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Moby Dicks en Euskadi

Las costas vascas reciben anualmente desde rorcuales como el que apareció ayer en La Concha hasta ballenas azules, que alcanzan los 30 metros. También se pueden ver tiburones, pero no son peligrosos

07.12.12 - 10:04 -
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La ballena ha sido retirada esta madrugada. / Lobo Altuna
La aparición ayer de una ballena en plena playa de La Concha causó sensación en la capital donostiarra y en el resto de Euskadi. El animal, un rorcual común de 16 metros de longitud y unas 10 toneladas de peso, reunió a cientos de personas en el popular arenal guipuzcoano. El público, sorprendido, asistió al espectáculo que supone ver un ejemplar de semejantes dimensiones. Tras retirar el cadáver esta misma noche por medio de dos grúas, las autoridades ya le buscan un emplazamiento adecuado. No quieren que se repita lo ocurrido el pasado mes de marzo en Elantxobe con otro representante de esta misma especie, que comenzó a desprender un fuerte olor a descomposición.
La presencia de ballenas es las costas vascas no es inusual en absoluto. Según el Centro de Biodiversidad de Euskadi, la época que con mayor frecuencia pueden avistarse es el verano, cuando acuden a alimentarse en las ricas aguas del Cantábrico y aprovechan para criar. Hasta 23 especies pueden contemplarse a poca distancia de los puertos. Desde los mencionados rorcuales, que pueden alcanzar los 24 metros de longitud, hasta las todavía más colosales ballenas azules, que rondan los 30 y pueden alcanzar las 190 toneladas de peso -para hacerse una idea, lo mismo que unas 14 excavadoras o 2.375 hombres de 80 kilos-. Además de estos colosos, se pueden encontrar también ballenas picudas, marsopas, calderones y, sobre todo, delfines. Tan es así que existen varias empresas en Getaria, Bermeo, Erandio, Zumaia... que organizan excursiones marinas para disfrutar del espectáculo. Los pescadores de bonitos son testigos de la presencia de orcas, que se atreven incluso a quitarles sus capturas de los mismos ganchos con los que tratan de subirlos a sus lanchas de faena.
Tradición ballenera
No deja de sorprender la expectación que desata la aparición de los cetáceos en Euskadi, un pueblo ballenero durante siglos. La memoria es frágil, y más cuando la caza de esta especie comenzó a decaer hace ya 200 años. Antes, especialmente entre 1300 y 1700, la captura de estos animales fue una fuente de riqueza capital para pueblos como Bermeo y Lekeitio, en cuyos escudos figuran ballenas que recuerdan un pasado definitivamente perdido.
Por entonces, cuando se avistaba uno de estos ejemplares comenzaba una carrera desenfrenada entre los pescadores de las poblaciones costeras, que competían con fiereza por hacerse con la pieza. Unos vigías se apostaban en atalayas y vigilaban la costa. En cuanto daban el aviso, los arrantzales se subían a los botes y remaban con todas sus fuerzas por llegar cuanto antes a la ballena franca, la especie más habitual por entonces. A medida que los ejemplares comenzaron a escasear, las salidas comenzaron a alejarse cada vez más de la costa y se convirtieron en auténticas epopeyas primero hasta el gélido Mar del Norte y después hasta las costas de Terranova, en Canadá, donde también se pescaba el preciado bacalao.
De la ballena se aprovechaba todo, ya que además de almacenes de carne flotantes eran las Iberdrolas e Ikeas de la época. Su tesoro más preciado era la grasa, que se convertía en aceíte para el alumbrado. Su carne mayoritariamente se exportaba a Francia. Los huesos servían como material de construcción, adorno y para la elaboración de muebles.
También tiburones, pero no peligrosos
Además de cetáceos, las costas de Euskadi reciben también a visitantes menos admirados. Son los tiburones. Pero nada que ver con las películas de Steven Spielberg. Primero, porque los tiburones blancos no tienen a los seres humanos entre sus platos preferidos, y, segundo, porque las especies que se aproximan a las aguas vascas son inofensivos. "No hay constancia de que en Euskadi alguien haya sufrido una mordedura de un tiburón cuando estaba en la playa", aseguró Jokin Gilisagasti en julio de este año, cuando un escualo se dejó ver en Mutriku.
Las palabras de Gilisagasti fueron corroboradas por Iñaki Sagarzazu, presidente de la Cruz Roja de Hondarribia. "Los únicos tiburones que se han visto han sido los 'peregrinos', y más cerca de la costa, las 'pintarrojas'. Sin embargo, ninguna de ellas representa un peligro para el hombre", afirmó. Gilisagasti aseguró que era "muy normal" que el 'peregrino' se acerque a la costa, especialmente en primavera, que es cuando aflora el plancton. Este tiburón puede medir hasta doce metros, si bien lo normal que es ronden los seis o siete. Pueden pesar hasta cuatro toneladas. "Los que andan por nuestras aguas son de 2.000 y 3.000 kilos. Cuando nacen ya tienen más de un metro", apuntó. Pese a sus dimensiones, no se trata de una especie peligrosa. "Lo más que puede hacer es darte un golpe con la cola." También se pueden encontrar marrajos, que alcanzan una longitud de tres metros y puede pesar hasta 200 kilos, y la tintorera, que no representan mayor amenaza.
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