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DOS MUJERES NOS CUENTAN SU INFIERNO

El peor sida

Como lo tengas en Nepal y seas mujer te echan de casa, si no te acusan de asesinar a tu marido

01.01.13 - 09:51 -
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Ram Lalita solo supo que había contraído el sida cuando la enfermedad mató a su marido, hace cinco años. «De repente se puso muy enfermo, así que lo llevamos a un curandero que le recetó infusiones y hierbas. Pero no funcionó. Al final, tuvimos que llevarlo al hospital». Fue un costoso viaje de 50 kilómetros por las tortuosas carreteras del sureste de Nepal. Y todo en vano.
En el hospital de Mahottari le hicieron las pruebas y floreció una oscura realidad: el marido, que había emigrado temporalmente al estado indio de Assam para trabajar como electricista tras el nacimiento del primer hijo de la pareja, mantuvo relaciones sexuales con prostitutas infectadas por el VIH. «Solía regresar a casa de vez en cuando, unas tres veces al año», recuerda Lalita. Y en uno de los viajes, la infectó.
Ahora, ella también padece algunos síntomas de la enfermedad, que combate con retrovirales que llegan con cuentagotas. «Después de la muerte de mi marido me quedé sin ingresos, así que tuvimos que vender la poca tierra que teníamos para pagar el tratamiento». Afortunadamente, las pastillas que la mantienen con vida son gratuitas, aunque conseguirlas es una odisea.
La exclusión social y el estigma que sufre no tienen cura. «Traté de mantener la noticia en secreto, pero pronto se supo en el pueblo de qué había muerto mi marido y qué me pasaba a mí». Entonces comenzó una tortura peor que la enfermedad. «Mi propia familia me echó de casa, y a los niños del poblado sus madres les prohibieron acercarse a mis dos hijos, que no están infectados». La mayoría de los vecinos desconoce qué es el sida y cómo se contrae, pero Lalita se ve forzada a dejar sus utensilios lejos del resto. Lava su ropa aparte y no se le permite tocar a nadie que no sea de su familia.
Su caso es uno de miles. Los inmigrantes del subcontinente indio, sobre todo de países como Nepal, Bangladés o Sri Lanka, se han convertido en el colectivo con mayor riesgo de contraer el VIH en Asia. «Tratamos de que las mujeres se nieguen a mantener relaciones sexuales con los hombres que regresan de sus lugares de trabajo hasta que no se sometan a las pruebas, porque consideramos que la situación es preocupante», asegura Biyay Kumar Chaudhary, presidente de la ONG local CDP en Mahottari.
Rociada con ácido
Y hay razón para la inquietud. CDP, que cuenta con el patrocinio de Action Aid y de su "hermana" española, Ayuda en Acción, ha llevado a cabo 600 pruebas en seis distritos diferentes, y casi el 5% (28) han dado positivo. «Y eso que la mayoría de quienes han contratado los servicios de prostitutas suelen negarse a realizar los tests. En uno de los casos más extremos el marido incluso roció con ácido a la mujer por presionarle para que se hiciera la prueba. Por fortuna, ella está "limpia" y ha decidido divorciarse. «El problema es que muy pocas mujeres se atreven a alzar la voz». Por eso, muchos casos no saldrán a la luz hasta que sea demasiado tarde.
Bimila Panday representa la otra cara de la misma historia. Es prostituta y portadora del virus. Comenzó a ejercer la profesión «por desesperación», después de que su marido, que también había emigrado a India para trabajar, dejase de dar señales de vida. «En una ocasión estuvo ocho años desaparecido. Yo no tenía recursos, así que decidí aceptar las propuestas que me lanzaron hombres que llevaban tiempo cortejándome». Panday conocía el uso del preservativo, pero muchos de sus clientes, algunos también inmigrantes, se negaban a ponérselo. «En los pueblos pequeños muy pocos saben qué es el sida. Negarse supone perder el negocio...».
Panday no sabe si contrajo el VIH por su marido, que murió de sida, o si fue al revés. La familia política no tiene dudas, y la acusó de haber matado a su esposo. Su familia y el pueblo también la señalaron. Se vio obligada a buscar ayuda. CDP intercedió por ella frente a sus progenitores y logró que no la desterraran. Ahora, Panday trabaja en la ONG local, ha dejado la prostitución y quiere rescatar a otras mujeres.
Nafisa Binte, directora de la sección de Sida de Unicef en Nepal, le da la razón. «Cada vez hay menos interés por el sida en el mundo. Se ha convertido en una enfermedad crónica en los países desarrollados, y los donantes de fondos prefieren invertir en programas de menor costo y con visibilidad mediática. Así que los recursos han caído en picado».
El problema en el subcontinente indio reside en que, como apunta Binte, «cualquiera puede ser inmigrante en algún momento». Las fronteras son porosas -indios y nepaleses, por ejemplo, pueden moverse libremente por ambos países sin necesidad de visado- y las características de estos movimientos migratorios difieren de los de Occidente. «La mayoría de los viajes son temporales, y están ligados muchas veces a situaciones puntuales. La gente va donde cree que puede hacer algo de dinero, trabaja durante un tiempo y regresa».
Ram Bahadur Gotami es buen ejemplo de ello. Acaba de llegar al Hospital Western Regional de Pokhara, y todavía no sabe qué le sucede. Tiene dolores de cabeza y ha perdido mucho peso. El médico Basand Tamprakar pidió hace cuatro días una analítica completa y es el encargado de darle ahora la mala noticia: está enfermo de sida. Sin embargo, Gotami ni se inmuta. ¿Y eso qué es?
«Ha llegado al hospital en una fase clínica 3, y no va a ser fácil salvarle la vida», comenta el doctor mientras escruta un escáner del cerebro de Gotami. «Hace dos años estuvo trabajando en India y seguramente se infectó allí». Lo que ahora apremia es que su mujer y sus dos hijos se hagan las pruebas del VIH. «¿Por qué?», se pregunta Gotami con ansiedad creciente. Una enfermera está preparada para informarle y ofrecerle ayuda psicológica.
Y Gotami ha tenido suerte. Ha acabado en uno de los mejores centros sanitarios fuera de Katmandú, la capital. «Comenzamos a tratar pacientes con sida en 2007, y somos el único hospital que provee todos los servicios en Pokhara -una de las principales ciudades del país-. De 1.162 pacientes aceptados, más de 500 reciben tratamiento con antirretrovirales. 170 han muerto», expone el superintendente del centro, Budhi Bahadur Thapa.
Sin medicamentos
Las carencias saltan a la vista en la habitación que ocupa Gotami junto a otras dos enfermas de sida. «Hay problemas con el suministro de algunos medicamentos para combatir la meningitis y la toxoplasmosis. Muchas veces no llegan a tiempo. Tenemos poco presupuesto para cirugía y nos faltan camas. Aquí solo podemos tener los casos más graves», reconoce el superintendente. El drama, además, continúa fuera del hospital. «El mayor problema de los pacientes de sida en Nepal es la nutrición. Necesitan una dieta muy rica en proteínas, pero esas escasean por aquí. Antes las ONG se hacían cargo, pero la crisis económica dificulta su labor».
Lo saben bien en Community Support Group (CSG), una ONG fundada en 2001 por exdrogadictos que ha tenido que cerrar el hogar de acogida que mantenía en Pokhara. Comenzaron trabajando exclusivamente con drogadictos, pero vieron que el colectivo más afectado por el sida era el de inmigrantes y decidieron introducirlos en su programa. Ahora solo pueden atender cuatro o cinco casos que residen en el edificio en el que la organización tiene la oficina. Allí comen y reciben cuidados durante las dos semanas posteriores al inicio del tratamiento con retrovirales. Pero la asistencia pende de un hilo. Los fondos que llegan a través de organizaciones extranjeras disminuyen y es posible que, como muchos otros centros, tengan que echar la persiana.
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Bimila Panday es prostituta y seropositiva. Mantuvo relaciones sexuales sin preservativo. Ahora trabaja en una ONG local./ Zigor Aldama
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