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Egipcios de pega

Un yacimiento falsificado en la isla de Riou, cerca de Marsella, fue presentado en 1905 como la prueba de que navegantes de Egipto habían visitado la costa francesa en el Neolítico

22.03.13 - 00:01 -
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En algún momento del quinto milenio antes de nuestra era un grupo de egipcios estableció un pequeño asentamiento en el islote de Riou, cerca de Marsella. Este grupo, que trajo desde su lugar de origen sus propios útiles de sílex, permaneció en el lugar un tiempo indeterminado y después desapareció sin dejar indicios de cómo y por qué había llegado hasta allí y sin que su presencia causara efecto alguno en la población autóctona de la costa. Esta historia extravagante fue presentada en 1905 como un hecho comprobado por el eminente prehistoriador Louis Capitan, codescubridor de las cuevas decoradas de Font de Gaume y Les Combarelles y excavador de yacimientos paleolíticos fundamentales como Laugerie Haute y La Madeleine, entre otros muchos. La prueba de la existencia de los asombrosos egipcios provenzales era un conjunto de piezas de sílex típicas de la cultura neolítica de Fayum (5.500-4.500 aC, más o menos) encontradas en la isla por el padre Arnaud d'Agnel y que ambos dieron a conocer en la Academia de las Inscripciones y Lenguas Antiguas, una institución de prestigio, el 11 de agosto de 1905. Toda esta historia resultó ser un fraude que se vino abajo en apenas dos años y del que Capitan fue la víctima más sonada.

Riou es un islote deshabitado situado a unos 13 kilómetros en línea recta al sur de Marsella, a unos 4 kilómetros de la costa. Mide cerca de 2 kilómetros de largo y tiene una anchura máxima de 500 metros. Aunque ahora está catalogado como reserva nacional protegida y forma parte de un parque nacional francés, a principios del siglo XX no era más que un lugar desierto frecuentado solo por las aves marinas. También recibió las visitas de un sacerdote marsellés, el padre Gustave Arnaud d'Agnel, que además de ser doctor en teología y filosofía era historiador y arqueólogo, muy conocido entre los prehistoriadores de la región por su entusiasmo, que no por su meticulosidad. "Su imaginación y su deseo de ser el autor de descubrimientos espectaculares parecían estar por encima de su método científico", escribió de él André Vayson de Pradenne, prehistoriador que recogió la historia del 'caso Riou' en su 'Les fraudes en archéologie préhistorique' (1932).

Egipcios de pega

Parece que los sueños arqueológicos del sacerdote se cumplieron en 1905, cuando se puso en contacto con el doctor Louis Capitan, una autoridad en prehistoria que tenía la costumbre de facilitar la publicación de los hallazgos de sus numerosos corresponsales arqueólogos a cambio de añadir siempre su propia firma a a la de los mismos. El descubrimiento del inquieto cura fue dado a conocer a través de una comunicación sobre "las relaciones de Egipto y la Galia neolítica" presentada ante la Academia de las Inscripciones y Lenguas Antiguas, sección del Instituto de Francia que entonces se ocupaba de la prehistoria. El texto fue editado en forma de artículo y con la firma de Capitan y Arnaud d'Agnel por la 'Revue de l'Ecole d'anthropologie' el mismo año.

El texto incluía dos ilustraciones con útiles de sílex idénticos. Pero, como ambos firmantes presentaban ufanos, uno de los conjuntos líticos era de Fayum, Egipto, mientras que el otro había sido encontrado por el padre Arnaud d'Agnel en el islote de Riou, muy cerca de Marsella. "La identidad de las formas, por una parte y por la otra, la especifidad de estas formas no pueden dejar lugar a ninguna duda: los sílex de la isla Riou son sílex egipcios", afirmaban Capitan y Arnaud d'Agnel. "Esto que nosotros hemos reconocido a primera vista, ha sido confirmado por los señores Maspero, De Morgan y Reinach, que los han examinado", remataban. Toda una andanada de autoridad, porque los tres señores citados eran el gran egiptólogo Gaston Maspero, el también egiptólogo Jacques de Morgan y el arqueólogo e historiador de las religiones Salomon Reinach.

Egipcios de pega

Sin ninguna duda

En su exposición, los autores se preguntaban "¿cuáles fueron las condiciones en las que se encontraron estas piezas? ¿Permite su posición estratigráfica eliminar cualquier error debido a un reciente importación?". Capitan y Arnaud d'Agnel aseguraban que así era. El supuesto yacimiento estaba en un depósito de arena relativamente pequeño, unos cien metros cuadrados, en la boca de un barranco que -según los autores- debió haber sido en su día el curso de un río. En este punto "se habían asentado varias poblaciones" cuyos útiles aparecían formando parte de una estratigrafía clarísima con cinco niveles de ocupación. El más reciente (A), en superficie, era romano. Debajo seguía otro nivel (B) que presentaba restos de cerámicas griegas. El nivel C, con restos de cerámica muy basta, correspondía a los ligures, "los pobladores protohistóricos locales". En el siguiente estrato (D), claramente delimitado, desaparecían todos los elementos de los niveles superiores y aparecían todos los sílex egipcios. "Su posición estratigráfica está netamente definida y elimina toda posibilidad de error. No pueden ser fechados en ninguna otra época que la de la capa de arena que los contiene. Aparecen diseminados en desorden". Después, los autores añadían que los habían encontrado ellos mismos, sin ayuda de obreros. "Nosotros mismos", dice el texto. Así, en plural, a pesar de que Capitan no se había movido de París. Por último, la capa más antigua (E) contenía restos de cerámica muy basta, típica del neolítico local.

Egipcios de pega

Los autores dieron por hecho que los restos egipcios llegaron a Riou traídos por navegantes egipcios propiamente dichos, no por otros marinos que hubiesen recalado en el país del Nilo y hubieran conseguido allí estas características piezas de sílex, algunas de factura muy bella. Sin reparar en que la navegación marina nunca se contó entre los numerosos logros de la civilización egipcia, y menos en época predinástica, Capitan y el padre Arnaud d'Agnel se lanzaban alegremente a especular cómo y por qué unos navegantes egipcios fueron a amarrar en Riou, un islote sin mayor interés en el extremo opuesto del Mediterráneo. Propusieron que Riou y el archipiélago de tres islas del que forma parte debieron estar unidos a tierra “en una época indeterminada (cuaternario y probablemente en época mucho más reciente)”, formando una especie de gran ensenada y convirtiendo la isla en un “excelente puerto”. “Como por otra parte esta era la primera tierra que los navegantes provenientes de Egipto debían de encontrar no es sorprendente que los egipcios se detuvieran precisamente en este punto”, concluían. ¿En qué momento ocurrió esto? Los sílex correspondían a la cultura predinástica de Fayum. "Ahora se ha establecido -añadían a partir de las cronologías que se manejaban entonces- que el neolítico egipcio se prolongó hasta las primeras dinastías. Es hacia el quinto milenio antes de nuestra era que comienzan las primeras dinastías. Se deduce por lo tanto que es en torno al 5.000 cuando los egipcios llegaron a Riou. El hecho tiene grandes consecuencias", remataban.

Egipcios de pega

Sin embargo la publicación del hallazgo no generó ningún revuelo en el mundillo arqueológico francés. Como señala Vayson de Pradenne, el padre Arnaud d'Agnel era un desconocido, pero Capitan era una autoridad y gozaba de "una verdadera notoriedad". Aunque la noticia era bien sospechosa el peso del prestigio de Capitan eliminó las críticas y redujo las suspicacias, por lo menos en público. La confianza personal se impuso a la necesidad del rigor científico y solo el paleoantropólogo Marcellin Boule realizó moderadas apreciaciones críticas en su comentario en 'L'Anthropologie' de la comunicación de Capitan y el sacerdote excavador. Sin poner en duda los hallazgos, pues habían sido asumidos por los propios Capitan y Arnaud d'Agnel, Boule sugería la conveniencia de realizar nuevas excavaciones "con la asistencia de un geólogo experimentado" para confirmar la estratigrafía presentada y la presencia de los útiles egipcios en el nivel correspondiente.

Los arqueólogos que estudiaban el neolítico de la región prefirieron hacerse los suecos y continuar con sus trabajos sin tener en cuenta este fenomenal hallazgo pero sin descartarlo abiertamente, para evitar el enfrentamiento con Capitan. E. Fournier, que durante una década había estudiado los asentamientos neolíticos de Marsella y sus alrededores, incluidos Riou y otros islotes, jamás había encontrado nada ni remotamente parecido al sílex egipcio, pero como Capitan y Arnaud d'Agnel habían subrayado que habían encontrado las piezas personalmente, reconocería después que "no se había permitido poner en duda unas afirmaciones tan precisas".

Llega el escéptico

Entonces entró en escena Émile Carthailhac. El célebre arqueólogo marsellés, cuyo escepticismo irredento le había llevado a cometer el error de denunciar las pinturas de Altamira como falsas, un fallo que supo asumir con honradez publicando su 'Mea culpa de un escéptico' (1902), denunció la impostura de Riou a través de un artículo demoledor en 'L'Anthropologie' editado en 1907 y titulado 'Los supuestos sílex egipcios de Riou'. En el texto el proceder de "nuestro amigo el doctor Capitan" no salía muy bien parado. Cartailhac comenzaba explicando que Capitan le había cedido muy amablemente algunas de las piezas para su examen. "Al primer golpe de vista, con estupor, vi que presentaban la patina característica de los sílex de Fayum". Es decir, las piezas lucían la misma textura y brillo, la misma capa, que lucen las piezas envejecidas durante miles de años expuestas al duro clima seco del desierto egipcio, de donde por fuerza tenían que haber sido traídas recientemente.

Egipcios de pega

Cartailhac, que entonces vivía en Toulouse, decidió plantarse en Marsella acompañado por el egiptólogo Jacques de Morgan y entrevistarse con el padre Arnaud d'Agnel, que evitó encontrarse con él y al que no consiguió conocer en persona. Viéndolas venir y puesto al día por Cartailhac, Capitan empezó a mostrarse partidario del escepticismo de su crítico colega, que puso pie en el famoso islote el 26 de abril de 1907 acompañado por De Morgan. El egiptólogo encontró en superficie dos piezas egipcias que identificó "como provenientes de la localidad de Kom-Hachim de Fayum". Por la pátina, el experto consideró que las piezas eran antiguas y desde luego egipcias, pero que habían sido extraídas en Egipto en época contemporánea y depositadas en el islote recientemente. En el supuesto yacimiento isleño no encontraron nada más, ni egipcio ni no egipcio.

Como señalaba Cartailhac en su artículo, estas comprobaciones coincidieron, "cosa curiosa", con una serie de "hechos extracientíficos" que Capitan dio a conocer en una nota leída en la Academia el 6 de mayo. "Un anciano muy enfermo, que desea que su nombre no sea revelado", se había presentado ante Michel Clerc, conservador del museo arqueológico Borely, en Marsella. El hombre confesó que había comprado las piezas egipcias en la ciudad y las había 'sembrado' en la isla para engañar al padre Arnaud d'Agnel. Muy digno, Capitan afirmaba "mi deber de avisar sobre la superchería que se había cometido", pero también señalaba que el nombre del falsario "nos importa muy poco".

Carpetazo al asunto

Capitan quiso dar carpetazo a todo el asunto en otro artículo publicado en la 'Revue de l'Ecole d'Anthopologie' en el que reproducía su nota a la Academia y añadía que "desde el punto de vista científico, el incidente está cerrado; es todo lo que deseo. Quedan por determinar otras responsabilidades, por elucidar un número de puntos oscuros; es una tarea que dejo a otros". Así abandonaba el 'asunto Riou' el veterano arqueólogo, con la cabeza bien alta. Aunque no pudo evitar un rapapolvo durísimo en forma de artículo que le dedicó Gabriel de Mortillet (curiosamente, otro escéptico de Altamira) en 'L'Homme préhistorique', en el que le reprochaba la forma tan ligera en la que se había desentendido de una excavación cuanto menos dudosa y cuya responsabilidad había asumido por escrito. También manifestaba su asombro por la aparición del misterioso anciano enfermo, al que describe como "personaje providencial", surgido "en el momento justo para salvar la situación".

Capitan no respondió y, como señala Vayson de Pradenne, continuó "muy brillantemente" su carrera de prehistoriador. Por su parte, el padre Arnaud d'Agnel decidió dejar la arqueología y salir de escena con discreción.

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