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Vagabundo sin dama

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Vagabundo sin dama

Conocía a Toby en un bar de Algorta. Era un perro de edad indefinida y raza incierta

23.02.13 - 00:01 -
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Nos conocimos en el desaparecido Pub Katamarán de Algorta. Lo que no recuerdo es si le conocí antes a él o a su foto. Aquella que alguien tuvo la excelente idea de hacer y colgar en la pared. En ella posaba con la naturalidad de un dandi, al más puro estilo Grant. Lo recordaba esta semana cuando me llegó la noticia de que han demostrado que los perros reconocen a otro canes y a sí mismos al ver una fotografía en la Escuela Nacional de Veterinaria de Lyon. Ahora entiendo su mirada al ver la suya colgada. Me refiero al protagonista de hoy. Nunca supimos su verdadero nombre. Le llamábamos Toby. Era un perro de edad indefinida y raza incierta. Entre ratonero y callejero. Uno de esos canes que acostumbran a aspirar los suelos de bares y tabernas para entretener boca, llenar estómago y pasar jornada.

Preferentemente, buscaba restos de azucarillos. Así era Toby. Y si no avistaba una pieza tras recorrer el local, hocico en suelo, optaba por poner ojos de cordero degollado ante el respetable y probar suerte. Sabía que, si no era alguien del personal, algún cliente acabaría cediendo. Jamás le vi marchar sin llevarse, al menos, un flamante azucarillo. Verle comerlos era todo un espectáculo. Agarraba el sobre con sus patas delanteras y lo rasgaba con delicadeza utilizando sus incisivos. Una vez abierto, la lengua obraba milagros. Sobre todo, a la hora de limpiar los restos de azúcar de aquella trufa negra que llevaba por nariz. Un apéndice a juego con las negras manchas que salpicaban su blanco cuerpo. Advertiré, llegados a este punto, que he convivido con infinidad de perros, tanto propios como ajenos. Ejemplares con pedigrí de alta cuna y chuchos de mil padres. Guapos y feos. Grandes y pequeños. Machos y hembras. Pero pocos resultaron tan interesantes como el enigmático Toby.

Su vida era todo un misterio. Dicen que nació en casa de familia bien. De esas aristocráticas que aún se mantienen activas en Algorta. De hecho dormía en una mansión, situada en la vía más británica de la zona: la Avenida Basagoiti. Una vía de farolas singulares y casas señoriales de las que parece que vayan a salir Holmes y Watson para resolver un caso. El paso del tiempo y ciertas decisiones poco afortunadas han hecho daño a esta avenida. Pero sigue teniendo su aquél. Y quizá por ello la eligió Toby para recogerse cuando caía la noche.

En cuanto a su vida social, nunca le conocí perra oficial alguna. Siendo paisano tampoco es raro. Seguro que era más de compartir huesos con otros machos en un rincón, lo que se dice un txoko canino, que de buscar novia perruna. Es lo que hay. Debe ser cosa del clima. Aunque cierto vecino contó en su día que las liaba pardas por Zugazarte, Neguri y Ereaga entrando furtivo en jardines ajenos. Buscando siempre una dama a la que ofrecer su corazón de vagabundo y, de paso, un revolcón. Así que, tras oler, lamer y jugar al tren chu-chu, salía perdiendo rabo entre los insultos y gritos de los dueños. Nunca aceptaron sus incursiones. Y aun menos sus intenciones.

Es curioso. No diré que con el tiempo aprecio más a los perros que a las personas, porque depende del humano y del can. Nunca los contemplo como colectivo, sino de manera individual. Aunque reconozco que se acierta más apostando por los perros. Recuerdo una labrador gordita que paseaba por Abando, medio ciega, que nos tenía robado el corazón. También a un perrillo pequeñajo que acompañaba a un borrachín al que acabó salvando la vida una noche que cayó, desvanecido, en las vías del tren. El chucho, pese a estar famélico y medir apenas dos palmos, logró arrastrarle y sacarlo de allí.

Ya ven que conocí a perros singulares. Pero, no me digan por qué, cuando pienso en Toby no puedo evitar sonreír. No hizo nada excepcional, ni marcó mi vida. Tampoco lloré al saber de su muerte. Pero más de una vez me sorprendo hablando o preguntando por él. Quizá porque compartimos bares y callejones y nos saludábamos a nuestra manera. Se acercaba y tocaba la pernera del pantalón. Era la señal. Siempre tomábamos lo mismo. Él un azucarillo. Un servidor, irlandés o cerveza. No hablábamos pero nos entendíamos. Nunca le fallé y jamás me falló. Porque nada esperábamos el uno del otro. Era una amistad tan desinteresada que era verdadera. De poca gente puedo decir lo mismo. Un gran perro Toby. Y un gran tipo. Daría lo que fuera por una copia de aquella foto. Porque, cada vez que la veía, reconocía en ella el valor de la amistad.

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