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36 años a la sombra

Miguel Montes Neiro es el preso que más años lleva en las cárceles españolas. Su ficha policial ocupa hojas y hojas, con seis fugas incluidas, la última en el funeral de su madre

20.02.13 - 19:19 -
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A los 12 años entró en un reformatorio y a los 60 seguía preso. Su DNI dice Miguel Francisco Montes Neiro, aunque en el mundillo de la trena le conozcan por "Montes" a secas. «Le recuerdo, angelito, subiendo aquella cuesta de Granada de noche». Camino de su primera prisión. La imagen se le atraganta a Encarnación, su hermana, que lo llevó de la mano con su padre, guardia municipal. «Le había clavado por accidente una flecha a un chaval en el ojo. Iba engañado. Le dijimos que iba a estudiar a un colegio para que no se asustara». Ese día, Montes estrenaba sus antecedentes penales, una marca de la que aún no se ha librado medio siglo después. Ostenta el triste título de ser el preso más antiguo de España, pese a los tres años de libertad condicional que disfrutó en los 90. A sus espaldas lleva un pesadísimo petate en el que carga con el plomo de 16.000 noches en la celda, 44 años en total entre rejas, tres huelgas de hambre y más de 25 condenas con el espejismo de una vida al otro lado del muro que solo llegó a acariciar en los 1.400 días que ha permanecido fugado. Eso sí, ni un delito de sangre.

Miguel vuelve volvió en enero de ahce dos años al banquillo de los acusados por su última fuga. En 2009, mientras velaban el cadáver de su madre en el domicilio familiar de Granada, desapareció. La Policía le había quitado las esposas al otro lado de la calle. «Tienes una hora». Cuando entraron a buscarlo, ya no lo encontraron. Dicen que se escapó por la ventana, aunque él asegura que se quedó desmayado en la habitación de al lado por la impresión de ver a doña Francisca de cuerpo presente y que nadie lo buscó. Tardó 25 días en volver a la cárcel: fue detenido en el exterior de una cafetería por dos agentes que se hacían pasar por novios.

Le dio tiempo para acudir a la boda de una sobrina. Vivía escondido en casa de Encarnación.

- ¿Te vas a quedar ahí?, le preguntó su hermana.

- «Si no voy, reviento», contestó.

Y se presentó en la iglesia con su camiseta de rayas. «Me han soltado», mintió, y todos celebraron su fingida libertad. «Hemos festejado que estaba libre varias veces, pero siempre lo vuelven a detener», lamentaba Cristóbal, su sobrino. Después de la boda, mientras media Policía de España lo buscaba, se prestó para hacer una barbacoa. «Estaba malísimo, pero nos lo comimos sin decir nada para hacerle reír».

Eso ocurre cuando uno tiene más experiencia escapando del talego que en las cosas de la vida. Montes se esfumó seis veces y ninguna fue la definitiva, entre otras cosas porque, en lugar de largarse a México como hacen los presos de las películas, Montes se iba a casa de su hermana. «Siempre he buscado a mi familia, por eso me han cogido tan fácilmente», se sinceraba con V desde la cárcel de Albolote (Granada).

En 1981 apareció en la puerta de Encarnación con el cuello rozado. Los funcionarios lo hallaron colgado de una soga en la celda y lo reanimaron en el Clínico de Málaga. Al despertar en la habitación, pensó que estaba en la morgue. Y no se lo pensó dos veces: saltó por la ventana y se coló en un taxi con el cuello en carne viva. Lo volvieron a coger.

-¿Se volvería a escapar?

-Siempre. Si me dicen que largándome voy a ver a mis hijas y que para salir un solo día tengo que cortarme un brazo o arrancarme un ojo, me lo corto.

Los corazones de los hombres son, en ocasiones, tremendamente elásticos y el de Montes no se ha resignado a la falta de libertad. «No se resignará nunca. ¿Acaso recibir una hostia más después de mil no duele?», se pregunta.

- Pero es usted la prueba fehaciente de que escapándose uno no sale de la cárcel.

- Evidente.

- ¿Entonces por qué volver a hacerlo?

- Si mi única cucharada de libertad la puedo conseguir fugándome, no me voy a morir de hambre. Si le pones un plato de comida a un hambriento, ¿cómo no va a comer? Me tienen preso para que aquí me muera.

Después de lo del reformatorio, pasó otros seis años preso por el robo de un cartón de tabaco en Granada. Salió libre e ingresó en la Legión. Estuvo en El Aaiún, pero después de la Marcha Verde, recaló en Ceuta en 1976. Cuenta que era el encargado del armero y faltó un subfusil, por lo que estuvo cinco días arrestado. Encontraron la dichosa arma y el cabo le pidió disculpas. Montes le arreó un bofetón. Su primer golpe. «Te voy a hundir», le respondió su superior. Y lo hundió.

36 años después no sabe lo que es pasear tranquilo por la calle y es el español que más tiempo lleva sin conocer la libertad plena. En ese tiempo se las ha arreglado para vivir, o acercarse a la vida. Primero se casó con una alemana hija de un potente empresario hotelero de la Costa del Sol. Duró poco. Con su segunda mujer, Ángeles, tuvo dos hijas: Ángeles, de 13 años, y Estrella, de 15, por la canción "La Estrella", de Enrique Morente (Estrella llévame a un mundo/con más verdades/con menos odios/con más clemencias y mas piedades). Hasta 2006, las crías pensaban que papá vivía en una fábrica en la que trabajaba para ganar mucho dinero y comprar una casa. Durante ese tiempo, fue padre en las llamadas de teléfono de cinco minutos y en los vis a vis de una hora al mes, en una fría habitación donde les hacía dibujos.

Así hasta que en otra de sus fugas, durante un permiso, se largó a Marruecos con ellas y montó una inmobiliaria. Tardó tres años en caer, su evasión más productiva: 983 días. Todo era nuevo. El país, la profesión, las sensaciones y hasta las costumbres. Los teléfonos móviles le parecían de película de ciencia ficción. «Alucinaba con los móviles», dice su hermana, que scribió una carta al Rey para que les ayude a conseguir el indulto.

«Pasear sin miedo»

En cada respuesta están sus hijas. Estrella quiere que su padre salga para «pasear los tres por la calle sin miedo de la mano». Miguel quiere salir para abrazarlas a ellas, entre otras cosas. «Quiero andar por el campo, mojarme los pies con la hierba húmeda y no con tanto cemento como están tragando mis pies».

- Tienes voz de chaval.

- Tengo el tabique nasal partido de una patada que hace tiempo me dio un funcionario, tengo una rotura muscular de los bíceps que aún no se ha curado, el cúbito izquierdo roto, la visión perdida casi totalmente de un ojo y solo me quedan cinco piezas en la boca que apenas me permiten comer. Sufro tuberculosis y hepatitis C. Tengo el ácido úrico por las nubes, y le aseguro que no es por comer marisco ni chuletón. Un tumor en un testículo a consecuencia de una agresión policial, y otro en el cuello del que he sido operado recientemente. El corazón es lo único que tengo sano.

- ¿Eres un hombre bueno?

- Tremendamente bueno. Me considero bondadoso y cariñoso. Capaz de amar y ser amado.

Y de profesión, delincuente. De no ser así, el destino podría haberle reservado una vida de escultor. «Esculpir ha sido mi gran evasión». Cuando no llevan las esposas, sus manos moldean el barro. Camarón cantando, un atardecer en la Alhambra y una rosa enjaulada con un poema de Miguel Hernández: «Dejad el pie descalzo para pisar el punto donde cayó la sangre de las mejores venas: para besar la tierra donde recojo y junto los huesos orgullosos de rodar sin cadenas».

Los suyos ruedan en una celda de ocho metros cuadrados con ducha, aseo, una litera de dos camas y unos pequeños cajones cuadrados en los que guarda la ropa. «Tengo vistas al módulo de enfrente, donde veo a los locos y desgraciados. Siempre cierro la cortina y la ventana para no oírlos ni verlos». Casi siempre ha estado internado en el módulo de reclusos conflictivos, aunque tampoco abundan sus partes por mal comportamiento. «Algún lío por una papelina y otro por no hacer la cama», dice su último abogado, Félix Ángel Martín García, letrado de Granada que sucede a la lista en el que aparecen nombres como Emilio Rodríguez Menéndez. «Ese se llevó nuestro dinero y ni siquiera apareció en el juicio, el sinvergüenza».

El relato del abogado se pierde entre robos, detenciones ilegales, drogas, armas... Sin sangre. En su última racha, a Montes le han dicho 24 veces «culpable» y mañana podría escucharlo una vez más. Los suyos guardan una tabla de Excel a colores, la hoja de la culpa. Para ellos, hay excusas: «Esta se la metieron», «aquí hay un error». Casi siempre es inocente; la cárcel está llena de inocentes. «Tampoco es un santo», admite su hermana Encarnación.

Sale mejor matar

Con todo, ¿se merece alguien pasar su vida en la cárcel? El debate está abierto, aunque si el objetivo del sistema penitenciario español es la reinserción en la sociedad, el sistema falló con Montes. Miguel se ha convertido en un viejo rockero de los barrotes, siempre pensando en huir, miembro de honor de la decena de cárceles por las que ha pasado, donde ha llegado a aprenderse el chasquido y el eco que dejaban sus puertas al cerrarse. «¿Qué es esto si no es una pena de cadena perpetua encubierta?». Se lo pregunta su abogado, que pone en la mesa un ejemplo muy gráfico de «la injusticia» que subyace en la lista de las condenas de Montes. La última vez (fugas aparte), entró en 1976. Pongamos que ese mismo día un hombre asesina a otro. Le hubieran caído veinte años y cumplido, unos doce. Y al salir, en el 88, pongamos que mata a otra persona más. Se hubiera comido otros veinte años de condena. Íntegra. Bien, pues ese hombre ficticio ya estaría en la calle.

En la cárcel no vive el amor, «sobrevive», pero sí que habita la retranca con la que escribe a los jueces -«Señoría, me he acostado con su mujer»- para que le respondan las cartas. O para mandar misivas a la RAE con el fin de que cambie hombre y mujer por hombre y "hombra" o preguntar el porqué de la palabra firmamento si allí nadie firma. O para ver por la ventana a Encarnación lanzando pollos por lo alto de la valla de Carabanchel. También hay tiempo para vibrar con los goles de su Barça. Para pensar y cogerle las vueltas a un mundo perro a base de leer a Nietzsche, su preferido, para escuchar a Camarón o soñar golpes imposibles («me hubiera gustado darle un buen palo a Juan Antonio Roca, compañero de patio, y repartir los millones entre los pobres»).

Carabanchel, Herrera de la Mancha, Jaén... Huelva. Levantarse, desayuno, patio, comida, celda... Siempre con la misma rutina. Una y otra vez. Y otra. Hasta el infinito. «El amanecer es lo peor. Viene el guardia para el recuento y comienza la falta de tranquilidad, el desasosiego. El mejor momento es la noche, cuando me acuesto, porque puedo pensar sin que nadie me moleste». También puede tragar la quina de las cosas que pudieron ser y no fueron, de no ver a las niñas y de los errores. El más gordo, «haber delinquido sin tener necesidad».

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Miguel Montes Neiro, junto a su familia, el día que salió de la cárcel el año pasado./ Efe
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