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Tocqueville en territorio indio

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Tocqueville en territorio indio

El autor de ‘La democracia en América’ escribió también un breve y ameno libro sobre el viaje que hizo por Michigan en el verano de 1831, a caballo y fusil en ristre

26.01.13 - 17:15 -
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“Era un hombre de unos treinta años, alto y admirablemente proporcionado, como son casi todos los de su raza. Sus cabellos negros y relucientes caían sobre sus hombros, excepto dos trenzas que llevaba atadas sobre su cabeza. Tenía el rostro embadurnado de rojo y de negro. Estaba cubierto con una blusa azul muy corta. Llevaba un ‘mitta’ rojo -una suerte de pantalón que llega hasta la parte superior del muslo- y calzaba mocasines. De su flanco colgaba un cuchillo. Con la mano derecha sostenía una escopeta y con la izquierda, dos pájaros que acababa de matar”.

Alexis Henri Charles de Clérel, vizconde de Tocqueville (1805-1859), jurista, historiador y político francés, se había dado de bruces con un indio ‘chippewai’; con un ‘saltador’, como los llamaban en la región norteamericana de los Grandes Lagos. “En sus ojos perfectamente negros -continúa- brillaba ese fuego salvaje que aún anima la mirada del mestizo, y que no se pierde sino a la segunda o tercera generación de sangre blanca”.

La descripción procede de ‘Quince días en el desierto americano’ (El Zorzal, 2007), un librito de cien páginas que describe parte del viaje que Tocqueville emprendió en 1831 por Estados Unidos en compañía del escritor Gustave de Beaumont. El gobierno francés le había encargado estudiar el sistema penitenciario local, tarea que le llevó nueve meses, pero dedicó dos semanas de julio a recorrer las tierras de los pioneros. El relato de aquellos días, un retrato de Estados Unidos que no ha perdido vigencia, se publicó en 1840, entre el primer y el segundo tomos del clásico y profético ensayo ‘La Democracia en América’. Recoge la ruta de Buffalo a Detroit; desde allí, a caballo, hasta Pontiac y finalmente hasta Saginaw Bay, último asentamiento del hombre blanco en la península de Michigan. Fue durante esa última etapa cuando Tocqueville y Beaumont se encontraron con el ‘chippewai’.

“Su nariz se arqueaba a la altura del tabique y era ligeramente chata en la punta”, escribe Tocqueville. El indio había estado siguiendo a los forasteros a pie sin que ellos lo notaran. Cuando lo descubrieron, los jinetes detuvieron sus monturas y llevaron las manos a los fusiles. Los tres hombres permanecieron inmóviles y en silencio durante medio minuto. El ‘chippewai’ dejó que lo observaran de arriba a abajo y cuando se cercioró de que los extranjeros se habían tranquilizado, rompió el hielo con una sonrisa.

“Un indio serio y uno sonriente son dos individuos absolutamente distintos”, explica Tocqueville al recordar el incidente. “En la inmovilidad del primero domina una majestad salvaje que imprime un sentimiento involuntario de terror. Si ese hombre comienza a sonreír, todo su rostro adquiere una expresión de ingenuidad y benevolencia que le da un encanto real”. El ‘chippewai’ aprovechó la ocasión para cerrar un negocio con los europeos: les vendió su caza por una moneda y, con una agilidad admirable e inquietante, los siguió cuando ellos reanudaron la marcha.

Las aventuras no acabaron allí. Más adelante, los viajeros descubrieron que alguien les estaba apuntando con un arma desde la espesura. Se trataba de un cazador que, hechas las presentaciones, estaba encantado de hablar con ellos. El hombre les informó de que el indio que les seguía posiblemente regresaba de Canadá, donde habría recibido “el obsequio anual” de los ingleses. “Su familia no debe de estar muy lejos de aquí”, comentó. Luego hizo una seña al ‘chippewai’, que había estado observándoles, y hablaron en su idioma. “Valen más que nosotros, a menos que los hayamos embrutecido con nuestros licores. ¡Pobres criaturas!”, se lamentó el cazador.

Tocqueville había tenido ocasión de comprobar los estragos de la civilización en las tribus. En Buffalo contempló con enorme tristeza a una multitud de indios que se habían reunido para que les pagaran las tierras que habían entregado al Gobierno. Nada había en su aspecto que recordara el orgullo de la Confederación de los Iroqueses. La decepción, teñida de resignación ante el cambio inevitable que se avecinaba, queda reflejada en ‘Quince días en el desierto’: «Un pueblo antiguo. el primero y legítimo dueño del continente americano, se deshace día a día como la nieve bajo los rayos del sol (...). Año tras año, los desiertos se convierten en pueblos; los pueblos, en ciudades».

El último tramo hasta Saginaw Bay, donde viven treinta personas, entre estadounidenses, canadienses, indios y mestizos, lo recorrieron los viajeros franceses con dos indios de confianza, recomendados por un pionero que protegía su casa con un oso atado con una cadena. También les guió un mestizo ‘bois-brûlé’ que hablaba francés con acento normando. Uno de los indios iba pintado y esgrimía una carabina y un ‘tomahawk’. La escena recuerda ‘El último mohicano’, de James Fenimore Cooper, autor que Tocqueville cita expresamente.

En el libro de este último, los habitantes de la frontera van surgiendo como en una película de John Ford. Uno de los más singulares es el líder de la pequeña comunidad de Pontiac, una persona un tanto desconfiada que, antes de que los visitantes continúen su ruta hacia Saginaw, intenta disuadirlos de su misteriosa aventura. “¿Dos hombres razonables, dos extranjeros educados quieren ir a Saginaw Bay? No puedo creerlo”, asegura, después de haber desplegado un mapa de Michigan.

El hombre detalla la vida de los pioneros en aquel lugar virgen, un país en el que las tierras cuestan menos que el salario de un aparcero y el maíz es el maná frente la adversidad; una sucesión de granjas aisladas entre las cuales hacen su aparición, al llegar el verano, sacerdotes metodistas que reúnen a los fieles al aire libre, alrededor de un altar improvisado con troncos, en oficios interminables. “En el desierto todos parecen sedientos de religión”, dice el anfitrión de Pontiac. Tocqueville apostilla: “El catolicismo -con su admirable fijeza, sus dogmas absolutos, sus terribles anatemas y sus enormes recompensas-, la anarquía religiosa de la Reforma y el antiguo paganismo tienen representantes aquí”.

El observador extranjero se da cuenta de que los colonos miden el éxito en términos de riqueza y “la victoria únicamente por sus resultados”. Y en sus cabañas no faltan una carabina, trofeos de caza, una Biblia desgastada, alguna tragedia de Shakespeare y un mapa de Estados Unidos. Cuando pregunta por qué no hay europeos en aquellos parajes recibe una respuesta tajante. “Solo un norteamericano puede tener el coraje de someterse a semejantes miserias y saber adquirir el bienestar a semejante precio”, le dicen en Pontiac.

“El inmigrante europeo -continúan- se detiene en las grandes ciudades que bordean el mar o en los distritos vecinos. Allí, se convierte en artesano, mozo de labranza o criado. Lleva una vida más apacible que en Europa y, satisfecho de dejar a sus hijos la misma herencia, se siente feliz. La tierra, en cambio, pertenece al norteamericano; pues le fue dado apropiarse de las soledades del Nuevo Mundo, someterlas al hombre y así construir un inmenso porvenir”.

Camino de Saginaw, cruzando un río en una canoa india, Tocqueville escucha a su guía ‘bois-brûlé’ tararear una canción: ‘Entre París y Saint-Denis/había una muchacha...’

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