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Once horas y media en Urgencias

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Once horas y media en Urgencias

Testimonio directo de una periodista en este servicio del complejo sanitario bilbaíno

07.03.13 - 11:17 -
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Una cosa es ir como periodista a hacer un reportaje a un servicio de Urgencias para que te muestren cómo funciona y otra muy distinta es acudir como una paciente más. En el primero de los casos, la cita está concertada de antemano y, claro, como esperan visita y quieren quedar bien, te enseñan lo mejor de la casa. Pero, sin duda, cuando verdaderamente llegas a conocer la realidad es al ponerte enferma y pasar allí... ¡once horas y media! En ese tiempo, que se hace largo, largo, largo y acaba desesperando al más tranquilo, te das cuenta de muchas cosas. Para empezar, de que los políticos que se llenan la boca hablando de la excelencia de la Sanidad viven en un universo paralelo que no tiene que ver con las salas de espera atestadas y el personal sanitario reventado de asumir una carga de trabajo brutal. Y también de que Urgencias es un microcosmos marciano, donde se ve de todo.

Al llegar al Hospital de Basurto poco antes de las 12.30, una sabe, porque tampoco es tan ingenua, que le esperan por delante unas horitas. Es así, a estos sitios no puedes ir con prisas. Lo que no puedes ni imaginar es que vas a salir al filo de la medianoche, después de que tus posaderas ya tengan la forma ¿ergonómica? de las sillas marcada para varios días. En el paréntesis entre la llegada y la salida -bien amplio, por cierto- da tiempo de ver mucho. Y, por deformación profesional -porque los periodistas estamos muy, muy deformados- empiezas, a pesar de los dolores, a observar, a hacer preguntas a los trabajadores del servicio -que son excelentes y unos benditos, con alguna excepción vergonzosa- y a tirarles de la lengua a los sufridos pacientes. "Hay muchos que llevamos aquí un montón de horas... ¿esto es normal?", pregunto a una enfermera con cara de cólico y de estupefacción suprema, que son muy similares. Como soy novata en estas cosas, pienso que ha tenido que haber algún problema puntual que haya saturado así las Urgencias, que haga que la gente vaya llegando y no se marche casi nadie, de modo que en algunos momentos hay un jaleo que parece aquello un pub de Mazarredo. ¿O no? "Qué va, es normal" -responde la profesional, con cara de cansada y una media sonrisa que no tiene nada de alegre-. Es muy frustrante para vosotros, pero también para nosotros. Faltan recursos". Y esto no ocurre sólo en este hospital, es general.

Así, frustrados todos, empiezas a ver cómo se suceden las horas. Y cuando te dan ganas de quejarte por enésima vez en el mostrador o de darte a la fuga, miras a tu alrededor y te das un poco de vergüenza, porque allí hay personas que están pasando las de Caín, mucho peor que tú. Una señora magrebí con una palidez extrema que se desvaneció en brazos de su marido en la sala de espera, vomitó, se cayó al suelo y se la llevaron en camilla, una mujer a la que se le caían las lágrimas de dolor, una joven con el rostro congestionado agarrandose la tripa, ancianos con golpes... y de allí no se iba nadie. Bueno, y en honor a la verdad, también hay que decir que había personas que, como dicen una y mil veces los médicos con toda la razón, estaban allí pasando el rato, como quien va de excursión o de compras con las amigas. Es decir, de risas, con aspecto lozano y armando mucho jaleo. No podían estar muy mal, aunque su gusto por estar en Urgencias sería motivo más que suficiente para mandarles al pabellón de Psiquiatría por la vía rápida.

También risas

Y para coronar la experiencia, aquí la periodista, con gran ojo clínico y olfato, va y se sienta junto a los baños. Error. Si esos habitáculos hablasen... ancianas encerradas porque no saben abrir el pestillo ("No sé para que se cierra, se creerá que la van a violar", dice con sorna su acompañante), jóvenes tatuados con unas vomitonas que superaban los decibelios de un caza de combate, señoras echando el hígado y saliendo llorosas, algún anciano haciendo sus necesidades con la puerta abierta... y gente y más gente haciendo cola con botecitos para la orina. Una delicia, oigan.

Menos mal que, además de las escenas desagradables y de las quejas -un caballero enorme estuvo a punto de organizar un motín a la hora de comer por la tardanza-, también hubo ratitos de risa. Alguna confusión con los nombres -pasé allí tantas horas que me aprendí un montón, con apellido y todo- y algún vacile -muy de agradecer- de los celadores. Como el que le preguntó a una chica apellidada Rambo -sí, sí, Rambo- si era "algo de John", qué chistosillo. Pero sin duda, el momento estelar ocurrió bien entrada la noche. Llegó una mujer con un colocón impresionante y muchas ganas de hablar. La sentaron en una silla de ruedas porque no se tenía en pie. Y por su boca empezaron a salir perlas como esta: "Me vais a atender, o qué. Me tratáis como a un perro. Ojo, que mi padre es el Presidente de Sanidad y Consumo y os voy a poner una demanda... bueno, dos". Su estado era muy triste, pero también es verdad que muchos de los que llevaban un montón de horas en la sala de espera, además de reirse de sus ocurrencias, estuvieron a punto de levantarse y aplaudir. En medio de la desesperación, a todos nos daban ganas de soltar soflamas ridículas. Porque los medicamentos que te meten en vena no sirven para aliviar la impotencia. Al filo de la medianoche, la pesadilla termina, la que escribe esto se va para casa después de once horas y media y un montón de pruebas -eso, que es lo importante, sí que hay que reconocérselo y agradecérselo-, con un carro de calmantes y con ganas de arrodillarme y besar el suelo de casa igual que un Papa.

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Imagen de archivo de las Urgencias de Basurto. /M.Atrio
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