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Un patriarca ortodoxo en Roma

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Un patriarca ortodoxo en Roma

La presencia de Bartolomé I en la entronización del papa Francisco evoca el intento del emperador de Bizancio Juan VIII de unir las iglesias de Oriente y Occidente en 1438

24.03.13 - 19:06 -
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Un patriarca ortodoxo en Roma
Juan VIII Paleólogo y el Sultán Mehmed II.

Por primera vez en mil años, desde el cisma entre las iglesias de Oriente y Occidente (1054), un patriarca de Constantinopla asistió esta semana a la misa de entronización de un papa de Roma. La presencia de Bartolomé I, líder honorífico de la Iglesia ortodoxa, en el arranque del pontificado de Francisco es una excusa como otra cualquiera para rescatar del baúl de la historia un concilio que se celebró en 1438 en las ciudades italianas de Ferrara y Florencia; un encuentro singular en el que el papa Eugenio IV y el emperador bizantino Juan VIII Paleólogo acordaron la unión de las iglesias católica y ortodoxa, aunque el proceso se frustró por la oposición de los monjes y del bajo clero de Bizancio, y por la conquista de Constantinopla por el sultán Mehmed en 1453, año en el que los libros de texto solían dar por concluida oficialmente la historia del Imperio romano.

El amante de la lectura puede repasar esos acontecimientos esta Semana Santa leyendo ‘La caída de Constantinopla’, el relato magistral del historiador británico sir Steven Runciman. Las primeras páginas, de carácter introductorio, describen la intentona del emperador Juan VIII y de una elite de religiosos y sabios bizantinos de reunir las iglesias de Oriente y Occidente, que habían permanecido separadas durante casi cuatro siglos por motivos teológicos y litúrgicos, pero también por razones políticas. A riesgo de resumir en exceso, se puede decir que los escollos principales del proyecto del emperador eran el rechazo de Constantinopla a someterse al obispo de Roma y su temor a acabar engullida por los estados de Europa occidental, a los que no dejaba de pedir ayuda frente al imperio turco, pero sin perder un ápice de su orgullo, pues el Imperio bizantino era el heredero de la cultura y la historia de Grecia y Roma.

Ese sentimiento, atizado por la intransigencia del Papado, hundió el proyecto de Juan VIII y creó entre sus súbditos un clima contrario a la unión de las iglesias, situación que perduró con su sucesor, Constantino XI, el emperador que murió en la trágica caída de Constantinopla. En vísperas del asedio de los otomanos, la unión con Roma volvió a plantearse, y las autoridades religiosas de Bizancio se dividieron entre partidarios y opositores, no así los fieles, que se alinearon masivamente con los segundos, sobre todo al comprobar que el respaldo militar no llegaba. Las diferencias eran perceptibles en la corte, hasta el punto de que a uno de los ministros de Constantino XI, Lucas Notarás, sus detractores le atribuyen la frase: «Es preferible el turbante del sultán al capelo del cardenal».

¿Qué dirían hoy los griegos, ahogados por la aparente intransigencia de la Unión Europea y de los socios alemanes? ¿Qué imagen se habrá formado el patriarca Bartolomé I, partidario del diálogo entre las confesiones religiosas, acerca del papa Francisco? En 1437, recuerda Steven Runciman, el escenario también era complicado: de las 67 sedes metropolitanas que guardaban obediencia al Patriarcado de Constantinopla, apenas ocho estaban situadas en los territorios del emperador, y otras siete, en las posesiones del déspota de Morea. “Esto quiere decir que la unión con Roma le costaría al Patriarcado la pérdida de más de las tres cuartas partes de los obispados dependientes de él”, explica el historiador. Para algunos políticos bizantinos, el camino menos malo para las iglesias y el pueblo griegos era, por paradójico que pudiera parecer, “aceptar el cautiverio turco”.

El libro de Runciman (Ed. Reino de la Redonda) plantea interrogantes actuales. El autor combina claridad, calidad literaria y rigor académico, todo ello aliñado con un sentido narrativo y una intensidad dramática que, cuando se materializa el asalto otomano a Constantinopla, las páginas parecen concebidas para un guión cinematográfico. Pero también tienen interés los pasajes dedicados al concilio de Ferrara y Florencia. “Hay que admitir, que en los debates los latinos llevaban la peor parte -escribe el historiador-. Su delegación se componía de los más avezados polemistas, que trabajaban en equipo, con el papa aconsejándoles entre bastidores. La delegación griega era más débil. Sus obispos formaban un pobre grupo, pues muchos de los más prestigiosos se negaron a asistir”.

Las querella internas de Constantinopla cesaron, sin embargo, la víspera del ataque definitivo de los turcos. Runciman lo cuenta con brillantez. “El día tocaba a su fin. Tropeles de gente se trasladaban ya a la iglesia de Santa Sofía. Durante los últimos cinco meses ningún piadoso griego había franqueado sus puertas para asistir a la sagrada liturgia profanada por latinos y renegados. Pero esa tarde había terminado el enfrentamiento. Ningún ciudadano, salvo los soldados de las murallas, dejó de asistir a esa petición de intercesión. Los sacerdotes que habían sostenido que la unión con Roma era un pecado mortal, acudieron ahora al altar a oficiar con sus hermanos unionistas. (...)”

El autor describe las imágenes de Cristo y de sus santos, y de los emperadores Bizancio, iluminadas por infinidad de lámparas y cirios. “Debajo de ellos, por última vez, los sacerdotes con sus magníficos ornamentos evolucionaban al ritmo solemne de la liturgia. En este momento hubo unión en la Iglesia de Constantinopla”.

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