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Gardoqui el conspirador

Una estatua recuerda en Filadelfia la ayuda encubierta de un empresario bilbaíno (1735-1798) a la independencia de Estados Unidos

17.03.13 - 21:31 -
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Gardoqui el conspirador
La empresa de Diego de Gardoqui se puso al servicio de los rebeldes norteamericanos

En 1977 fue erigida una estatua en Filadelfia en honor de un bilbaíno cuyo linaje paterno es originario de Larrabezua. Lleva la inscripción ‘1735-1798 Envoy of the King of Spain’ y fue un regalo del rey Juan Carlos I a Estados Unidos en el bicentenario de su independencia.

El personaje es Diego de Gardoqui y Arriquíbar, uno de los responsables de ‘Joseph de Gardoqui e Hixos’, empresa familiar de navieros y comerciantes de Bilbao que en el siglo XVIII tenía una flota dedicada al comercio de bacalao, salmón, vino y azúcar. Diego era hermano mayor del cardenal Francisco Antonio Xavier de Gardoqui y fue uno de los empresarios que organizaron el apoyo encubierto del rey Carlos III de Borbón a los rebeldes norteamericanos; misión en la que reemplazó a Pierre Agustin Caron de Beaumarchais, relojero, conspirador, poeta y muchas cosas más, conocido por haber escrito los libretos de ‘El barbero de Sevilla’ y de ‘Las bodas de Figaro’. En 1776, Beaumarchais hizo llegar a los revolucionarios importantes sumas de dinero proporcionadas por las monarquías francesa y española, amén de pólvora y armas que le sobraron a Francia tras la Guerra de los Siete Años (1756-1763).

Diego de Gardoqui aparece en escena en 1777, cuando una delegación de las Treces Colonias formada por Benjamin Franklin, Arthur Lee y Silas Deane llevaba unos meses en Francia para solicitar ayuda europea contra el Reino Unido. El empresario vasco acudió a una entrevista secreta que el conde de Floridablanca mantuvo con Arthur Lee el 4 de marzo de aquel año. La cita se concertó en Burgos para evitar a los espías británicos que pululaban por Madrid, ya que la corona no quería que trascendiera su apoyo a la revolución. Pero había otro problema: el conde de Aranda, embajador en París, había avisado de que Lee no sabía una palabra de francés. Gardoqui, que había sido enviado a Londres cuando era joven para aprender inglés, fue invitado al encuentro para hacer de traductor.

España estaba en una situación comprometida. Era aliada de Francia por la vinculación de la casa de Borbón. Deseaba recuperar Gibraltar, Menorca y la Florida, y pretendía también apoderarse de Jamaica y Las Bahamas, pero no se decidía a declarar la guerra al Reino Unido para atajar sus operaciones de contrabando. La decisión era compleja. Retrospectivamente, cuando Estados Unidos obtuvo la independencia en el Tratado de París de 1783, el conde de Floridablanca admitió que la secesión alentaría las mismas aspiraciones en las posesiones españolas. Intuía que la nueva república se convertiría en una potencia y en una fuente de problemas para España, mientras que Francia, a primera vista, no se jugaba tanto, pues tenía menos posesiones en América.

En 1777, la corona española resolvió dadas las circunstancias mantener el respaldo a los insurgentes americanos, pero utilizando una tapadera comercial. Diego de Gardoqui parecía el hombre indicado para esa misión. Había desempeñado cargos en el Consulado de Bilbao y en el Ayuntamiento y conocía las costumbres anglosajonas; pero sobre todo tenía experiencia y una valiosa lista de contactos. Como había hecho Beaumarchais, el empresario montó una compañía para comprar barcos, armamento, munición y suministros destinados a las tropas de George Washington. Su primer envío fue una carga de 8.000 mantas confeccionadas en Palencia y Béjar. “Aunque toda la comarca sabía que se fabricaban para los ‘rebeldes de América’, parece que la noticia nunca llegó a los británicos”, escribe Franciso A. Marín, en el libro ‘Martínez se va a la guerra’ (Ed. Inédita), un ensayo sobre las intervenciones militares de España en el extranjero.

La red comercial de Gardoqui e Hijos se puso al servicio de la causa americana. Sus líneas unían el puerto de Bilbao con los de Boston y Salem, vía La Habana. También se fletaron barcos a la Luisiana, territorio controlado por España desde 1763. En Nueva Orleans recogía la carga un americano de origen irlandés, Oliver Pollock, cuyas embarcaciones remontaban el Misisipi hasta las bases rebeldes del interior del continente.

El gobernador español de Luisiana, Luis de Unzaga y Amezaga, había utilizado antes esa ruta para ayudar a los revolucionarios. La colaboración comenzó tras recibir la petición de ayuda de uno de los colaboradores de George Washington: Charles Lee, un militar peculiar, que había luchado junto a los británicos en la Guerra de los Siete Años y se casó con una india mohawk, permaneciendo un tiempo con la tribu. Antes de abrazar la causa americana, había servido con el rey Estanislao II de Polonia. Lee mandó a Nueva Orleans un emisario que protagonizó una aventura rocambolesca. Luis de Unzaga lo hizo detener de forma llamativa para no alertar a los informadores británicos y así pudo escuchar sus peticiones en la cárcel. Después del encuentro, diez mil barriles de pólvora del arsenal español fueron cargados en las naves de Pollock para los colonos.

Los transportes del Misisipi fueron fundamentales para la victoria rebelde. Los historiadores también parecen estar de acuerdo en que George Washington difícilmente hubiera obtenido la victoria si España no hubiera abierto finalmente un frente en el sur, atacando las fortificaciones británicas de la Florida oriental. Aquella campaña se inició en 1779 y fue dirigida por el sucesor de Luis Unzaga como gobernador de la Luisiana: Bernardo de Gálvez, un veterano militar que había sido herido en Argelia y por las flechas de los apaches en Tejas. En 1781, durante el asedio de Pensacola, algunos soldados de su ejército de Florida perdieron la cabellera en escaramuzas con los indios.

Mientras el ejército de Gálvez luchaba contra los británicos, pero también contra los huracanes y las enfermedades que diezmaban sus tropas, la organización de Gardoqui hacía su trabajo. Aunque no era la única. Los barcos de Juan de Miralles, empresario de La Habana que comerciaba con licores, azúcar y vino, también escondían suministros para los revolucionarios. Se dice que las tropas de Washington se libraron del escorbuto por la lima y la quinina que Miralles les proporcionó. El comerciante fue un gran amigo del general y de su familia, a la que hizo un curioso regalo para su granja de Virginia: dos asnos garañones, una especie corpulenta que se emplea para cubrir yeguas y procrear mulas.

Miralles falleció en 1780 de una pulmonía contraída cuando viajaba para reunirse con Washington. Expiró en la residencia de éste, atendido por su esposa y sus médicos. A partir de entonces, Diego de Gardoqui asumió sus funciones. Intensificó el respaldo a los rebeldes en forma de dinero y suministros, trabando relación con figuras de la revolución americana como John Adams, que sería el segundo presidente de la joven república. En 1783 fue destinado a Londres y un año más tarde a Estados Unidos como encargado de negocios de España. En Nueva York fundó la primera iglesia de rito católico -Saint Peter's Church, próxima al solar de las Torres Gemelas- y en 1789 participó en el desfile que festejó la elección de George Washington como primer presidente estadounidense. Marchó junto a John Jay, otro padre de la patria y embajador en Madrid.

Pese a sus buenas relaciones, Gardoqui no consiguió que el Congreso estadounidense renunciara a los derechos de navegación en el curso inferior del Misisipi. En 1792 regresó a la metrópoli para ejercer de Secretario de Hacienda. Más tarde presidió la Diputación de Vizcaya y concluyó su carrera como embajador de Cerdeña, en cuya capital. Turín, murió en 1798.

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