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El infierno de Leningrado

70 aniversario

El infierno de Leningrado

El asedio de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial duró 900 días y durante el mismo se vivieron episodios de canibalismo e infinita crueldad

23.02.13 - 00:05 -
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En diciembre de 1941, Tanya Sávicheva, una niña de once años que vivía en Leningrado (actual San Petersburgo), empezó un diario. Cuando murió, en 1944, apenas había escrito unas docenas de palabras repartidas en nueve hojas. Estas eran sus anotaciones: « 1) Zhenia murió el 28 de diciembre de 1941, a las 12.30 horas. 2) La abuelita murió el 25 de enero de 1942, a las 3:00 p.m. 3) Leka murió el 17 de marzo de 1942, a las 5.00 a.m. 4) El tío Vasia murió el 13 de abril de 1942, dos horas después de la medianoche. 5) El tío Lesha, el 10 de mayo de 1942 a las 4.00 p.m. 6) La mamá, el 13 de mayo de 1942 a las 7.30 a.m. 7) Los Sávichev murieron. 8) Murieron todos. 9) Solo quedó Tanya».

El diario de Tanya Sávicheva, que recoge la desaparición de sus familiares más próximos –el padre había muerto tiempo atrás– no fue publicado nunca pero se usó como prueba en el juicio de Núremberg. Y estos días que se conmemora el 70 aniversario de la batalla de Stalingrado que con sus casi cuatro millones de muertos es la más sangrienta de la historia de la humanidad, conviene recordar también el infierno de Leningrado. Porque en la hermosa capital de los zares murió más de un millón de personas. La inmensa mayoría, como la familia de Tanya, no por las bombas sino por hambre y frío. Lo que allí pasó durante casi 900 días fue tan terrible que resultaría inverosímil si no estuviera documentado. Aunque el Gobierno soviético tuvo buen cuidado en ocultar al mundo durante décadas los aspectos menos heroicos.

El infierno de Leningrado

El sitio de Leningrado comenzó el 8 de septiembre de 1941, poco después de la invasión de la Unión Soviética por Alemania. La intención inicial de los atacantes era destruir la ciudad, símbolo de la Revolución de Octubre pese a que ya no tenía el rango de capital. Pero cuando apenas se habían iniciado los bombardeos, Hitler cambió la estrategia. Leningrado perecería por hambre. Con la ayuda de algunos batallones finlandeses –que se aliaron a Alemania para recuperar el territorio que la URSS les había arrebatado en 1939– sitiaron la ciudad y se prepararon para esperar mientras la sometían a bombardeos sistemáticos pero no de alta intensidad.

Vivían allí en ese momento alrededor de tres millones de personas, de manera que las autoridades se vieron obligadas a poner en marcha un estricto plan de racionamiento. Las vías férreas, las carreteras y los pasos marítimos estaban cortados y el aislamiento era total. El invierno se aproximaba y, poco a poco, se agotaban la leña y el carbón y los depósitos de alimentos quedaban desabastecidos o eran destruidos por las bombas. Los almacenes Badayev, donde se guardaban harina, legumbres y azúcar, ardieron. Entre las llamas se consumió la esperanza de supervivencia de decenas de miles de personas.

En diciembre de 1941, el termómetro llegó varios días a –40º y los habitantes de la ciudad se vieron obligados a dormir envueltos en la mayor cantidad de ropa que cada uno pudiera ponerse. El estricto racionamiento contemplaba una dieta de una cantidad insignificante de carne y grasa que se sumaban a 300 gramos de pan para los obreros, 250 para los empleados administrativos y 125 para niños y personas no activas. En cada hogar, sin calefacción ni luz eléctrica, se hacían milagros para sobrevivir: todos se convirtieron en expertos cazadores de pájaros, gatos, perros y otros animales domésticos. Luego continuaron con las ratas, los topos de los jardines, insectos y gusanos. Ninguna proteína era desdeñable.

El infierno de Leningrado

Las amas de casa hacían sopa mil veces con unos míseros huesos y la 'enriquecían' con la cola con la que estaban encuadernados los libros, el papel pintado de las paredes, las cortezas de los árboles, trozos de cuero, serrín e incluso la tierra de los lugares donde antes se habían asentado plantas envasadoras o almacenes de comida. Se pensaba, quizá con razón, que debía quedar en ella algún resto alimenticio. La brillantina para el pelo y la vaselina se usaban como grasa para las frituras.

Una de las hermanas de Tanya y su abuela habían muerto ya cuando comenzó una guerra psicológica que pretendía acabar con los ánimos de una población sin fuerzas. Los soldados alemanes preparaban sabrosos (y olorosos) guisos al aire libre en los días de viento, para que el aroma de la comida llegara hasta la ciudad. Los estrategas soviéticos respondieron a su manera. Por la megafonía instalada en las calles emitían una grabación de los ruidos propios de una urbe en ebullición: el estampido de los camiones y el rugido de las fábricas se mezclaba con música. Algunos testigos recuerdan que, en medio de una ciudad por la que apenas circulaban personas convertidas en espectros, se escuchaban los sones de la Sinfonía Nº 5 de Shostakovich y la Nº 6 de Chaikovski, tan patéticas ambas. Una tortura añadida.

El mercado negro, que al principio del asedio era floreciente, también languideció. Resultaba igual tener algo que vender que carecer de todo, porque el objeto de los cambios era la comida y ya no quedaba nada. Apenas dos meses atrás, había llegado a canjearse un piano por unos pocos mendrugos. Y entonces reapareció el fantasma de lo sucedido en Ucrania pocos años antes, cuando el hambre atroz ocasionada por una serie de desastrosas cosechas y las requisas de grano derivó en numerosos episodios de antropofagia y canibalismo.

El infierno de Leningrado

A partir de febrero de 1942, la situación en Leningrado fue tan desesperada que muchos vencieron todas las resistencias físicas y morales a comer carne humana. Cuando había alguien tan débil –o tan enfermo, porque el tifus ocasionó también una terrible mortandad– que no quedaba posibilidad alguna de supervivencia, cesaban los cuidados. La muerte dejó de ser una mala noticia para los allegados del difunto. En muchos hogares donde había niños pequeños, se optó por dejar morir a alguno de ellos para que vivieran los hermanos y, sobre todo, los padres. La razón más poderosa era que, si los progenitores fallecían, los niños apenas sobrevivirían unos días.

Muchos años después, algunos supervivientes reconocieron que la carne humana llegó a convertirse en el producto estrella de un renacido mercado negro. También hubo asesinatos por un mendrugo de pan y las escenas de violencia estaban a la orden del día, porque había desaprensivos, o desesperados, que querían arrebatar a niños y ancianos su mísera porción diaria de comida.

El infierno de Leningrado

Las condiciones mejoraron algo cuando los resistentes lograron abrir una vía de comunicación a través de la superficie del lago Ladoga, que estaba helado varios meses al año. Paradójicamente, cuantos más morían mejor era la situación para los habitantes de la ciudad, porque aumentaban algo sus raciones. En los momentos peores del sitio, a comienzos de 1942, llegaron a fallecer alrededor de 7.000 personas al día. El Gobierno soviético hizo pública una estimación de algo más de 600.000 muertos durante todo el sitio, pero fuentes independientes consideran que fueron el doble.

La vida continuó en aquel infierno. Shostakovich compuso durante los primeros meses del asedio su Sinfonía Nº 7. Además, consiguió que una copia de la partitura llegara a EE UU, donde fue estrenada por Arturo Toscanini, que era un furibundo antifascista.

Como si vivieran del aire, centenares de miles de ciudadanos soviéticos lograron sobrevivir al sitio. Cuando el 18 de enero de 1944 terminó el asedio, la población de la ciudad se había reducido a poco más de un millón de personas, porque alrededor de 600.000 habían sido evacuados a través del lago Ladoga o aprovechando 'grietas' en las filas alemanas.

Tanya pudo haber sido una de las afortunadas. Formaba parte de un grupo de unos 150 niños que en agosto de 1943 fueron trasladados a un pueblo próximo. Pero estaba enferma y extremadamente débil y nunca se recuperó. Murió en julio de 1944. Su diario se conserva en el Museo de Historia de San Petersburgo. El texto, reproducido en grandes caracteres, puede leerse también en un memorial que lleva su nombre, en un parque de la ciudad. «Los Sávichev murieron. Murieron todos. Solo quedó Tanya».

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