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Panorámix y aquellos maravillosos druidas

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Panorámix y aquellos maravillosos druidas

El célebre personaje de cómic es una versión caricaturizada de los druidas reales tal y como los describieron los autores clásicos

01.02.13 - 00:14 -
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El druida Panoramix es uno de los personajes más populares de los tebeos de 'Astérix, el galo', obra del guionista René Goscinny y el dibujante Albert Uderzo. Lo que muchos de los lectores de estos cómics ignoran es que los anacronismos y el humor caricaturesco de estas historietas ocultan una interesante base histórica y documental, cuyo origen es el interés por los clásicos que Goscinny cultivaba desde sus tiempos de estudiante. Así, Panorámix es una versión humorística de la imagen del druida que reflejaron en sus escritos los autores griegos y romanos, lo que lo convierte en un buen punto de partida para acercarse al mundo de los druidas históricos, aquellos que vivieron en la Galia y las Islas Británicas a finales de la Edad del Hierro. Panorámix es un hombre mayor y sabio, entre filósofo y mago, cuya autoridad moral se impone sobre la jefatura de Abraracúrcix, el jefe guerrero de su tribu de galos irreductibles. Uderzo lo dibuja ataviado con una túnica blanca y una capa roja -prendas que en algunos textos se mencionan como propias para las grandes solemnidades-. Entre otras prácticas rituales, Panorámix recoge muérdago de los robles con una hoz de oro y una vez al año se reúne con sus colegas en el bosque sagrado de los carnutos. Todos estos elementos aparecen mencionados en mayor o menor detalle en los escritos de autores como Diodoro Sículo, Estrabón, Pomponio Mela, Plinio el Viejo, Cicerón, Tácito y, sobre todo, Julio César.

Panorámix y aquellos maravillosos druidas

Aunque ofrecen una imagen bastante coherente, estos autores difieren entre sí en algunos matices a la hora de definir la función de los druidas en su sociedad. Para unos son sacerdotes, para otros filósofos, para otros más, adivinos o jueces. Diodoro Sículo (siglo I a.C.) los describe como "filósofos y teólogos". Estrabón (hacia 64 aC-19 dC) los distingue de los bardos y los vates, y explica que "tienen encomendada la tarea de juzgar los litigios privados y públicos. Antiguamente tenían incluso poder para arbitrar las guerras y podían detener a los combatientes en el mismo momento en que se disponían a formar la línea de combate". De todos estos autores César (100-44 aC) fue el que probablemente debió tener algún contacto directo con los druidas durante sus campañas en las Galias. Historiadores actuales como el inglés Peter Berresford Ellis, muy 'druidófilo', subrayan que a la hora de leer los comentarios de Julio César sobre los galos hay que tener en cuenta que está describiendo al enemigo y su punto de vista no es nada objetivo. Este sesgo es extensible a los demás autores griegos y romanos que, al fin y al cabo, están hablando de pueblos 'bárbaros'. Es como si el único medio que tuviéramos para conocer a los indios norteamericanos fuera la correspondencia privada del general Custer.

"Velan por las cosas divinas"

En todo caso, César cuenta cosas muy interesantes sobre estos druidas. Léanse con reserva prudente: "En toda la Galia hay dos clases de hombres que cuentan y son reverenciados, ya que el pueblo está apenas al nivel de los esclavos (…). De estas dos clases una es la de los druidas, la otra, la de los caballeros. Los primeros velan por las cosas divinas, se ocupan de los sacrificios públicos o privados y regulan todas las cosas de la religión. (…) Dirimen todos los pleitos, públicos y privados y si se ha cometido un crimen (…) son ellos los que deciden, evalúan los daños y las penas". El estadista romano añade que ser censurado por un druida o negarse a admitir su dictamen suponía una especie de ostracismo total para el afectado, que era repudiado por los suyos. A continuación, añade que los druidas tenían un jefe: "Entre todos los druidas uno solo es superior a los demás y ejerce la autoridad suprema. A su muerte, si hay alguno que sobresalga en dignidad, le sucede. Si hay varios iguales se disputan la primacía por el sufragio de los druidas y algunas veces por las armas. En una cierta época del año se reúnen en un lugar consagrado del país de los carnutos", lugar que algunos historiadores localizan en el que se levanta la actual ciudad francesa de Chartres. Los druidas están exentos de pagar impuestos y no combaten en la guerra. Profesan la creencia en la inmortalidad del alma y la reencarnación, lo que llama la atención de César, que ve en ello la explicación de la valentía de los galos: "Intentan persuadir a cada uno de que las almas no perecen, sino que pasan después de la muerte de un cuerpo a otro: esto les parece especialmente apropiado para excitar el valor en la medida en que elimina el miedo a la muerte".

Panorámix y aquellos maravillosos druidas

En otro pasaje el general y político romano describe uno de los principales temas de discusión entre los historiadores acerca del druidismo histórico: la práctica de sacrificios humanos. La ceremonia más cruenta consistía en erigir una gran figura humana de mimbre en cuyo interior se encerraba a las víctimas y a la que se prendía fuego. César detalla que los sacrificados solían ser criminales. En todo caso, los autores clásicos usaban estos sacrificios para describir a los druidas, y por extensión a los pueblos de los que formaban parte, como incivilizados. Así, Lucano (39-65 dC) escribió en su 'Farsalia': "Vosotros, oh druidas, lejos de las armas, habéis reinstaurado vuestros ritos bárbaros y la costumbre siniestra de los sacrificios". Por su parte, Suetonio (70- h.- 120 dC) afirma que estos rituales fueron uno de los motivos que llevaron al emperador Tiberio a proscribir el druidismo. Hasta la fecha, y salvo algún hallazgo en discusión, no hay evidencia arqueológica que confirme la realidad de estas prácticas.

A estos textos clásicos hay que añadir las fuentes tardías irlandesas y galesas, posteriores a la cristianización de estos países, que recogen una rica mitología y reflejan un druidismo tardío que coexistió durante un tiempo con la nueva religión, al comienzo de la Edad Media. Por muy cuestionables que sean estas fuentes son las únicas de las que disponen los historiadores para intentar describir la religión de los druidas. Pero los estudiosos académicos no están solos en sus investigaciones. También es de estas fuentes y de su interpretación en donde se inspiran los neodruidas.

Druidas del siglo XXI

Los druidas actuales están divididos en varios submovimientos y órdenes, que van desde los grupos relacionados con la Wicca hasta los reconstruccionistas, que son aquellos que procuran que todas sus prácticas reproduzcan de forma lo más fiel posible el druidismo original. En todo caso, todos tienen en común la veneración por la naturaleza y los antepasados, aunque luego difieren en detalles doctrinales y teológicos. Dejando a un lado sus orígenes idealizados, todos estos movimientos sí pueden presumir que pertenecen a un movimiento que tiene cierta prestancia histórica, pues sus antecedentes directos se remontan al siglo XVIII. Se puede señalar como 'fundador' al anticuario y vicario William Stukeley (1687-1718), primer secretario de la Sociedad de Anticuarios de Londres y estudioso de Stonehenge y Avebury, monumentos megalíticos que relacionó erróneamente con los druidas. Su entusiasmo le llevó a autodenominarse druida, firmar con el pseudónimo de "Chyndonax, druida del monte Haemus", y a defender en sus sermones una pintoresca mixtura de druidismo y cristianismo, que él consideraba religiones hermanas. La arqueología ha demostrado que los monumentos como Stonehenge son miles de años más antiguos que los druidas históricos y que no hay evidencia de que estos los reutilizaran, pero en el haber de Stukeley se imponen sus exhaustivas descripciones de los megalitos y la reivindicación de estos monumentos en Inglaterra, que hasta entonces eran utilizados como la cantera del pueblo correspondiente. Durante el siglo XVIII aparecieron sociedades como la galesa Druidic Society (1772), la Society of The Druids of Cardigan (1779) y la Ancient Order of Druids (1781). Estas agrupaciones tuvieron en sus inicios un carácter cultural y filantrópico más que espiritual, faceta que empezó a ganar peso en el siglo XIX. Fue a principios del XX cuando algunos de estos grupos empezaron a celebrar ceremonias públicas en monumentos como Stonehenge o Avebury, tradición que se consolidó y se mantiene hoy. A esta época (en concreto agosto de 1908) pertenece la célebre foto en la que aparece un joven Winston Churchill.

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