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Los mejores bocados de la Historia

glotones, sibaritas y tiquismiquis

Los mejores bocados de la Historia

El empacho de criadillas que mató a Fernando el Católico | O el polvo machacado de mosca española que tomaba como afrodisiaco el marqués de Sade | El nutricionista Miguel Ángel Almodóvar nos sienta a la mesa de reyes, artistas y famosos detectives

01.01.13 - 09:28 -
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Los mejores bocados de la Historia
La gula de Enrique VIII. Encabeza la lista de los más glotones, junto a Carlos V y los emperadores romanos. En sus festines no faltaba el corzo a la inglesa, perdices, ocas.., platos de los que salían volando pajarillos vivos para sorprender a sus comensales. La gota y su enorme peso le martirizaban y bajaba del dormitorio al comedor en ascensor.
La desconocida avidez de Groucho. Ni sus más acérrimos admiradores dirían que Julius Henry ‘Groucho’ Marx’ fue un ferviente devoto de los guisos y que incluso inventó alguna receta. Se zampó de una tacada en Hollywood un gigante tombet –guiso de verduras– castellonense./ Ilustraciones: José Antonio Alcacer
Glotones, sibaritas, tiquismiquis, inapetentes o frugales. Así eran algunos de los personajes más célebres de la Historia. Y otros, adictos a los alimentos a los que adjudicaban propiedades afrodisiacas, como Nefertiti con sus berenjenas, Catalina de Médici con las alcachofas o Fernando el Católico con las criadillas. Que de lo que se come se cría, debió pensar ya el rey de Aragón, que murió de una indigestión de testículos de toro pasados los sesenta años, una edad avanzada para la época, pero que, casado con la joven y aguerrida Germana de Foix, sobrina del rey Luis XII de Francia, tenía la obligación de dejar bien alto el pabellón español. «Le iba la vida en ello. Los médicos de la época estaban convencidos de que las criadillas le proporcionarían una potencia sexual suficiente como para dejar una semilla en la reina, que era de lo que se trataba, de tener descendencia» y desfacer el entuerto de la división de España que le dejó su anterior esposa, Isabel de Castilla. De ello está seguro el sociólogo y nutricionista Miguel Ángel Almodóvar, que lleva años "sentándose" a la mesa de guerreros, reyes, papas, artistas, famosos detectives literarios o líderes religiosos como Jesucristo y Mahoma. De la investigación culinaria de más de diez años de trabajo ha surgido el libro "Bocados con historia" (Edaf), cincuenta recetas que ilustran lo que tragaban otros tantos personajes, salpimentadas de anécdotas y coronadas con las bondades que aportan al cuerpo los productos con los que se elaboran.
- ¿Pero Fernando II de Aragón no murió por abusar de ese polvo machacado de la mosca española, la cantárida?
- No, no. Con la cantárida se elaboraba un polvo que es la cantaridina, que usaba el marqués de Sade. Eso sí que funciona como afrodisiaco. Es como una viagra, hasta el punto de que puede provocar gravísimos problemas, una erección de esas que hay que bajarla a golpes de mazo y que incluso puede matar. Sabemos que Sade mató a varias de sus amantes, sin pretenderlo supongo, con ese polvo que produce gran excitación y que hay que manejar de una manera muy sabia y prudente.
- Entonces, espárragos, guisantes, berenjenas... no funcionan para esos fines.
- En el sexo, como en todo, la fe mueve montañas y existe el efecto placebo. Más que por sus propiedades, a algunos alimentos se los considera erotógenos por su forma, que recuerda al sexo masculino o femenino. Y la fama de las ostras, el caviar y el champán es la fama de lo caro. Lo caro siempre pone, te anima. Pero lo importante es que el hígado funcione bien. Si lo hace, también funcionará el sexo y la inteligencia. Las alcachofas, por ejemplo, son ideales.
- Vamos, que todo son mitos.
- Incluso lo del polvo de cuerno de rinoceronte, que está hecho de la misma composición que las uñas de los humanos. Si alguien quiere excitarse sexualmente, que se coma las uñas, antes de tragarse un cuerno de ese pobre animalito.
Los mejores bocados de la Historia

La sopa de mejillones del mosquetero. Porhos. De voraz apetito, su plato preferido es la sopa de mejillones, aunque cuando consigue los favores de la viuda de Coquenard y su cofre millonario se dedica a los placeres que le negaban las posadas que transitó durante su vida de mosquetero.
Catalina deMédici, pasión afrodisiaca. Esposa de rey (Enrique II de Francia) y madre de otros tres monarcas, sentía debilidad por las alcachofas, a las que confería poder afrodisiaco. Casi muere de un atracón. También le gustaban las crestas de gallo, de las que se obtiene un relleno.
Canelones a laRossini. Si las recetas suelen ser anónimas, el autor de ‘El barbero de Sevilla’ firmó las suyas. Amó tanto la música como la cocina, a la que se dedicó cuando, en plena juventud, dejó de componer. Lloró por caérsele al río un pavo trufado
Ostras del Cantábrico
Lo cuenta Homero en "La Ilíada". Como los soldados de a pie que participaban en las guerras épicas de sus relatos, que tuvieron lugar ocho siglos antes de Cristo, él comía puchas o gachas, muy similares a las que pueden degustarse en Castilla-La Mancha. Porque la gastronomía, que ha condicionado la forma de ser de los pueblos, en esencia ha variado poco, si acaso se ha adornado con esas deconstrucciones de la nueva cocina, recetas "tecnoemocionales", como las llaman algunos expertos, que no varían su valor nutritivo.
El arte culinario viene determinado en la Historia por los recursos naturales de las regiones, su orografía y los prejuicios religiosos -por los que se introdujo en Europa el bacalao-, algo que nunca preocupó al transgresor Salvador Dalí, devoto de crustáceos, o al opíparo Rossini, sibarita donde los haya, que al ritmo de su ópera bufa "El barbero de Sevilla" proclamaba su obsesión por las trufas.
Cosa de otro "yantar" son los fastuosos banquetes y festines de faraones, reyes, reyezuelos y nobles mil que hacían de la gula un arte, aunque les fuera en ello la vida. Es el caso de Carlos V, capaz de comer ostras del Cantábrico en el monasterio de Yuste, aunque mulos y muleros cayeran como moscas en neveros y caminos tortuosos. O el de Enrique VIII, «inmóvil por su obesidad, pero muy ágil para matar esposas», sentencia con sorna Almodóvar.
Curiosas son las preferencias de Catalina de Médici, esposa del rey francés Enrique II. Sabía cuidarse con ricas alcachofas "afrodisiacas" y crestas de gallo. Tal vez la madre de tres monarcas intuyó algo seductor en esas protuberancias, de las que hoy se obtiene el preciado ácido hialurónico con el que burlar el paso del tiempo en los rostros más coquetos.
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Isabel II, glotona en la comida y en el amor. Tragaldabas y golosa, lo mismo se desbocaba en la mesa que en el tálamo, donde yacía con sus muchos amantes. En una carta, la reina de España confiesa que ha llegado a ingerir de una sentada cinco platos de arroz azafranado. Así estaba ella de oronda
La tortilla de patatas de Zumalacárregui. Al gran monumento de la gastronomía española se le atribuyen autores varios y otras tantas leyendas, como que fue el hambre del general carlista quien llevó a la dueña de un caserío de Navarra a hacerle una tortilla con lo que tenía, huevos y patatas
Sardinas para el comisario Montalbano. El personaje y alter ego del novelista Andrea Camilleri -que le puso el apellido en homenaje a Vázquez Montalbán- es un devoto de la gastronomía tradicional de Sicilia. Montalbano se pirra por las sardinas a la siciliana, los salmonetes y las aceitunas.
Espaguetis por los aires
A Jesucristo no le quedaba más remedio que comer unas truchas aderezadas de un rica salsa y pescadas en el dulce mar de Galilea. María Magdalena era pescatera, por lo que las preparaba con mimo para su maestro. Panzadas más exquisitas engullía Giacomo Casanova, el conquistador de corazones veneciano, que después de pasar por España constata por escrito que lo mejor de nuestro país son las criadillas rebozadas, un manjar que había saboreado en la ciudad de Madrid durante el reinado de Carlos III.
No todas las comidas son pantagruélicas. Platos más frugales han deleitado el paladar de actrices como Marilyn Monroe. Su nombre artístico puede prestársele a la sopa de tomate que elaboraba para ella por Andy Warhol, comensal de sus fiestas y sabedor de la escasa destreza de la artista en los fogones. Tan poca, que llegó a escurrir con un secador de pelo los espaguetis que preparaba para sus invitados. La escena es fácil de imaginar: las tiras de pasta volaron por los aires ante la mirada atónita de su esposo, Arthur Miller. Otra sopa célebre fue la de cebolla, que introdujo en España María Luisa Gabriela de Saboya; o los fideos que con tanto cariño preparaba para Sofía Loren su "nonna" (abuela). La actriz italiana cree firmemente que cocinar «es una acto de amor, un regalo, una forma de compartir con otros los pequeños secretos que hierven a fuego lento en los fogones», por eso no entiende las exiguas cantidades que ingieren ahora las actrices, más propias «de campos de exterminio».
Frugales eran también las cenas de Lope de Vega (unos simples espárragos con huevos escalfados) y algo menos las comidas de Sigmund Freud (sopa y carne de vaca con verduras). Comidas por doquier de la geografía universal que ha plasmado Almodóvar, que el próximo día 11 presenta en el restaurante José Luis de Madrid otra obra, "Mood Food" (Oberón), algo así como una vuelta de tuerca a la comida con platos cocinados por dieciséis chef para levantar el ánimo, y sin afrodisiacos.
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Delmartini con vodka a los tallarines verdes. Al agente 007 le va más la bebida que el condumio, sobre todo su famoso martini con vodka «revuelto, no agitado», pero no hace ascos a la langosta y el aguacate. En ‘Solo para tus ojos’ se derrite, por fin, ante unos tallarines verdes con salsa genovesa
Entre el bogavante y la sopade ajo daliniana. Obra plagada de referencias gastronómicas, Salvador Dalí profesó gran devoción a los crustáceos, sobre todo al bogavante por su morfología. Sin embargo, en los últimos instantes de su vida pidió unas sopas de ajo como las de los pescadores de Cadaqués
El apetito de gañán de Isabel de Farnesio. La segunda esposa de Felipe V modificó los hábitos de la Corte con productos italianos. Introdujo los famosos macarrones, a los que se añadió después chorizo. Mientras ella devoraba, el rey se consumía "por el uso frecuente que hacía de la reina".
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