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La esposa del ministro

La relación de la prensa y los protagonistas de escándalos siempre han sido accidentadas, como lo demuestra el ‘affaire Caillaux’, que dividió a Francia en el siglo pasado

23.02.13 - 18:37 -
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Una de las obligaciones del director de un periódico o de una revista es atender impertérrito por teléfono a los lectores que hierven de indignación por una información o un reportaje que no han sido de su agrado. No es frecuente, sin embargo, que la persona que se desahoga al otro lado de la línea sea un colaborador de la propia publicación. Así le ha ocurrido al director de ‘Paris Match’, Olivier Royant, en cuyo contestador quedaron registradas unas cuantas lindezas proferidas por Valérie Trierweiler, la actual compañera del presidente de Francia, François Hollande. A la periodista no le gustó que la revista publicara unas imágenes en las que ella y su ilustre pareja aparecen en actitud amorosa, y reaccionó de forma airada contra «tu periódico de mierda», los reportajes «de mierda», «las fotos de mierda», etc, etc...

En París, las relaciones entre la prensa y los protagonistas de las noticias siempre han sido vidriosas y accidentadas, en particular si esas noticias mezclan la política y los asuntos del corazón. Así ha ocurrido recientemente con el político Dominique Strauss-Khan, el hombre al que acaban de bautizar como ‘mitad cerdo’ y que estuvo casado con la periodista Anne Sinclair. Y ocurría también a comienzos del siglo pasado, más concretamente el 20 de julio de 1914, cuando comenzó el juicio por asesinato contra Henriette Claretie Cailloux, la esposa de Joseph Cailloux, ministro de Hacienda de la Tercera República y jefe del Partido Radical.

Cuatro meses antes, la procesada había matado a sangre fría al director del rotativo conservador ‘Le Figaro’, Gaston Calmette, por haber aireado en primera plana los amores de juventud de su marido, que se había ganado la inquina del diario por su proyecto sobre el impuesto sobre la renta. La campaña periodística contra Caillaux, y el manejo político de una carta comprometida, acabó con la paciencia de Henriette, que mató a tiros a Calmette. En medio de un monumental escándalo, el jurado la absolvió reconociendo su papel de esposa ultrajada.

Aquel proceso judicial, conocido como el ‘affaire’ Caillaux, hipnotizó a la sociedad francesa, inmersa en una campaña electoral, según recuerda Liaquat Ahamed en ‘Los señores de las finanzas’ (Ed. Deusto). Solo tres semanas antes, el 28 de junio, un nacionalista serbio llamado Gavrilo Princip había asesinado al archiduque Francisco Fernando y a su esposa en el atentado de Sarajevo que prendería la mecha de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, cuando arrancó el juicio contra Henriette, la conflagración que estaba a punto de estallar le parecía a la prensa una fruslería comparada con la historia de la furibunda Henriette, que no había podido soportar los ataques contra su marido; un hombre público con una larga trayectoria política que su mujer debía de conocer bien, pues había sido la amante del señor Caillaux antes de que este se divorciara de su anterior esposa para casarse con ella.

En el corazón de Henriette ardía un volcán que entró en erupción el 16 de marzo de 1914. Aquel día, sobre las tres de la tarde, se puso un elegante vestido para asistir a una recepción en la embajada de Italia. En el camino hizo un alto en la famosa armería Gastinne Rennette y compró una pequeña Browning automática. Al salir del establecimiento se fue derecha a las oficinas de ‘Le Figaro’, donde, con la pistola escondida en el manguito, aguardó al director del periódico durante una hora. Cuando Gaston Calmette apareció, le dijo secamente: «Ya sabe por qué he venido». La escena fue recreada por los dibujantes de la época: la mujer del ministro sacó la ‘Browning’ del manguito y disparó seis veces a bocajarro. Acto seguido huyó del escenario del crimen, dejando al periodista agonizante, pero fue detenida y confesó.

El asesinato conmocionó a la opinión pública -Henriette se exponía a la pena capital- y provocó enfrentamientos entre los partidarios de Joseph Caillaux y los ciudadanos de derechas que no aprobaban ciertas conductas públicas de la clase política; y no solo las corruptas (se decía que el sexto presidente de la Tercera República, Felix Faure, había muerto en 1899 cuando disfrutaba de sexo oral). Los periódicos se inundaron de titulares sobre el asesinato, y la tensión internacional por el atentado en los Balcanes quedó en segundo plano. Durante la semana que duró el juicio, un gentío se agolpó a diario frente al periódico sensacionalista ‘Le Matin’, en el Boulevard Poissoniére, para leer las novedades del caso en las ventanas del rotativo -un antecedente de las webs digitales’- y enzarzarse a golpes con el adversario político.

El veredicto se conoció el 28 de julio y, lejos de aplacar los ánimos, cayó como una bomba en París. Un jurado compuesto solo por varones absolvió a Henriette por once votos frente a uno. Concluyó que las noticias sobre su esposo la habían trastornado por completo y la habían arrastrado irremisiblemente al asesinato. El jurado se creyó la teoría del ‘crime passionel’, argumento esgrimido por el abogado de Henriette, Fernand Labori, quien explotó con suma habilidad el machismo de aquel tiempo.

Hasta el verdugo que afilaba la hoja tuvo que quedarse perplejo. Aquella argumentación chocaba frontalmente con las ideas feministas, un movimiento que entonces agitaba conciencias a favor del sufragio de las mujeres. Pero tampoco se las podían creer los ultramonárquicos de Acción Francesa, que eran machistas, pero se la tenían jurada a Joseph Caillaux y su deleznable impuesto sobre la renta. En cuanto conocieron la absolución de Henriette, un destacamento policial tuvo que dispersarlos en el palacio de justicia.

Solo la guerra apagó el incendio desatado por el asesinato de Gaston Calmette. Cuando acabó el juicio, los ciudadanos de París cayeron en la cuenta de que la comida no era fácil de conseguir en París y que los comercios no aceptaban papel moneda. La realidad de la contienda iría asomando a la superficie. Solo un día después del veredicto de Henriette, miles de personas formaron en la capital francesa una fila de un kilómetro y medio de largo a la espera de cambiar su dinero por oro en el Banco Nacional.

Henriette Claretie Caillaux murió en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, a los 68 años. Su marido falleció un año después.

Joseph Caillaux dimitió como ministro de Hacienda tras el asesinato de Gaston Calmette y continuó su carrera política. Defensor de la paz, lo juzgaron por alta traición en 1918, pero más tarde sería rehabilitado.

Gavrilo Princip, el hombre que desencadenó la Gran Guerra, murió en prisión en 1918.

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