El alias de esta guerrillera es muy apropiado, Guevara, pero su pasado es menos belicoso del que puede imaginarse. Pese a la naturalidad con la que abraza su fusil, antes de que comenzara la guerra que está desangrando Siria era la directora de una escuela de Secundaria. Entonces, los edificios de Alepo que aparecen destrozados al fondo tenían un aspecto más habitable. Esta mujer siria de origen palestino, casada con un comandante de la brigada de Al Wa’ad –que combate contra el régimen del presidente Bashar Al-Assad–, se ha convertido en uno de sus francotiradores más certeros. Dice que peleará hasta que caiga el Gobierno.
Es más, vestida de camuflaje, confiesa que éste es el periodo más feliz de su vida. Mucho mejor que reprender a muchachos traviesos o rellenar actas. Ella prefiere correr de acera a acera con la cabeza agachada esquivando los disparos del enemigo o dar órdenes a sus compañeros de batallón, todos hombres. El número demuertos desde que comenzó la guerra supera los 60.000, según la ONU. Un centenar de ellos, víctimas de las fuerzas leales a Assad, aparecieron en un canal de Alepo con un tiro en la cabeza. Algunos eran demasiado pequeños, niños. Como los de la escuela de Guevara. Como el que espera la mujer de Assad.

