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Carta al Rey perdido

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Carta al Rey perdido

Arbatán, el cuarto 'mago' que se perdió camino de Belén, es el que nos trae esos regalos que nadie espera y olvida algunos que pedimos

05.01.13 - 00:07 -
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Dicen que se llamaba Arbatán y que formaba parte de un cuarteto que ahora conocemos como trío. Melchor, Gaspar y Baltasar. Nada dicen en el antiguo Testamento de ello. De hecho, no se concreta número, ni origen, ni lugar de partida. En el Evangelio de San Mateo se les menciona por primera vez, pero únicamente como "magos que llegaron del Oriente". Lo de que eran reyes es aportación posterior. Hasta el siglo III, sólo aparecían citados como "magos" y sus tocados no eran coronas sino gorros frigios, propios de los astrólogos del dios persa Mitra. La existencia de Arbatán se la debemos a Henry Van Dyke. Escritor estadounidense que a finales del XIX escribió un cuento navideño en el que hablaba de un cuarto astrónomo. El que debía añadir al oro, el incienso y la mirra un cuarto regalo. Un pack con tres joyas. Un zafiro, un rubí y una perla. Pero el hombre, camino de Belén, se perdió. Lo que explica muchas cosas. Ya sé que se trata de creer o no creer. Pero, para mí, que Arbatán es la causa de que a veces los reyes no traigan lo que escribiste y te dejen sobre el zapato lo que nunca pediste.

Que levante el dedo quien no ha puesto los ojos como platos al entrar en esa estancia que eligen sus majestades para depositar los regalos, por lo general el salón, al descubrir uno que ni estaba en la carta ni se le esperaba. Por ejemplo, ese rompecabezas tan educativo que caía, sí o sí, en casa propia y ajena. Por no hablar de los pañuelos. Antes del imperio del 'kleenex', el blanco de tela era el rey del bolsillo. Y tú abrías aquello y te decías: "Mira, otro año que se acuerdan de mis mocos". A su lado, encontrabas unos compases y unos libros de Clásicos Coleccionables de Salvat. Pongamos, por ejemplo, 'Robinson Crusoe' y 'Cinco semanas en Globo'. Hablo de aquella colección de tapa dura en la que se combinaba en formato tebeo con el de novela. Un regalo, sea dicho de paso, que a un servidor le encantaba. Como la primera vez que le trajeron, sin pedirlo, un estuche de pinturas Alpino, rotuladores y gomas de borrar. Pero, la insistencia de dejarlos todos los años, mosqueaba. Por no hablar de los compases y la caja de Rotring. No entiendo cómo no hemos salido todos los de mi generación delineantes. Era como si lo normal fuera ponerse a hacer planos en los ratos tontos. Aunque el 'momento Arbatán' era, sin duda, el que se daba en casa de la tía solterona o de la abuela. Abrías el regalo y allí estaban. Los calzoncillos de todos los años. Blancos, por supuesto, y marca Ocean. Pero hablo de los de antes. Clásicos y con su apertura lateral en la parte frontal. Nunca entendí el empeño por dejarlos allí, precisamente allí. Me costaba imaginar las causas que animaban a una señora que vivía sola a escribir a los Reyes pidiendo calzoncillos para los niños y braguitas para las niñas. Y conste que, a veces, no se trataba de un regalo solitario. Podía acompañarle un jersey de punto o un juguete deseado. Pero los calzoncillos no fallaban. Y hablando de ropa. Arbatán siempre sabía qué conjunto, pantalón o complemento necesitábamos. Como astrónomo un desastre, pero si hablamos de moda, era un crack. Y como decorador, también.

"Unas alfombras, ¡me trajeron unas alfombras!". Me lo contaba una compañera de trabajo hace unos días, mientras escribía con buena letra y mejor pulso su carta de este año. Se ve que hacían falta en su habitación y Arbatán lo sabía. Además viniendo de Oriente se le supone experto en la materia. Tampoco era de extrañar el detalle, puesto que siempre caía algún regalo doméstico, tipo olla, plancha o secador de pelo en el zapato materno. Y ella, como tú con los calzoncillos, ponía cara de ilusión forzada. Como esas veces en las que te dejaban un sobre con dinero. "Para guardar en la hucha", te recordaban tus padres. Y tú sabías que eso era cosa del cuarto rey. Al que pedías un Scalextric y te traía otra cosa o te sorprendía con una guitarra cuando ni tenías oído ni arte. O suspirabas por una bicicleta que en vez de acabar en tu casa, lo hacía en la del vecino del 4ºB. A veces escribías con tu mejor caligrafía, ensayada en los Cuadernos Rubio: "Quiero el madelman canadiense". Y te encontrabas con el explorador y una nota de Melchor que decía: "No lo hemos encontrado, pero éste es mejor".

Cuentan que Arbatán iba por su cuenta y pudo despistarle que la Luna estuvo en conjunción con la estrella, la nova o lo que fuera aquello, y tapaba su luz. Los otros tres Reyes habrían tardado cinco semanas en llegar a Jerusalén. Él nunca llegó. Añade el cuento que, a lo largo de los años, repartió por el mundo los regalos que nunca pudo entregar. De ahí mi teoría. Arbatán es el Rey que trae esos regalos que nadie espera y olvida algunos que pedimos. En el fondo, es el Rey más cumplidor. Se pasa el resto de su vida intentando arreglar el asunto. Si no lo logra, no es culpa de él. Sino de que las estrellas no brillan igual para todos. Por eso, aunque siempre seré de Melchor, cada día entiendo, respeto y quiero más al monarca perdido. Al Rey Arbatán. Un dato: no hace falta escribirle carta. Él va a su aire.

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Ilustración: Josemi Benítez
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