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El regreso de Gibbon

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El regreso de Gibbon

‘Decadencia y caída del Imperio Romano’, recogida en una versión completa en español, reaparece en plena crisis europea para deleite de los amantes de la historia

16.12.12 - 00:24 -
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En 1949, cuando la deuda pública británica se triplicó y la libra esterlina cayó más de un 30%, el entonces primer ministro laborista del Reino Unido, Clement R. Attlee, releyó ‘Decadencia y caída del Imperio Romano’, el monumental ensayo publicado originalmente por Edward Gibbon entre 1776 y 1788. A raíz de aquella anécdota, el ‘New York Times’ escribió sobre Attlee: “No debe concederse mayor importancia, dicen sus admiradores, a la circunstancia de que haya escogido esta obra concreta en este momento”. ¿Quizá la eligió porque él y Gibbon eran paisanos de Putney, un distrito del suroeste de Londres?

Ediciones Atalanta acaba de sacar a la venta el segundo y último volumen de la edición completa de ‘Decadencia y caída’ en español. Cualquier interpretación sobre el momento elegido -lo más profundo de la crisis económica y política europea- también sería exagerada en esta ocasión. En cualquier caso, la traducción es más moderna, lo que aumenta su atractivo, aunque el precio elevadísimo de los dos tomos tiene efectos disuasorios. Con todo, sus más de tres mil páginas, que abarcan desde el siglo II de nuestra era hasta la caída de Constantinopla en el XV, son una invitación a la lectura placentera, sea maratoniana o en pequeños sorbos; todo un acontecimiento, en suma, para quienes hayan disfrutado de la versión abreviada que publicó la editorial Alba (y que salió más tarde en edición de bolsillo).

El de Gibbon es uno de los libros de historia más leídos por los aficionados no especializados, no solo por la erudición que despliega, sino por la agudeza de sus juicios, su ironía, su capacidad para dibujar personajes y acontecimientos, y su calidad literaria, elogiada en su día por su amigo Adam Smith. Ha resistido el paso del tiempo por el asunto que aborda: las raíces de la civilización occidental vistas por un británico del XVIII que se afincó mucho tiempo en Suiza. Gibbon, que conoció la milicia y fue parlamentario, era un hombre peculiar. Tenía un porte un tanto cómico -era gordito y medía menos de metro y medio- y estaba enamorado de los clásicos, de su biblioteca y, en su juventud, también de la que más tarde sería la esposa de Jacques Necker, el ministro de Finanzas que convocó los Estados Generales que desembocaron en la Revolución francesa. De aquel matrimonio vino al mundo Madame de Staël.

Por encima de todo, Gibbon era un intelectual de la Ilustración -conoció a los enciclopedistas franceses- y un enemigo del fanatismo y de la superstición. Por ello, ‘Decadencia y caída’ elogia la época en que “la vasta extensión del Imperio Romano fue gobernada por el poder absoluto bajo la dirección de la virtud y la sabiduría”. Se trata de los algo más de ochenta años comprendidos entre los emperadores Nerva y Marco Aurelio. En palabras del propio autor, fue “el periodo de la historia del mundo durante el cual la condición de la raza humana fue más feliz y próspera”.

La tesis de Gibbon, que en lo esencial no ha sido refutada, es que aquel ‘momento cumbre’ se esfumó por culpa de los bárbaros y la expansión del cristianismo. Tales factores habrían sido los causantes del hundimiento de Roma y de la pérdida paulatina de sus virtudes públicas, una catástrofe “que siempre será recordada y es sentida todavía por todas las naciones de la tierra”.

‘Decadencia y caída’ mereció la admiración de Winston Churchill -su influjo puede rastrearse en sus intervenciones-. el escritor Jorge Luis Borges la describió como “una novela populosa, cuyos protagonistas son las generaciones humanas, cuyo teatro es el mundo y cuyo enorme tiempo se mide por dinastías, por conquistas, por descubrimientos y por la mutación de lenguas y de ídolos”.

Ni los más de doscientos años transcurridos desde que la obra fue escrita, ni las investigaciones realizadas desde entonces -en tiempos de Gibbon no estaba desarrollada la arqueología-, han mellado en exceso su armazón. Los historiadores aseguran que su análisis de los siglos II al VII todavía se sostiene, con algunas correcciones. No dicen lo mismo del material posterior, narrativamente brillante, pero que, según los expertos, no haría justicia al imperio bizantino al calificarlo de manera uniforme como un periodo de “debilidad y miseria”. También matizan que las reflexiones de Gibbon sobre el cristianismo, impregnadas de crítica e ironía, son en el fondo más respetuosas de lo que puede pensarse a simple vista.

Pero dejando a un lado la especulación académica, ‘Decadencia y caída’ es para el lector curioso “una novela populosa” escrita por alguien que, según Borges, “sueña y sabe que sueña”. Dotada de un notable sentido del ritmo y del dramatismo, a lo largo de sus capítulos se suceden guerras, crímenes, conjuras, traiciones y crueldades que componen el reverso del progreso humano. Un reverso que no empaña la visión primordial de Gibbon. “En el siglo II de la era cristiana, el Imperio de Roma abarcaba la parte más bella de la tierra y la más civilizada del género humano”. Así arranca su magno ensayo.

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