
El general Ángel Aznar y Butigieg, en el centro, rodeado de militares
Cada cierto tiempo, las cosas que pasan en Barcelona dan de si para una charla entretenida. El pretexto lo han proporcionado esta vez unas declaraciones el parlamentario europeo del PP Alejo Vidal Quadras sobre el referéndum de autodeterminación de Cataluña. Al inconveniente de que el 80% de sus paisanos discrepan de sus puntos de vista, sean independentistas o no, Vidal Quadras opone una solución simple: «El general de brigada, que yo mencionaba antes, toma el poder de los Mossos. Y ya está. Y si sacan la gente a la calle, que la saquen, pero no podrán estar más de un mes manifestándose, de manifestarse no se come. El Gobierno, si persisten en esa actitud de rebeldía, ha de intervenir la autonomía rebelde. No hay vuelta de hoja».
Si algo se puede destacar de ese discurso es su poder evocador: general de brigada, autonomía rebelde... Aunque la voz de Vidal Quadras quizá sea demasiado apagada para un mensaje tan estridente. El expresidente del Gobierno José María Aznar tiene un timbre agudo, apropiado para las ideas rotundas. «El problema del nacionalismo -ha dicho este último en un acto de la FAES- no es solo con España ni solo con la Constitución española; su problema es con el Estado de derecho, con la sociedad abierta, con la diversidad y con la globalización». Aznar ha advertido al presidente de la Generalitat, Artur Mas, de que la «nación» no admite componendas federales ni confederales. «Cataluña no podrá permanecer unida si no permanece española».
Es la vieja escuela. A comienzos del siglo pasado, la prensa tronaba como un galeón en mitad de la batalla cada vez que llegaban ondas sísmicas desde Cataluña. El periodista Julio Camba (y pido perdón por citarlo dos veces este mes) tomó nota de ello al comentar el remedio drástico que proponía el general Ángel Aznar para mantener el orden establecido en España. Oriundo de Cartagena, donde nació en 1847, Aznar combatió en la tercera guerra carlista y llegó a brigadier, general de división y teniente general. Ejerció como jefe militar de la Casa Real, ministro de la Guerra en 1910 y director general de la Guardia Civil (1912-1913). Fue diputado en varias legislaturas y senador vitalicio desde 1910 a 1924, año en que murió. Camba, que era un gallego viajado y escéptico, más que Mariano Rajoy, escribió lo siguiente sobre el militar en una crónica recogida en su libro ‘La rana viajera’:
«Cuando una insubordinación se manifiesta en Barcelona o en otra provincia -ha dicho el general Aznar-, solo procediendo enérgicamente se la hace entrar en la ley. Si es preciso, se arrasa la población (...) Supongo que el general Aznar sabrá apreciar la diferencia entre esos periódicos que han acogido sus manifestaciones en el Senado con una vocinglería sentimental, y yo, que las enfoco seriamente en el terreno de la realidad. ¡Arrasar Barcelona! ¡Qué duda cabe que así se acabarían todas las cuestiones de Barcelona! Lo malo, como digo, son las dificultades prácticas».
La vida está llena de dificultades prácticas. Por eso es tan frustrante a veces. Lo saben los barceloneses, que han soportado media docena de asedios a lo largo de la historia. ¿Tan independentista se ha vuelto Cataluña para que alguien se sienta en la obligación de de enviar un general a dirigir a los mossos? ¿Existe un contador geiger que mida científicamente la irradiación nacionalista para compararla, pongamos por caso, con los niveles de hace cien años?
La cuestión no es sencilla. Habitualmente, los españolistas sostienen que solo una minoría de catalanes apoya la secesión. Los soberanistas responden que hay que meter en el mismo saco a todos los partidarios de un Estado catalán, bien federado con España, bien independiente. De esa manera, sale la mayoría a favor de una entidad política propia. Sin embargo, los partidarios de la unidad, tanto de España como de cualquier otro Estado, creen que eso es hacer trampa; por eso reclaman que la pregunta de un referéndum de autodeteminación sea clara.
«El catalanismo es un espectro de sentimientos», explicó el sociólogo Salvador Giner a EL CORREO en 2007, cuando se montó un escándalo por la quema de imágenes del Rey en unas concentraciones independentistas. «El catalanismo abarca desde el regionalismo hasta la autonomía total. El sentimiento nacional existe desde el siglo XIX. Lo crearon los intelectuales, luego los políticos se apropiaron de él y la burguesía acabó aliándose con ellos. Los historiadores dicen que los nacionalismos más antiguos de Europa son el catalán y el holandés. Ya estaban bien formulados en el XVII».