. Consisten, básicamente, en un tubo de silicona maleable, que se coloca en los cuerpos cavernosos y mantiene el órgano rígido de manera permanente. El hospital vizcaíno de Cruces practica unas seis intervenciones de éstas al año, que vienen a costar a las arcas públicas entre 1.000 y 2.000 euros cada una.

La medicina privada ofrece unas nuevas prótesis con un mecanismo de inflado, absolutamente discreto, que permite la posibilidad de tener una erección y dejar que se pierda a elección del usuario. Basta con ir dándose suavemente en el escroto o pulsar directamente en el lugar donde se oculta el inflador para lograr el efecto deseado. Llevan unos cinco o diez años en el mercado, pero los urólogos que las promocionan estos días dicen que tienen la ventaja de que son más naturales.

«A simple vista, nadie distinguiría un hombre con prótesis moderna de otro sin ella», afirma Martínez Salamanca. Por contra, cuestan entre 10.000 y 12.000 euros y según Urruza, con ellas el riesgo de infección y de que haya que reemplazar el dispositivo es mayor que con las convencionales.

Según Martínez Salamanca, el nivel de satisfacción de los usuarios suele ser alto, en gran medida porque se trata de pacientes que ya han probado otros métodos más convencionales y no les han funcionado. Los pacientes con enfermedades como obesidad, hipertensión, elevados niveles de colesterol y diabetes, que son causas de impotencia, se adaptan menos al dispositivo. Las quejas más frecuentes suelen ser de tres tipos. Hay quienes no se arreglan por «problemas mecánicos», quienes observan que su pene mide menos que antes, «a menudo por efecto de determinadas terapias»; y quienes dicen que sus parejas, ahora, ya no quieren penetración.

La intervención en uno y otro caso se resuelve en una hora aproximadamente y el paciente necesita varios días de reposo y baja laboral. Arruza añade, en todo caso, otro inconveniente a las nuevas prótesis: en la mayoría de los casos, han de ser repuestas pasados unos años. «Un pene puede superar dos intervenciones de este tipo, pero difícilmente tres», advierte el especialista.

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