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En honor a los valientes

EL PISCOLABIS

En honor a los valientes

No hay nada más valiente que cuidar a un enfermo, cuando sabes que todo da igual. Porque es mentira que da igual

16.11.12 - 18:38 -
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No tienen día mundial, ni internacional. La ONU o quien ponga tales títulos, que los convierte en efeméride, jamás se preocupó por ellos. Me refiero a los valientes. A los de verdad. No hablo de arrebato heroico, sino de la trabajada heroicidad. Conozco a muchos de esos valientes, que acabaron siendo héroes. Sobre todo conozco a heroínas. Algunas las tengo muy cerca. Mujeres que dejaron de vivir su vida para vivir la de otro, que la estaba perdiendo. Y he creído obligado escribir estas líneas. No hay nada más valiente que cuidar a un enfermo, cuando sabes que todo da igual. Porque es mentira que da igual. Ahí es donde se para el cumplidor y arranca el valiente. Yo he visto de cerca a esa gente. Tanto ayer como hoy. Porque siempre están. Para ellos y ellas no hay sábados, ni descansos, ni treguas. Por no haber, no hay ni tiempo, para perder el tiempo. Y por eso, no puedo evitar recordar a alguien especial. Llamémosle "ella".

Perdió a su padre cuando apenas había cumplido su primer mayo y aun así, siempre fue optimista. No es que lo lleve de serie, es que lo exporta. Donde otros ven el vaso medio vacío, ella lo ve desbordado. Y eso que el destino se empeñó en llevarse a muchos de los suyos a edades que no debería permitirse que la muerte se presentara. Dejar esta vida antes de la media oficial es de mal gusto y debería existir compensación. No sé, el comodín del público o que te toquen los Euromillones para pegarte una última gran farra. Pero algo deberían dar a cambio de tal infamia. El caso es que ella siguió su camino, parándose allá donde pocos se paran. Donde parecía que hace falta una mano amiga o un abrazo oportuno. "Ella es así", comentaba alguno, como quitándole mérito al generoso gesto. Y puede que tuviera algo de razón. Pero uno no solo nace, también se hace. Y en su caso, decidió que mirar a los lados mejora el camino. Por eso un servidor, que es menos paciente y más egoísta, maldice al destino por haber jugado con ella hasta hacerla derramar amargas lágrimas. Porque con toda la basura de dos patas que pulula por el mundo, no es justo que le toque a ella la bola negra. De todos los hombres que había en la faz de la Tierra, tuvo que ser él. Alto, guapo, listo y fuerte. Nadie imaginaba entonces que su vida sería breve y que ella sería heroína.

Me gustaría decir que pasaron los años y que fueron felices. Pero fueron felices durante pocos años. Descubierta la enfermedad, llorada la noticia y buscados imposibles remedios, decidieron ganarle tiempo al tiempo. Y en dos años mal contados, hicieron lo que otros hacen en décadas. Compraron una casa, se casaron, fueron a una final de Copa con el Athletic y compartieron esas cosas que el resto apenas valoramos. Una cena, un viaje, un beso, surfear en El Peñón de Sopelana o ver juntos la serie 'Big-Bang'. Y mientras ellos compartían momentos, el resto admirábamos su entereza. Hasta que llegó ese momento en que él ya se ha empezado a ir y ella no se separa de su lado. Y entonces vi a la heroína. La única capaz de dormir a su lado en eterna vigilia, hacerle comer cuando había renunciado o compartir ese cruel momento en que él reconoce que ya no puede hacer "cosas normales". Y tú, que eres sufridor a tiempo parcial y cuando termina la visita termina tu dolor, te preguntas de dónde saca fuerzas ella. Sobre todo porque conoces casos en los que el enfermo se queda solo ante la muerte, sin nadie que le coja la mano. O que se la coja de verdad. A veces, esa gente también está cerca. Vivimos la cultura del maldito "valle de lágrimas" que nos han inculcado y lo suyo es lagrimear y poner gesto consternado, aunque no se sienta, y preocupados por el qué dirán. Pero los héroes y heroínas de verdad no necesitan lucir pose. Lo suyo es sincero. Y se nota. Les ves y te sientes una mierda. Comprendes que tus problemas son una mosca en el lomo de una vaca y que, los héroes, lo son por algo. Sobre todo, porque lo hacen con una sonrisa. Desafiando a la tristeza y plantando su mejor cara a la vieja de la guadaña. Por eso, aquí y ahora, quiero cerrar estas líneas con un sincero, sentido y justo homenaje a quienes la vida les hizo elegir entre ser humanos o ser héroes. Como a ella. Da igual su nombre. Me lo guardo. Cada cual tiene, en su casa o entorno, ejemplos que hoy regresan a su mente. En mi caso tengo varios. Pero uno, el de ella, es muy reciente. Por eso escribo estas líneas. Porque es mi heroína. La persona más grande, buena y valiente que he conocido jamás. El cáncer se llevó a su amor. Pero, en realidad, solo les ha robado días del calendario. No ha logrado, ni logrará, quitarles lo vivido. Por eso, en el fondo, ella ha ganado a la muerte en esta injusta partida. Y me alegro por ella y por todos los héroes y heroínas. No tienen día mundial ni internacional, pero hoy puede serlo. Es lo menos que se me ocurre en honor a estos valientes.

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