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Corrupción, crisis y pedantería

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Corrupción, crisis y pedantería

El historiador Joseph Pérez propone el «espíritu crítico» de los humanistas de los siglos XV y XVI contra las «sofisterías y bachillerías» de los expertos en economía y política

03.02.13 - 00:54 -
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«Creo que no es imposible exponer los resultados de una investigación en una forma no digo amena, pero al menos clara y exenta de pedantería excesiva. Con esto ganaríamos todos: los científicos, que pondrían sus investigaciones al alcance del público, y el mismo público, que, además de sacar provecho de su lectura, gozaría de una prosa elegante. Este es a mi modo de ver, el gran acierto de los humanistas; esta es la lección que dan a los hombres de nuestro siglo».

Habla el hispanista francés Joseph Pérez, profesor emérito de Civilización española y latinoamericana en la Universidad de Burdeos-III. El párrafo está sacado de la introducción de su libro 'Humanismo en el Renacimiento español' (Editorial Gadir), una recopilación de ensayos breves que fueron escritos originalmente para impartir clases y conferencias, y a los que el autor ha añadido textos nuevos. Su propósito está expuesto desde el comienzo: «¿Quién sabe ahora lo que fue el Humanismo y lo que pretendían hacer los humanistas?».

La respuesta es sencilla. Recuerda Joseph Pérez que en los siglos XV y XVI los humanistas desarrollaron, a través del análisis depurado de los textos de la Antigüedad, el espíritu crítico con el que pusieron en cuestión los dogmas de los doctores escolásticos, un grupo que cinco siglos después encarnan los profesionales de la política y la economía. «Pretenden poseer la verdad -denuncia- e imponer su dictamen a una opinión pública que consideran incapaz de entender los problemas porque no se toman la molestia de darle las explicaciones necesarias en un lenguaje apropiado».

Antonio Machado también catalogó a esos expertos, que dan complicados rodeos para explicar lo que se entiende a simple vista. «Silenciar los nombres directos de las cosas, cuando las cosas tienen nombres directos. ¡Qué estupidez!», se lamentó el poeta. A diferencia de los expertos que peroran sobre la crisis, los mercados, la globalización o la corrupción, los humanistas, dice Joseph Pérez, enseñaro a hablar de forma sencilla sobre asuntos que preocupan a la gente para ayudarla a participar en la discusión. También, por qué no, del desempleo, los recortes sociales y la corrupción rampante, por poner varios ejemplos, pero expuestos de manera "bella y elegante».

En el Renacimiento, esa actitud chocó con los defensores de las ideas establecidas, quienes, igual que los directivos de los bancos centrales y de las organizaciones económicas internacionales, también se agazapaban detrás de una jerga vacía. El escritor y erasmista español Juan de Valdés (1509-1541), que fue denunciado por la Inquisición, llamó a esa forma de expresarse «sofisterías y bachillerías», palabras que Joseph Pérez traduce al lenguaje actual como 'pedantería y terrorismo intelectual'

La conclusión del historiador es que el Humanismo está de actualidad. Es un antídoto contra la petulancia y la afectación de la vida pública. El catedrático Jordi Llovet, en su libro 'Adiós a la universidad. El eclipse de las Humanidades', subraya precisamente ese aspecto. «Los humanistas -escribe- tenían la idea de que uno de los cometidos más importantes de la literatura de la Antigüedad consistía en la lección moral y política que se desprendía de ella». Para comprender esa lección, Llovet reproduce un fragmento de los 'Consejos de un aristócrata bizantino', escrito por Cecaumeno en el siglo XI, un texto que cobra todo su significado en la España de la corrupción rampante.

«Si eres un maestro o un filósofo -dice Cecaumeno-, esfuérzate en mostrar tus conocimientos mediante tu comportamiento y tus palabras, mediante tu actuación y tus obras, y, sobre todo, que no fueron en vano tus estudios y tu formación. Amóldate a las circunstancias y sé político. Por ‘político’ no me refiero a que seas un comediante o un bufón, sino un verdadero político, una persona capaz de enseñar a toda la ciudad (polis) a hacer buenas obras y a suprimir el mal de ella, para que no solo te tengan honra y afecto aquellos que te ven, sino también los que oyen hablar de tu virtud (virtus) y tu inteligencia».

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