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Desnuda en la playa

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Desnuda en la playa

Los recuerdos de las vacaciones de verano son inolvidables. Especialmente los de la infancia

15.06.12 - 17:27 -
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Siempre que pienso en el verano, la primera imagen que regresa es la de ella. Camina desnuda, por la orilla de la playa. Y al coincidir nuestras miradas, se para y sonríe. Era un año mayor que yo. Y con nueve, eso es un mundo. Su pelo, casi blanco, caía sobre una cara de ojos azul atardecer. No recuerdo si era alemana o sueca. Era extranjera y por lo tanto lejana. Con el tiempo he aceptado que no se paró por mí. Fue por el flotador. La reproducción de una botella de cava que causaba furor entre la chavalería. Pero obviémoslo. Viendo sus padres el acercamiento, se presentaron en ese idioma gutural del mundo de Babel. Como todos éramos turistas, entre las familias surgió una complicidad playera. Sonrío hoy al recordar a mis padres intentando mostrar naturalidad ante los pechos desnudos de la mujer y el escueto tanga del hombre. No les digo lo que me supuso ver mi primer desnudo integral. En los años que frecuentamos aquel rincón de la Península, la frontera con la Europa desinhibida no existía. Porque los 70, siendo opacos, en Bará eran otra cosa. Eran luz y color, lenguas proscritas y rumbas canallas. Por eso recuerdo aquellos veranos como un punto y aparte. Aquel en que descubrí la canción como protesta, bailé con unos suecos llamados Abba y escuché, entre hogueras y guitarras, torpes versiones de Dylan. Incluso pude frecuentar el Festival de la Canción y conocer al gran Peret. Aún debe andar por casa una foto que nos sacamos con él, que todos recordamos, pero que nadie ha visto. En el Club de tenis aprendí a nadar sin perder la calma y en sus aguas mediterráneas a no fiarme de la aparente calma. Junto al pinar, frente a la playa larga y una noche de San Juan, recibí mi bautismo de sangría. Bajo el puente, por los pasos del Talgo, aprendí a calcular las horas de digestión y los días que le quedaban a una década en la que cambiaron paisaje y paisanaje. Por eso, jamás olvidaré aquellas vacaciones.
El verano de 2012 comenzará el jueves a la 01:09, hora oficial peninsular. Durará 93 días y 15 horas y terminará el 22 de septiembre. Tiempo oficial de vacaciones. Casi suena pornográfico hablar de ellas. Pero haya crisis o no, sean más económicas o de menos tiempo, las vacaciones son sagradas. Eso no cambia. Quien puede las pilla. Tampoco cambian los destinos. Cierto que cada vez más vascos se quedan en casa-veranear en Euskadi es una gran elección,pero hay claros deseos de volar. Como antaño, muchos reparten los días entre nuestros pueblos y los de otras tierras. Sobre todo Cataluña, que era mi caso y Levante. A las que hay que añadir Cádiz, donde se escucha tanto acento vasco como andaluz. Aunque siguen gustando los viajes largos. Seguimos empeñados en ir a donde Cristo perdió la alpargata. Sea India, Vietnam o Bali. Será por aquello de alejarse de la prima de riesgo. De hecho, el Caribe sigue llevándose la palma. Así que, aquí o allá, la gente se marchará. Y los niños y niñas, cuyos padres puedan permitírselo, tendrán la opción de vivir momentos que jamás volverán. Las vacaciones de verano. Donde todo es “por primera vez”. Sobre todo, ciertos veranos. Como aquél del 75. Tras él, cambiaron muchas cosas. La muerte de Franco, aperturas, democracia…Todo cogido con alfileres, pero era algo. Y sin embargo, lo que más recuerdo de aquél verano son ciertos ojos.
Era el último día de julio, pero me pareció el último de mi vida. Se celebraba un concurso de castillos de arena. Lo que mejor se me ha dado siempre, después de construirlos en el aire. Quedé segundo. Meritorio, teniendo en cuenta que trabajé en solitario y los ganadores eran ocho adolescentes alemanes con pinta de aparejadores de Düsseldorf. Tras la entrega de premios, todos se fueron. Pero yo me quedé contemplando cómo el castillo cedía ante el mar. Y entonces, apareció. Desnuda y sonriente. Como siempre. Pero esa vez, hubo algo diferente. Se inclinó, miró las ruinas de mi obra y sin decir nada, me besó.
No volví a verla. Día tras día, acudí a la orilla esperando encontrarla. Jamás regresó. Pasaron los años y crecí. Viví otros veranos y conocí otros ojos. Las aventuras mediterráneas quedaron aparcadas en viejos álbumes familiares. Pero el pasado es obstinado y hace unos años regresé a Bará. Paseando con mi mujer por los cambiados rincones, le confesé recuerdos y guardadas emociones. Le hablé de un lugar sobre una roca donde el mar, curioso y descarado, entraba por las puertas de las casas. De las tardes que pasábamos subidos al viejo algarrobo y de las peregrinaciones familiares hasta el único teléfono de la zona. Le conté todo y nada, de un tiempo inocente en el que creíamos que el futuro sería nuestro. Siempre fuimos ilusos. Y tampoco en eso hemos cambiado. Quizá por eso, bajé desde el Roc de Sant Gaietá a la arena para sentir la playa que un día fue. Busqué en ella rostros familiares pero, sobre todo, miré hacia donde mueren las olas. Esperando encontrar en la orilla a una mujer con los ojos de aquella niña. No estaba. O quizá sí. Pensé en gritar su nombre. No pude. Nunca se lo pregunté. Da igual. Con el tiempo he comprendido que siempre lo supe. Desde el día en que llegó con la brisa de una tarde de Julio. Sobre la arena de la playa y sin palabras, me lo dijo. Desnuda y sonriente, en la orilla del mar, me contó que su nombre era Libertad.
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