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(Re)Cuento de pobres

Una legión de casi mil voluntarios hacen 'inventario' de las personas que tienen como hogar las calles de Madrid

19.12.12 - 17:50 -
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(Re)Cuento de pobres
Un mendigo duerme en las escaleras del metro en Rusia.

Los hay que salen en los periódicos, como The Lazy Beggers, que se hacen llamar ellos, algo así como los ‘mendigos perezosos’, Lyndon Owen y José María Caro, dos tipos que aceptaban limosnas en las calles de Madrid “para tinto y cerveza”. Tienen página web donde recogen donaciones. Otros como ellos se han apuntado a la gracia y mendigan sin tapujos para lo mismo, quién sabe si de verdad para gastárselo todo en esos caprichos que tanto los acercan a los ‘con techo’ o por provocar a aquellos de: “Yo no doy porque se lo beben”. También logró su minuto de fama Moses Carbins, un ‘homeless’ estadounidense protagonista de un cortometraje premiado en nuestro país con el que cumplió algunos de sus sueños, entre otros... ¡ver el ‘Guernica’!. Hay quien saltó a los noticieros muy a su pesar, aunque fuera sólo con sus iniciales, como J. V. R.O., de 45 años, que fue pateado el pasado octubre en las calles de la capital por otro hombre, es un decir, y murió finalmente. Ese mismo mes, un mendigo luchó contra 17 neonazis que intentaban quemarle vivo en Majadahonda. No lo consiguieron, así que si no se asustó tanto como para poner pies en polvorosa, quizá estuviera entre las personas sin hogar que casi mil voluntarios se dedicaron a contar la noche del pasado jueves en Madrid. A esos que nadie conoce, porque en los carteles donde resumen su desgracia no hay ironía como la de The Lazy Beggers o la de aquel otro que pedía “para un Ferrari”. En todo caso quizá alguna falta de ortografía que arranque una media sonrisa culpable al viandante.

Intermon dice que, en diez años, el 40% de la población en España será pobre, así que es probable que iniciativas de este tipo se compliquen en un futuro, pero la semana pasada una legión de más de 850 activistas contra la exclusión recorrió las calles y los albergues de la capital en el ‘VI recuento de personas sin hogar’, organizado por el Ayuntamiento de Madrid junto a un equipo de las universidades Complutense de Madrid, Comillas y UNED, y la participación de un buen número de ONG, entre ellas Acción en Red. Enrique Cuesta es el coordinador del proyecto contra la exclusión social de esta organización. Tiene 35 años y lleva desde los 20 trabajando con las personas que viven en la calle. Se acuerda de aquella primera noche que fue en busca de estos ‘residentes’: “Era el fin de semana del 20-N y yo iba con un compañero muy alto, con la cabeza rapada y vestido de negro. Cuando entramos en un túnel de Atocha, las personas que allí estaban se echaron para atrás y empezaron a decir: ‘No nos peguéis, por favor’”. Miedo a la violencia, a la muerte, al frío, al hambre, a la soledad forzosa...

Después de aquélla, para Enrique vinieron muchas noches más. Cada fin de semana, sábado y domingo, de octubre a junio, salen a ofrecer un café caliente, un caldo, unas galletas... información y un poco de conversación a esas gentes que suspiran por unos cartones con los que montarse un pisito con vistas. A Enrique nadie le ha demostrado hasta el momento interés por ver las obras de Picasso, pero bueno, un joven, 35 años, le comentó la noche del recuento, a 4 grados, “que se quería sacar la ESO. Nos pedía libros de texto para estudiar, porque decía que, claro, tenía bastante tiempo y se iba a matricular en una escuela de adultos, pero no tenía para el material”. Lo de contabilizar a esta gente es lo de menos, lo que importa es “conocer sus necesidades, en qué situación se encuentran y, de paso, que tengan así un poco de contacto ‘normalizado’, es decir, no sólo con los que están en su situación”.

Teoría psicológica

Hace unos años, este periódico acompañó a Enrique y sus compañeros en una de esas veladas de invierno por la capital. En el túnel de Banco de España, detrás de una reja, apareció el barbudo Pedro, de Cáceres. Se parecía tanto al cantautor argentino Rafael Amor... “Tengo una historia psicológica”, avisaba él de entrada. Y ofrecía un libro de ¡Luis Llongueras sobre Dalí! “¿Os interesa? Sólo hay 3.500 ejemplares, decidlo por ahí”, alertaba, mientras mojaba las ‘marías’ de tres en tres en el café. Que duermen en la calle porque les da la gana es un argumento recurrente entre las personas que (aún) tienen hogar. Ramón, otro de los ‘contactados’ aquella jornada explicaba el porqué evitar los albergues: “El otro día estuve aquí en la calle con tres bajo cero. A mí no me domina nadie. Lo que se gastan en cada uno de nosotros para albergues que me lo den para una pensión. Esos sitios están llenos de yonquis, de ladrones, te quitas los calcetines y cuando te despiertas han desaparecido”. Una de las cuestiones que los voluntarios planteaban a estas personas mediante una pequeña encuesta el día del recuento abordaba precisamente el tema de sus necesidades, y la mayoría contesta que, sin duda, prefieren compartir piso a olores. Entendible escuchando a Ramón. También les preguntan por la situación de su tarjeta sanitaria, “teniendo en cuenta los problemas que su ausencia, o si está caducada, les puede acarrear eso con la última reforma del sistema de salud del PP”, dice Enrique.

Cuando les preguntan por su futuro, muchos confían en su porvenir: “Hay crisis, pero yo voy a salir adelante”, contestan. Evidentemente, también hay de los otros, de los que opinan que ya no hay esperanza; afortunadamente son minoría. Las cifras hablan de entre 20.000 y 30.000 personas sin hogar en toda España; más de 2.000, sólo en Madrid. Los datos del recuento de la otra noche aún están cocinándose, pero en el fondo no son lo más importante. Sí lo es que alguien les trate como las personas que son. Y una cosa que en realidad cuesta bastante poco, ni siquiera hay que rascarse el bolsillo. Lucas, que lleva muchos años ayudando a los que una pequeña temporada de su vida fueron sus ‘vecinos’ lo resume así: “La gente no te mira. Bueno, lo hacen antes de pasar para ver si vas a moverte. Es el hecho de encontrarte con unos ojos que van a pedirte algo. Yo me acuerdo de que decía ‘oye, por favor’ y la gente tiraba para adelante. Al menos hay que mirarles a los ojos”.

Porque vivir sin un techo tiene que ser complicado. Uno solo con sus recuerdos, los de verdad, buenos, malos y horribles, y los que en algún momento de delirio la memoria adoptó como reales para poder aferrarse a algo bonito, como aquellos que implantaban a los replicantes de ‘Blade Runner’ para que se sintieran humanos... A veces se agolpan todos en la cabeza con resultado incierto, especialmente si se mezclaron con ‘Don Simón’. Como a Fernando, un ‘residente’ de Bilbao: “Ahora mismo estoy de mala hostia porque tengo mi cabeza llena de recuerdos”. Dice que fue “jefe de los cuerpos especiales”, que estuvo “en Angola, Nicaragua e Israel”, y que por eso tiene cuatro balazos en el muslo, aunque luego achaca el dolor al golpe de una moto. Después informa de que ha trabajado “en la hostelería y de que le gustaría volver a hacerlo”. Luego se acuerda de su mujer: “Murió hace años”.

Ver todos los artículos de la serie 37 grados.

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