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¿Por qué los chinos no hacen botellón?

conociendo al 'otro'

¿Por qué los chinos no hacen botellón?

No les gusta ir de fiesta, trabajan 12 horas al día, con los regalos de la boda pagan la entrada del negocio y no quieren que sus hijos se hagan españoles, piensan que somos unos "vagos"

08.12.12 - 17:45 -
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¿Por qué los chinos no hacen botellón?
El 70% de los chinos prosperan fuera y vuelven más ricos
Iniesta obró otro milagro aquella noche y le dio una idea a Chen Lang. Él y su primo Wen llenaron de cervezas cuatro carritos de supermercado y se acercaron a la madrileña plaza de Colón. Con el gol de la victoria en el Mundial de Sudáfrica, empezó el goteo: un euro, dos, tres... 500 en esa sola noche. «Cuando llueve, los laowai (guiris) buscan refugio. Los chinos buscamos paraguas para vendérselos». La frase se la oyó Chen a otro pariente suyo, pero resume la filosofía de vida de una potencia (1.380 millones de personas) llamada a dominar el mundo desde el mostrador de los 'Todo a 100', las cocinas de los restaurantes o vendiendo 'birras' con 40 céntimos de ganancia por lata -en las concentraciones del 15-M las subieron a 1,5 euros-.
Bei Pei nunca ha tenido una noche de esas. 'Trabaja' en el barrio de Malasaña y se va a casa con la sensación de que no merece la pena. '¡Qué pesado el puto chino con las cervezas!', 'chinaco', 'chinito'... Apenas habla español, pero sabe que los chavales le están insultando. Le queda el consuelo de saber que su hijo nunca será un maleducado como ellos, pero también la pena de no volverlo a ver. «Me dedico a sobrevivir. No quiero volver a China porque no quiero enfrentarme a mi familia, mi hijo no me reconocería. A veces juego en la máquina a ver si tengo suerte, pero nunca tengo» -no existen las tragaperras en China-. Cuando no se acercan adolescentes faltones, viene la Policía a requisarle el material. «Una vez me retuvieron dos días. En la cárcel te tratan bien y te dan de comer».
La cara y la cruz de una historia que empezó de forma parecida. Con la lección básica de español: 'menú, barato, arroz, euro' (en China se imparten cursos rápidos de cincuenta horas de castellano por menos de 100 euros); una maleta ligera y la esperanza de hacer fortuna en Xibanya (España). Ángel Villarino (Guadalajara, 1980) ha recopilado 350 testimonios de ciudadanos chinos asentados en nuestro país o de vuelta ya al suyo. '¿Adónde van los chinos cuando mueren? Vida y negocios de la comunidad china en España' (Debate).
El libro se publica, por pura coincidencia, un mes después de que la Policía desmantelara la mafia dirigida por el 'emperador' Gao Ping. «Esto va a acelerar el regreso de mucha gente a China, porque aunque es fundamentalmente un delito económico, intoxica lo demás», lamenta Villarino.
Xiao Wei ya está de vuelta en Pekín. Con 7 años su padre le llevó a Vilagarcía de Arousa (Galicia) y durante mucho tiempo no se quiso acordarse de dónde venía. «Yo quería salir de noche, comer chuletones... Mi madre me decía que los españoles me habían lavado el cerebro». Ya ha recuperado su «chinismo» y ahora espera a casarse con su novia, otra china criada en Europa.
«Cafecitos y cervecitas»
La boda les garantizará un futuro. «El regalo mínimo para no quedar mal son 300 euros, un amigo paga 500, si es íntimo 1.000 y los parientes a partir de 2.000», cuenta Nino, un familiar de Xing y Tan, que celebran su enlace en Shangri-la, el restaurante chino más grande de Europa (2.500 metros cuadrados, ocho cuartos de baño, karaokes con ducha...), situado a las afueras de Leganés. El menú, regado con Chivas Regal y licor de arroz, es modesto (100 euros). La novia viste de blanco, rompiendo la tradición china de hacerlo de rojo. Nino dice que la boda es «cutre» y calcula que la pareja no sacará más de 30.000 euros. No les llegará para abrir la tienda. El resto lo pedirán a familiares a interés cero.
Así han funcionado siempre en Zhejiang, una provincia del sur de China de marcada tradición mercantil y con una población equivalente a la española (47 millones). De allí son el 70% de los chinos asentados en nuestro país. La zona, rural, montañosa y poco agradecida para los cultivos, está salpicada de núcleos urbanos donde se levantan rascacielos y por donde circulan Mercedes Benz de los que regresaron de hacer 'las Españas'. En los restaurantes (uno se llama 'Huang Ma', que significa Real Madrid) se sirve jamón serrano y café. Básicamente a esto reducen los chinos que han vivido aquí nuestras virtudes. «Es un país bonito, pero no se trabaja bien. Todo el día con cafecitos y cervecitas (...) Los españoles son vagos, se ponen enfermos y no vienen a trabajar o se cansan». Esta visión tan estereotipada la 'suaviza' Chen Shangi, presidente de los comerciantes y empresarios chinos en España. «Tengo muchos empleados españoles y estoy contento. Son ágiles y nada lentos».
¿Igual algo más quejicas? Porque los chinos, dicen en el Hospital 12 de octubre de Madrid, «tienen el umbral de tolerancia al dolor muy alto». Tanto que a Wang le tuvo que obligar su jefe a ir al médico porque se le había infectado un corte en la mano -«no quería ir para no perder un día de trabajo»-. Sufren mucho de problemas de estómago, «por el estrés y la dieta». Pero ellos no comen ensalada china ni pollo con almendras. «Las cosas crudas en las ensaladas no les gustan, pero los españoles las pedían. Y el pollo lo comen con anacardos. El de almendras es una receta de Tailandia y Malasia, no de China, pero lo probaron en California y como funcionó lo han exportado. La sal les parece repugnante, pero como a nosotros nos gusta usan mucha», desvela el autor del libro.
También saben que a las españolas les encanta la lencería sexy, así que dibujan los patrones inspirándose en la moda española, los mandan por correo electrónico y en dos meses llegan cajas llenas de tangas a los bazares... «y a tiendas, que nos compran aunque no lo digan». Jordi, empresario chino-catalán, empezó con tangas y ahora vende trajes de sevillana por 100 euros. «Los fabricamos de lycra para que entren gordas y flacas».
Hace diez años una tienda como la suya o más pequeña podía facturar 5.000 euros al día. No lo atribuyen a la suerte, sino al trabajo, y con trucos como llamar 'Zaira' (con la 'i' pequeñita, para que se confundiera con Zara) a una tienda de ropa. «Hacemos entre diez y catorce horas y cuando hay un pedido nos quedamos por la noche sin dormir. Nuestra única diversión después de trabajar es dormir». Que lo diga un adulto da pena, pero escuchárselo a un niño... En Pekín, Villarino conoció a Tian Tian (11 años), un «autómata somnoliento e infeliz» que a diario tenía cuatro horas de clases particulares después de la escuela y cuatro de deberes. El fin de semana, idiomas. Tian Tian confesó que el momento más feliz del día era cuando se iba a la cama.
Con plañideras
Los que viven en España no necesitan clases extra, porque son los primeros (un notable es motivo de bronca en casa). «Tienen un enorme respeto por los profesores y sacan buenas notas. En matemáticas son especiales, resuelven los problemas antes de que los explique el profesor. Pero la ética, la filosofía y la lengua les cuesta mucho». También los juegos y los bailes. «Les da vergüenza tocarse con otros niños. Les pregunto si sus madres les dan besos y dicen que no», cuenta una profesora de un colegio de Madrid. El tiempo que ganan a los deberes lo pasan ayudando a sus padres en el negocio familiar. Y las diferencias con los nacionales se acentúan en la adolescencia. ¿Han visto alguna vez a un chino de botellón? «No nos gusta ir de fiesta. Quedamos a cenar a las seis, hacemos excursiones, juegos... ¿Estar en un bar hasta las tantas con música alta y sin poder hablar? No lo entiendo», cuenta Han Mo, que ha adoptado Ainhoa como nombre español (en Boston se puso Emily) y que estudió Filología Hispánica en Alcalá de Henares (hay 5.000 universitarios chinos en España).
Pero que las estadísticas no nos desvíen del título del libro: ¿Adónde van los chinos cuando mueren? Ni son inmortales, ni ocultan a sus muertos para vender sus documentos, como dice un bulo. «Van al cementerio o se les incinera. El culto a los ancestros es una obligación capital. En los pueblos hasta contratan plañideras».
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