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Los pasos del terror

EL PISCOLABIS

Los pasos del terror

Hoy no es Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, pero ella, 38 años, sigue teniendo miedo... por si regresa

07.12.12 - 18:15 -
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Desde el coche la ve caminar hacia el portal. Mujer, 38 años, madre de una niña y víctima de la violencia machista. Él no es una víctima. Ni un maltratador. Pero, desde hace un año, conoce el problema. En realidad, puede tocarlo y escucharlo cada noche, cuando la acompaña a casa. Si no es él, lo hace otra compañera. Lo decidieron así, el día que les confesó la verdad entre sollozos. Que él no aceptaba el divorcio y que la noche anterior, como siempre, la había insultado y pegado. Nunca había dicho nada. Pero, esta vez, había ido más allá. La había tirado al suelo y agarrado del cuello, mientras le decía que sería suya para siempre. Y además, había pegado a la niña. Tras 7 años aguantando fue, en ese momento, cuando dijo basta.
Tuvo la suerte que no tienen otras. Trabajo y un buen jefe. No solo le apoyó. Dispuso de horas, días y medios para afrontar los terribles, largos e injustos meses que siguieron a la denuncia. También la ayudaron sus compañeras, dándole techo por turnos y comprensión al unísono. Esa que no recibió, al principio, de padres y hermanos, preocupados por el qué dirán y pidiendo que hiciera las paces. Ellas, en cambio, siempre estaban. Tanto cuando dudaba y se arrepentía de haber denunciado, porque la decisión nunca es rotunda, como tapando sus ausencias. Las laborales y las otras. Las de la vida. Esas que tenía por los tranquilizantes que tomaba. "Siéntate que ya me encargo yo de esa gestión". No era bondad. Era decencia. La mínima en estos casos.
Pero él sentía que aquello era poco. Y por eso estaba allí, una vez más, frente al portal. Aunque parecía que esa noche tampoco iba a ser. A veces deseaba que sucediera algo. Que el maltratador apareciera, que intentara acercarse, que la atacara. Así podría salir del coche y enfrentarse a él. En el fondo, sabe que no es una buena idea. Tal y como están las leyes, acabaría en la cárcel. Paradojas de la justicia. Además de lenta, burlona. Hay que tener suerte con el juez. Hasta entonces creía que eso daba igual, pero no. De ello depende todo. A ella le ha tocado una jueza. A veces es peor. Como en este caso. Ha estado a punto de ser archivado. Y el tiempo juega a favor del maltratador. Por un lado, es más fácil que un día esté sola. Por otro, los apoyos desaparecen. Ser solidario cansa.
En el trabajo todo fueron ayudas antes y durante la denuncia, pero pasaron los meses y llegaron las dudas. "Cuándo se acabará...Yo también tengo problemas…". Ella tampoco lo pone fácil. Desde que lo contó, se comporta de manera infantil. El psiquiatra asegura que es normal. Necesita tiempo. La policía, por su parte, les ha avanzado dos cosas. Una, que la ley dice que tienen que acompañarla a los juicios, pero que nunca será así. No hay suficientes agentes. Deberán hacerlo familiares o amigos. Y la otra, que seguirá enganchada al maltratador como un adicto a la heroína. Sabe que le mata, pero no puede dejarlo. Al menos, no de golpe. Sea por miedo, economía o, esto es lo peor, por amor.
En la radio del coche hablan de un hombre desesperado que la ha liado, tras perder todo por una falsa denuncia. No es el único. Hecha la ley, hecha la trampa. Conoce en su entorno casos similares. Incluso tiene una conocida que acusó a su marido de algo tan serio como abusar sexualmente del hijo de ambos. Todo, por la custodia. Es más, un familiar que trabaja en los juzgados suele comentarle más de una denuncia falsa cargada de celos, intereses o, directamente, odio. De ahí que no haya dos casos iguales. En éste no hay dudas.
Se hace tarde y tendrá que llamar a casa. Su mujer está preocupada. Cree que puede ir a por él. Pero no. La policía les dijo que el tipo, además de cobarde, era listo. Por eso nunca es agresivo con otros. Por eso engaña a todos. Menos a él. El día que el maltratador regresó a casa para recoger sus cosas, estaba allí y vio su mirada. No había odio, ni agresividad. Solo indiferencia. Como si fuera algo normal lo de las esposas, la policía o que su mujer estuviera aterrorizada sentada en el borde del sofá. De hecho, al entrar, saludó y sonrió como si nada. Y mientras ella le preparaba la maleta, que manda huevos, él se puso a leer el periódico. Desde entonces no tuvo dudas. Era peligroso.
Ya está. Ella le ha hecho una perdida al móvil. Ha entrado en casa. Es hora de irse. Ha sido una noche más. Pero también, un día menos. Ojalá llegue el definitivo. Ese en el que, por fin, pueda ir sola a casa. Hoy no es Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. No hay lazos, ni condescendientes abrazos. Pero ella sigue teniendo miedo. Por si escucha sus pasos. Por si regresa a por ella. Solo por eso, su compañero seguirá llevándola a casa. Noche tras noche. Hasta que llegue el día en que ella pueda caminar sin miedo a mirar atrás.
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