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¿Por qué estamos gordos?

22.02.13 - 00:10 -
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¿Por qué estamos gordos?
Niños con sobrepeso juegan en unas piscinas./ EPA

Aunque duela reconocerlo, lo que viene a llamarse 'dieta mediterránea' es un invento americano. Y no es broma, pues fue un científico estadounidense, Ancel Keys, quien en los años 50 difundió la idea de la existencia de un estilo de vida propio de los pueblos del Sur de Europa que supuestamente explicaba el porqué de la menor incidencia de enfermedades coronarias en comparación con otros países. Con el tiempo, el concepto se redujo a una alimentación ideal basada en un alto consumo de frutas, verduras y legumbres, combinado con pan y otros cereales, y en la que el mayor aporte de grasa provenía del aceite de oliva. Por el camino quedaron un par de detalles: aquella frugalidad, obligada por la pobreza, venía acompañada por la intensa actividad física que requería el trabajo. Medio siglo después, esos buenos hábitos que se resumen en el dicho 'poca cama, poco plato y mucha suela de zapato', han quedado en desuso, con visibles consecuencias: ese español que entonces era sufrido, enjuto y fibroso se ha convertido hoy en un señor vago, fofo y barrigón.

Según los datos que maneja el Ministerio de Sanidad, más de la mitad de la población adulta del país tiene exceso de peso, un porcentaje que en los niños en la franja de edad de seis a nueve años alcanza un preocupante 45%. Hay que tener en cuenta que el sobrepeso lleva aparejado un mayor riesgo de padecer determinadas dolencias (problemas cardiacos, diabetes, hipertensión, cáncer,…) y, por consiguiente, un mayor gasto sanitario en quien lo sufre (concretamente, un 36% más que lo que cuesta la atención de alguien que está en su peso, según la Organización Mundial de la Salud). Son estas algunas de las razones que han llevado a los responsables de la salud pública a aprobar la creación del Observatorio de la Nutrición y de Estudio de la Obesidad, dependiente de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan), y que estará dirigido por el cardiólogo Valentín Fuster, con el objetivo de combatir ese exceso de peso entre la población, especialmente la infantil, además de analizar las causas que lo favorecen.

Según la catedrática de Nutrición de la Universidad Complutense Rosa María Ortega, responsable de una serie de estudios que relacionan dieta, actividad física y salud, «los hábitos alimentarios han cambiado en una dirección que no ayuda: nuestra dieta es cada vez menos equilibrada porque tomamos menos verduras y cereales, unos alimentos más bien hipocalóricos; eliminamos así los que tienen menos calorías y más nutrientes». No obstante, Ortega no sucumbe a la tentación de culpar a bollos y refrescos de los altos índices de sobrepeso de los más jóvenes. «Si fuese tan fácil, bastaría con dejar fuera esos dos productos, pero no es así: el problema principal es el sedentarismo, que el niño se pase el día entero sentado. El ser humano está pensado para sobrevivir haciendo mucho ejercicio y consumiendo poca comida».

El 'truco' de Phelps

La falta de ejercicio se convierte de este modo en el principal factor en la cuenta de la obesidad, muy por encima de lo que se ingiere. Una prueba de ello podría ser el caso extremo del campeón de natación Michael Phelps. Este deportista norteamericano, el olímpico más condecorado de todos los tiempos (ganó 22 medallas), asombró al mundo e hizo palidecer de envidia a los tragones cuando, en los Juegos de Pekín, desveló sus hábitos alimenticios. Mantenía sus músculos en forma con unos pantagruélicos desayunos de tres emparedados de huevos, queso, tomate, lechuga, cebolla frita y mayonesa, a los que seguían tres panqueques con pedacitos de chocolate, una tortilla de cinco huevos, tres tostadas con azúcar, un tazón de copos de maíz y dos tazas de café. En el resto de comidas daba cuenta de un kilo de pasta, dos sándwiches de jamón y queso con mayonesa, una pizza grande y una buena ración de bebidas energéticas. En total, 12.000 calorías por día –lo normal viene a estar entre 2.000 y 3.000–, una cantidad que solo podría quemar un metabolismo tan acelerado como un bólido de fórmula uno.

No parece ser este el caso de los niños españoles, que cada vez dedican más tiempo libre a lo que se denomina 'juego pasivo'. Puede sonar a tópico recurrir a la imagen del chaval pasmado ante la videoconsola, pero se acerca mucho a la realidad: volviendo a los estudios de Sanidad, los resultados indican que el porcentaje de niños con un peso normal es mayor cuando no disponen de ordenador, DVD o consola en su habitación. El 56% de quienes carecen de este tipo de ocio tienen un peso saludable, frente a un 43% con exceso. Los porcentajes varían sensiblemente cuando cuentan con estos aparatos: más de la mitad, el 50,2%, presenta sobrepeso.

La Fundación Thao, que impulsa programas de promoción de hábitos saludables entre los escolares, llama la atención sobre el hecho de que los porcentajes de sobrepeso y obesidad infantiles en España son similares a los de Estados Unidos, país que constituye uno de los peores ejemplos. A pesar de ello, la organización considera que se está invirtiendo muy poco en prevención. «Ha resultado muy fácil que la población haya ido aumentando de peso, pero es muy difícil dar la vuelta a la situación, porque afecta a un estilo de vida», razona Rafael Casas, director científico de Thao. Este estilo de vida, a su juicio, crea la falsa ilusión de que se carece de tiempo para dedicar a la actividad física o las relaciones personales. «La falta de tiempo la sufrimos todos, pero antes no estábamos en Facebook, y ahora igual nos quita media hora o una hora. Tiempo hay, pero se dedica a otras cosas: antes llegabas a casa y atendías tres llamadas de teléfono; ahora es algo permanente. Y otro tanto sucede con la televisión: teníamos dos canales. Ahora, una oferta que no termina». Luchar contra el sedentarismo y mejorar el equilibrio nutricional requiere, según su experiencia, una campaña educativa intensa y constante.

Un impuesto dulce

A menudo los gobiernos tratan de buscar atajos con propuestas a medio camino entre el castigo y el fin recaudatorio: en los últimos años se vienen popularizando las tasas que gravan la comida –y bebida– basura. Nueva York ha prohibido la venta de refrescos de tamaño XL (más de medio litro) en restaurantes y cafeterías; Francia y Finlandia han creado un impuesto especial para bebidas azucaradas –que en breve se aplicará también en Cataluña–, y Dinamarca penaliza los productos que contienen más de un 2,3% de grasas saturadas. Se trata de decisiones que recuerdan la estrategia que se ha generalizado para reducir el consumo de tabaco, con la inevitable polémica sobre el papel de un Estado que tiende a penalizar y prohibir lo que no es sano en lugar de educar para hacer que disminuya.

Habría que destacar además que, contra lo que se pueda pensar, una dieta con exceso de calorías no se corresponde con un nivel socioeconómico mayor. Más bien sucede lo contrario: son las clases más favorecidas las que, en términos generales, se alimentan de forma más equilibrada... porque pueden permitírselo. Quizás los gobernantes deberían pararse a pensar en el montón de calorías que puede comprarse por un euro en una hamburguesería y compararlo con los cinco que pueden llegar a pedir en un supermercado por un kilo de tomates.

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