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presupuesto municipal: 4.000 euros para cada uno de sus 175 vecinos

El Mónaco de Cantabria

Taxi para ir al mercado, leña en invierno, clases particulares para los niños, cesta de Navidad... y todo gratis. San Miguel de Aguayo sabe cómo mimar a sus vecinos

18.02.13 - 00:37 -
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El Mónaco de Cantabria
Nuevos vecinos. Bruno Palazuelos y Naomi Patterson se mudaron con sus hijos y están encantados. Como Roger Calabuig (detrás). / Daniel Pedriza

Se dice que no hay forma de esconder ni la tos ni el dinero, pero en San Miguel de Aguayo esto último lo saben camuflar bien: nadie diría que este pueblo perdido entre montes, de casas viejas y con más vacas que gente es, al menos en términos relativos, el municipio más próspero de Cantabria y uno de los más acaudalados de todo el país. La cuenta es fácil: solo hay que dividir el presupuesto del Ayuntamiento, 700.000 euros, entre sus 175 vecinos, y salen a 4.000 justos. Por hacer una comparación, en Madrid no llegan a 1.000.

Claro que esto no siempre fue así, y a sus habitantes se les puede considerar nuevos ricos con toda la razón. Hasta la década de los 90, cuando la central eléctrica construida por Viesgo en el embalse de Alsa, dentro de su territorio, no empezó a pagar, no entraba un euro a ese Ayuntamiento. En realidad, se había inaugurado diez años antes, pero hubo que pleitear para que el dinero, como el agua de la presa, comenzase a fluir. Desde entonces no ha parado: la compañía eléctrica alemana E.ON, actual dueña de las instalaciones, abona cada año al pueblo medio millón de euros.

Tal chorro de oro no ha modificado, en esencia, su identidad. Sin duda ha habido muchos avances, como la mejora de las redes de agua y electricidad, el arreglo de caminos y calles o la reparación de la casa consistorial, pero no hay rastro de polideportivos, museos etnográficos ni centros de interpretación. Por eso parece exagerado que haya quien se refiera a la localidad como 'el Mónaco de Cantabria': no es que no haya casinos; es que no hay ni bar. El ritmo de vida lo siguen marcando la obligación diaria de atender al ganado y el paso de las estaciones, en especial el invierno, que a 900 metros resulta bastante crudo.

Los sucesivos alcaldes se las han ingeniado, no obstante, para que los vecinos alcancen a catar el maná. El actual, el regionalista Alberto Fernández, les dedica muchísimas atenciones: pone a su disposición un servicio de taxi gratuito para ir a hacer la compra al mercado que se celebra los lunes en la cercana población de Reinosa y también para trasladarse al consultorio médico; suministra leña suficiente -que se deposita a la puerta de casa- para pasar el invierno; para los niños, clases de inglés y una profesora de apoyo que les echa una mano con los estudios. Cada Navidad se agasaja a las familias con una completa cesta -la última contenía jamón (100 gr), chorizo ibérico (75 gr), espárragos, paté, una botella de cava y otra de tinto, turrón duro y blando, polvorones, hojaldres, trufas, galletas de chocolate, cóctel de frutos secos y pastillas de regaliz, además de una bonita caja decorada-. Los mayores de 65 reciben además un detallito: en esta ocasión a ellos les cayó un lote de cartera, guantes y frasco de colonia, después de haber sido obsequiados en años anteriores con prismáticos y hasta un reproductor de DVD; para ellas, bufanda y perfume, que pudieron almacenar junto al paraguas y la plancha que ya les habían tocado previamente.

'Paquito el chocolatero'

Da la impresión de que San Miguel de Aguayo es inmune a la crisis, pero, a pesar de ello, también ha efectuado recortes: hasta 2011 el Ayuntamiento se llevaba una semana de vacaciones a todos los vecinos que quisieran. En su día, los más animados pudieron visitar Galicia, Portugal, Port Aventura, Benidorm, Andalucía, Costa Brava, Andorra y Lourdes.

Tampoco se pasan con las fiestas, que celebran en junio y septiembre. No falta la inevitable paella gigantesca, removida a rastrillo, pero para el baile no contratan a U2: en las romerías siempre acaba sonando 'Paquito el chocolatero'.

Resulta curioso que, con sus ingresos, el pueblo se resienta tanto con los recortes impuestos desde arriba, pero el caso es que duelen, especialmente la reducción de la ayuda para la limpieza de carreteras de 10.000 a 1.100 euros, que se toma como una afrenta: hace años que el Gobierno regional, ahora del PP, se desentiende de despejar la nieve del acceso al municipio, de lo que se tienen que encargar dos tractores equipados con cuñas. Otros pueblos cercanos situados en cotas más bajas cobran más.

Los malos tiempos se dejan sentir más en la falta de trabajo: buena parte de los vecinos empleados en fábricas próximas se han quedado en el paro. En total, son más de una veintena de desocupados. El Ayuntamiento acostumbraba a ayudarlos con cinco contratos temporales que rotaban entre todos, pero éste tendrán que arreglárselas con tres menos, porque no aprobaron su plan de empleo.

Quienes se afanan con el ganado ven cómo su negocio es cada vez menos rentable. De los camiones que antes subían a recoger leche no queda ni rastro. Ahora las vacas son de carne porque, al menos, no exigen tanto trabajo. Con casi 80 años, Ángel González, soltero y sin hijos, ni se acuerda de cuándo empezó con ellas. En eso ha echado la vida. Con un cigarrillo en la boca se dirige a la cuadra donde guarda sus animales. «Hace veinte años se compraba un coche con 300.000 pesetas; ahora ni se sabe los jatos que hay que vender para comprar uno».

Envejecimiento de la población

El otro gran problema de San Miguel de Aguayo es el progresivo envejecimiento de su población. Más de un tercio tiene más de 65 años, y no hay generaciones de refresco. Pero tampoco parece que en el pueblo se mueran de ganas de importar nuevos vecinos. De entrada, se les exige una fidelidad de dos años para poder disfrutar de sus ventajas.

Bruno Palazuelos y su mujer, Naomi Patterson, se mudaron al pueblo en 2009, «una de las mejores decisiones de nuestra vida». Él procede de Santander y trabaja para la Sociedad Española de Ornitología; ella es inglesa y da clases de geografía e inglés en el colegio San José de Reinosa. Allí viven con sus hijos, Mateo y Nico, el uno de cuatro y el otro de año y medio. «Si alguna vez tienes dudas, solo hay que comparar la vida que llevas en la ciudad con la de aquí, con una casa y un pequeño terreno, sin peligro para los niños, con posibilidad de que estén en la calle, al aire libre, y aprendiendo muchas cosas».

Algo parecido movió a Roger Calabuig desde Madrid hasta San Miguel de Aguayo. Después de trabajar en cooperación internacional y quedarse en el paro, se atrevió a cambiar de aires. «Por un lado, es una decisión filosófica: la vuelta al mundo rural. Pero también es más barato», reconoce. Su idea es poner en marcha algún tipo de negocio, pero cinco meses después de llegar aún no lo tiene claro, y eso que el tiempo apremia: su novia, madrileña también, se ha quedado embarazada y ya está lista para hacer las maletas y venirse con él.

«¿Que venga gente nueva? Por una parte está bien», opina Fernando Conde, un vecino de 78 años que interrumpe su labor de picar leña para charlar un momento. Reconoce, eso sí, que no le gustan «de cualquier parte» a raíz de una mala experiencia que tuvo. Un día se le acercó una pareja, y le pidieron que les diera algo. «Cuando abrí el monedero, la chica me agarró el dinero y no lo soltaba. Yo le dije: "haz el favor, que te doy con la cachava". Al final, me devolvió diez euros. Y españoles no eran».

El futuro, en cualquier caso, pinta bien. Sobre todo después de que E.ON anunciase su proyecto de ampliación de la central, que podría convertirse en la segunda más potente de todo el país dentro de cinco años. Para ello, prevé invertir 600 millones de euros en las instalaciones. Solo con pensar en lo que caerá por licencias de obras da mareo, sin hablar de los mil puestos de trabajo que generarán las obras. En la Navidad de 2007, San Miguel de Aguayo fue el lugar elegido para rodar el anuncio de la lotería. Acertaron: no hay muchos pueblos donde toque el gordo dos veces.

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