Las primeras gotas cayeron a primera hora de la tarde. Luego llegó la lluvia y finalmente subió la marea. Negra como la noche, uniformada y entregada, el color de un sentimiento. El Bilbao Basket sintió su fuerza en la entrada al pabellón y también dentro del campo de batalla, en el cráter del volcánico Buesa Arena, donde jamás caminó sólo. Ni siquiera en la derrota. Unas 1.400 almas se entregaron a la causa y estuvieron ahí está el final. Camisetas, bufandas, gorros, banderas... La expresión de un compromiso incondicional, genuino, que sirve de gasolina en momentos de apagón. Los seguidores del Uxue empujaron a su equipo con gargantas y manos y dibujaron un hermoso mosaico en las gradas del recinto vitoriano. Una mancha de energía positiva de la que no pudo contagiarse el Bilbao Basket, superado en todo momento por el Gran Canaria.
Un ambiente maravilloso el que crearon las gotas de la marea negra, partículas de las que se compone la ilusión, superiores en número y decibelios a la animosa parroquia ‘pío, pío’, que sin embargo contaba con el inestimable apoyo de la hinchada baskonista. Cada "¡Que bote Miribilla” fue acompañado de una sonora pitada, que no desanimó a sus creadores. Les importaba exclusivamente su equipo y trataban de darle todo el calor durante el choque contra el conjunto insular. "¡Bilbaíno que no bote!", se escuchaba una y otra vez, cántico acuñado por los anfitriones y recogido por el destacamento amarillo. Los aludidos ni se inmutaron y continuaron animando a los suyos. "¡Bilbao Basket!".
La marea negra celebraba cada canasta como si fuera la última porque suponía un pasito más hacia las semifinales. La sola mención del nombre Uxue o de alguno de sus jugadores por la megafonía provocaba una monumental pitada del Buesa Arena. Ayer su color era el amarillo y se lo hizo saber a los hombres de Katsikaris. Tampoco les importó. Su batalla estaba en el parqué; la de la grada ya estaba ganada. Ni siquiera dos aficiones unidas lograron tapar la voz de la marea negra, que respondió a la llamada de su equipo. Lo acompañó desde el pitido inicial hasta el último segundo del minuto 40 sin importarle el marcador. Porque la fidelidad no se mide en resultados, sino en adhesiones incondicionales.












