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De 'huelebraguetas' a 'cazajetas'

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De 'huelebraguetas' a 'cazajetas'

02.03.13 - 00:05 -
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De 'huelebraguetas' a 'cazajetas'
1.500 detectives privados ofrecen sus servicios en España

Cuarenta años separan el Watergate, el más famoso caso de espionaje de la historia, del actual alboroto por las grabaciones a políticos en Cataluña, versión castiza del mismo asunto. Cuando en Estados Unidos estallaba el escándalo que acabaría costando la presidencia a Nixon, apenas un centenar de detectives, todos hombres, se dedicaba en España a la investigación privada. Mientras sus colegas de Washington se entregaban al alto espionaje, aquí, su principal cometido consistía en pillar a la mujer del cornudo de turno revolcándose con su amante: por eso recibían el elocuente sobrenombre de ‘huelebraguetas’.

Claro que, desde entonces, las cosas han cambiado muchísimo. Esa reducida guardia de cien sabuesos es hoy un ejército con cerca de 1.500 profesionales que nada tiene que ver con la imagen del rastreador habitual de los bajos fondos que nos dejó en herencia el cine negro más clásico. Incluso el tipo de encargo ha cambiado: el fisgoneo de alcoba ha sido desbancado por las indagaciones relacionadas con asuntos económicos (solvencias, bajas fraudulentas, engaños a los seguros,...), aunque cualquiera diría que emplean todo su esfuerzo en acechar políticos.

En realidad, lo sucedido en Cataluña, donde han salido a la luz una serie de grabaciones realizadas a los comensales de un restaurante barcelonés frecuentado por políticos y empresarios, poco tiene que ver con la descripción que los expertos consultados hacen de su trabajo, muchas veces rutinario y escrupulosamente legal. Es más, los métodos empleados para obtener la información, unos micrófonos ocultos en un florero, les suenan a película o a chiste. Puntualizan que, en cualquier caso, investigar no es lo mismo que espiar.

«El tema de infidelidades fue reduciéndose conforme se despenalizó el adulterio y no era necesaria una causa para la separación», explica Eva Grueso, presidenta de la mayoritaria Asociación Profesional de Detectives Privados de España (Apdpe) y con 25 años de oficio. Ella misma es una prueba del cambio que ha experimentado la profesión en las últimas décadas. «El perfil del detective privado es ahora muy variado. Somos personas formadas en la universidad con estudios específicos de tres años, y con más mujeres que hombres en algunos centros. Un detective es una persona con una formación extraordinaria en Derecho, con suficientes conocimientos legales como para saber qué investigaciones puede realizar».

Las mujeres han irrumpido con fuerza en un terreno que antiguamente parecía vedado para ellas. «Para algunos asuntos somos mejores: podemos pasar más desapercibidas, quizás porque el estereotipo del detective corresponde al hombre. Es posible que llamemos menos la atención, como cuando se está haciendo una vigilancia desde un coche, y podemos inspirar más confianza para mantener una conversación».

A la caza del vago

De guardias y esperas sabe un rato Marta, nombre ficticio de otra profesional con centro de actividades en Cantabria. Llegó a este trabajo hace quince años, cuando vio que no podría cumplir su ambición de ser policía. Hasta hace poco, la mayor parte de los clientes llegaban hasta su oficina para comprobar sospechas sobre empleados vagos que convertían sus bajas en vacaciones. Con la crisis, cada vez son menos los empleados, vagos o no, y el tipo de caso más habitual está relacionado con custodias legales o comprobación de secuelas de accidentes.

Con dos niños, ofrece un enfoque nuevo de su ocupación. «Ser madre y detective es una locura. Se lleva fatal porque no tenemos horarios y tengo que tirar de mis padres y de guardería. Es un trabajo en el que hay que madrugar mucho: en un caso de secuelas normal, se empieza a las siete de la mañana. Luego, en función de lo que veas ese primer día, vas ajustando horarios y reduciendo horas, pero ese primer día lo empleas entero».

Como cualquiera de sus compañeros, acumula experiencias y anécdotas, alguna de ellas peligrosas. «Cuando empecé, fui a hacer un trabajo a Bilbao. Yo realizaba un seguimiento y estaba controlando a uno que robaba material en una fábrica. Coincidió que detrás de donde yo vigilaba estaba un concejal del PP. Sus escoltas pensaron que yo era una terrorista y casi me pegan un tiro. Pasé mucho miedo».

Superado el cliché del tipo duro que no para de fumar y trasegar whisky y café, llega el momento de desmontar otra leyenda: la del kit de detective. «Todo depende del encargo –explica la responsable de la Apdpe –; para investigaciones económicas, con un ordenador y saber buscar en fuentes públicas, quizás no haga falta más. Cuando se trata de un trabajo de calle, un seguimiento, hacen falta también un coche y una cámara de vídeo. No usamos nada excepcional; quizás en alguna ocasión una microcámara que se coloca en un sitio específico, pero son cosas que están en el mercado».

Mariña es el seudónimo tras el que se oculta otra veterana del gremio que opera en el País Vasco. Veinte años en el negocio le han dado ocasión para ver de todo e incluso para construir su propia hipótesis sobre el escándalo de Cataluña. Allí, resumiendo, ha trascendido que se grabó el encuentro que mantuvieron en julio de 2010, en el restaurante La Camarga, la presidenta regional del PP, Alicia Sánchez-Camacho, con María Victoria Álvarez, examante del primogénito de Jordi Pujol, quien fuera presidente de la Generalitat durante largos años. Más que centrarse en el contenido de la conversación, que reflejaba las miserias de aquel noviazgo, con malos tratos y viajes al extranjero con el maletero del coche a reventar de billetes de 500 euros, Mariña se pregunta cómo se ha conseguido el material.

«Para mí, lo que posiblemente ha ocurrido es que se han colocado micrófonos, de acuerdo con los del restaurante, y se han grabado conversaciones indiscriminadamente, que igual ni siquiera se han escuchado... salvo cuando se sentaba en la mesa gente importante. Y una vez que tenían buena información, se vendía. Es completamente imposible seguir a una persona, ver que va a un restaurante y ponerle un micrófono. También es dificilísimo entrar con ellos y conseguir sentarte en la mesa de al lado. Por eso creo que los micrófonos tenían que estar fijos, y los del restaurante, probablemente compinchados».

De todas formas, no es raro que un partido político acuda a un detective en busca de ayuda. «Te pueden encargar una investigación, un seguimiento a un adversario para ver si tiene un amante o saca el pie del tiesto: casi siempre se trata de chantaje». Eso sí, que nadie espere encontrarse a un político a la puerta del despacho. «La gente siempre entra como a un puticlub: a que no la vean. Lo normal es que la consulta y los precios se den por teléfono».

Eso, los precios. Van en función del trabajo a realizar. Por ejemplo, en una capital de tamaño medio, contratar un seguimiento a un empleado de baja cuesta 350 euros al día, 250 si es media jornada. La hora suelta puede oscilar entre los 50 y los 70 euros. Si es por la noche, con un recargo del veinte por ciento. El consejo es fijarse más en la calidad del profesional que en sus tarifas. «Hace veinte años nadie sabía nada y podías hacer lo que te diese la gana; ahora cualquiera está pendiente de si le siguen, sobre todo si está engañando a la compañía de seguros. Lo más probable es que, si no se está muy atento, se escape el investigado, y uno se quede mirando el portal de casa hasta que vuelva. Eso al final son más horas, más días y más dinero».

Esta detective reconoce que hay pesquisas con las que llega a disfrutar. «Hay temas matrimoniales que viene un señor, te dice que su mujer le pone los cuernos y tú piensas: ‘hombre, pues no me extraña’. Y no me siento cómoda haciendo ese trabajo. En cambio, un señor que paga un sueldo a un jeta para que no trabaje, pues puedo ponerme en su lugar. Lo peor de todo son los seguimientos a niños, cuando los padres nos contratan para ver sisus chavales se mezclan con gentuza, si consumen drogas, y qué hacen».

¿Se resiente el sector por escándalos como el ‘Cataluñagate’? Indudablemente sí, en lo que respecta a su imagen. «La agencia implicada, Método 3, presumía de ser la número uno de España. Es mentira: no son detectives, son una agencia de espías». En lo relativo al volumen de negocio, no parece que haya hecho mella. Cómo les gustaría poder decir lo mismo en el restaurante La Camarga: cada vez resulta más difícil llenar sus reservados... y nadie quiere floreros en la mesa.

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