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El presidente austero

Urkullu ha afianzado su liderazgo a base de autocontrol, constancia y algo de buena estrella

21.05.12 - 18:24 -
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El presidente austero
Iñigo Urkullu. / Iván Mata
A Iñigo Urkullu le gusta mantener sus promesas. Pero no ha podido cumplir una muy reciente. Había garantizado a unos dirigentes latinoamericanos con los que coincidió en unas jornadas del Partido Demócrata Europeo (PDE) que brindaría «con agua de Bilbao» si ETA ponía fin a su sangrienta trayectoria. Un día después de que la banda anunciase el cese definitivo de la violencia -una de las pocas ocasiones en que sus más estrechos colaboradores le han visto exultante de alegría-, reunió a la plana mayor del PNV en Sabin Etxea. Tras abrazar a sus compañeros de ejecutiva e incluso a Xabier Arzalluz, con quien siempre ha mantenido un trato distante, hasta receloso, entrechocó su copa de cava para celebrar la luz al final del túnel terrorista. Pero no llegó a mojarse los labios. Ni por esas quiso romper con su otra militancia, la de abstemio convencido. Es dudoso que pensara en la superstición que afirma que trae mala suerte brindar y no beber. Lejos de frivolidades, el presidente del PNV atesora una bien ganada fama de cerebral y racional, meticuloso y reflexivo.
Son ese tesón y autocontrol -explican sus fieles- los que han llevado a Iñigo Urkullu Renteria (Alonsotegi, 1961) a alcanzar la cima del poder jeltzale y a mantenerse en ella. «Ha llegado para quedarse, hay líder para rato», vaticinaban sus correligionarios hace poco más de cuatro años, cuando fue elegido. Sin la brillantez a veces excesiva de su predecesor, Josu Jon Imaz, no parecía predestinado para el cargo; pero la amenaza real de una nueva y dolorosa fractura interna le aupó como el "mirlo blanco" que a nadie incomodaba en exceso, aunque el sambenito de ser el primer vizcaíno -a la sazón, expresidente del Bizkai buru batzar- le obligase a hacer un esfuerzo añadido.
Los pronósticos no erraron. El «chico formal» de Alonsotegi, de familia nacionalista de toda la vida, hijo de un trabajador de la fábrica de aceros, el dirigente discreto y poco amigo de estridencias al que Arzalluz despreciaba llamándole «maestrillo» -es diplomado en Magisterio por la rama de Filología vasca, aunque nunca ejerció-, no despertaba «especial entusiasmo» en el partido en 2007, reconoce un cargo jeltzale cercano a él. Pero, tras pasar la prueba de fuego de su primer cuatrienio en la planta noble de Sabin Etxea, «ha crecido y es un líder indiscutible».
Indiscutido también -hubo un tímido conato de postular a Ibarretxe para hacerle sombra, pero el propio exlehendakari lo desactivó-, Urkullu fue ratificado a mediados de enero como el capitán de la nave para otros cuatro años más (ahora queda por ver que ocurrirá tras ser designado candidato a lehendakari esta tarde). Se ha dejado seducir por los cantos de sirena que, desde dentro del PNV, le han intentado convencer desde de hace tiempo convencerle para que diese un paso que, por exigencias de la inveterada bicefalia jeltzale, le forzaría a dejar el EBB. La incógnita se ha mantenido cuatro meses largos, hasta hoy, pero es obvio que ha ganado enteros: muchos piensan en él como el único antídoto fiable contra un posible rival como Arnaldo Otegi.
El ajedrecista y sus notas
La única certeza a estas alturas es que solo ha tomado la decisión tras haberla sopesado hasta la extenuación. «Es exhaustivo y constante. Se parece a un jugador de ajedrez, siempre pensando en el siguiente movimiento», disecciona un miembro de su equipo. Urkullu anota, de hecho, con su letra prieta, los pormenores de cada reunión en cuadernos de tapa negra. Después, cuando toca discutir un asunto, saca la correspondiente libreta. Nadie puede rebatirle entonces lo que ha quedado ya primorosamente documentado de su puño y letra.
Ese carácter metódico, prudente y reservado, nada proclive a permitirse la más mínima licencia -no hizo ningún comentario en su entorno laboral sobre su proclamación como el hombre preferido por las españolas para tener una aventura, según una encuesta-, le hace pasar en ocasiones por un hombre gris y sin chispa. «Sexy», le gritó una simpatizante en un mitin. Se ruborizó levemente, igual que cuando le cuentan chistes procaces. Quienes comparten con él los desvelos de la política diaria, sea desde las filas propias o ajenas, aseguran que, pese a su severidad, es afectuoso en el trato. Afable y educado. «Gana mucho en las distancias cortas, es más ameno de lo que parece», desvela Antonio Basagoiti, presidente del PP vasco, que agradece su discreción.
Urkullu puede jactarse, de hecho, de que solo se sabe lo que él quiere que se sepa. Ejerce un control férreo para evitar filtraciones indeseadas. Sus reuniones con José Luis Rodríguez Zapatero han aparecido con frecuencia en las páginas de los diarios. Con ellas se ha ido construyendo una imagen de «hombre de Estado» que ahora glosan sus incondicionales. «Ha hecho de un partido pequeño un referente», insisten. Pero cuando opta por el secretismo, se emplea a fondo. En una ocasión se encontró con otro conocido dirigente vasco. Habían preparado a conciencia la cita: en un hotel de Bilbao, cada uno tenía su propia llave electrónica de la habitación y habían previsto salir por separado por el garaje. Pero, al terminar, se encontraron con una rueda de prensa atestada de periodistas deportivos. Nadie se percató de su presencia.
Más de despacho que de púlpito, el tono mitinero nunca ha sido su fuerte. Es la antítesis de Arzalluz. No improvisa nunca, no dice nada que no haya preparado, se apoya en sus colaboradores para armar sus discursos y es de los pocos políticos vascos que utilizan "prompter", aunque los militantes de a pie comentan «lo mucho que ha mejorado» su oratoria. Se desenvuelve con cierta soltura en inglés, tras estudiarlo durante años.
Se ha entregado con devoción al partido. Es capaz de enviar más de uno, de dos y de tres correos electrónicos un domingo. Vive «por y para» el PNV. Muy madrugador, llega a las ocho de la mañana a Sabin Etxea. Para entonces ya ha visto los informativos en televisión y se ha leído todos los periódicos en su IPad. Es un devorador de libros. En ficción prefiere la novela histórica de Tony Judt o Toti Martínez de Lezea. Para lecturas más sesudas se decanta por Max Weber o el tándem Ulrich Beck-Anthony Giddens, dos sociólogos europeos que han teorizado sobre los desafíos de la modernización. En el ámbito más cercano, Ander Gurrutxaga.
No tiene horario para dar por concluida la jornada laboral. Todo su tiempo de ocio se lo dedica a su familia. Su mujer -Lucía Arieta-Araunabeña, con la que se casó muy joven y tiene tres hijos ya crecidos- es tan discreta como él. Le acompaña a todos los mítines, aunque siempre en segundo plano. Apenas hay fotos de ellos juntos. Urkullu colgó una en su blog de la mañana de Nochevieja, que aprovechó para subir al Gorbea con su familia y un puñado de amigos y compañeros de partido. El monte, la bicicleta, los libros y los paseos son sus pasatiempos predilectos. Futbolista en sus años mozos, dejó hace tiempo de tocar el txistu, pero colecciona instrumentos de viento. Zapatero, con quien ha llegado a forjar una curiosa amistad, le regaló en su despedida libros de partituras y una colección de discos.
La apuesta por Zapatero
Su relación con el expresidente es, posiblemente, el sello más genuino de su primer mandato. Y eso que, cuando se conocieron, ambos arrugaron la nariz. Zapatero estaba aún en la cresta de la ola, en pleno auge del talante y la 'baraka'. No le veía el punto a aquel nacionalista taciturno al que acabó abrazando al despedirse. «Nadie más lo veíamos en el EBB. Pero él insistió. Fue su apuesta más arriesgada», confiesa Andoni Ortuzar, que recuerda que el trauma del desalojo de Ajuria Enea estaba aún reciente. Pero Urkullu -detalla el líder del BBB- se dio cuenta de que no podía ni quedarse noqueado ni llevar al partido «a una radicalidad de tierra quemada». Guiado por esa intuición, se salió con la suya «ladrillito a ladrillito».
Su mayor satisfacción personal ha sido el fin de ETA -marcado por las frustradas negociaciones de Loyola y persuadido de que esta vez no podía dejarse ningún fleco suelto, ha echado horas en charlas con los líderes de la izquierda abertzale para reforzar su apuesta por las vías pacíficas-. Pero su mayor éxito político ha sido aproximarse a ese gobierno desde la oposición que se fijó como objetivo, aunque no le guste la expresión -original de Ibarretxe- por considerarla algo presuntuosa.
Recuperar la Lehendakaritza es, de hecho, el reto que le obsesiona en el corto plazo. Y en la que se ha embarcado de pleno. Su pérdida fue crítica para él. Incluso le hizo abandonar su mesurado tono de siempre. Aunque «nunca se deja llevar por las tripas ni pierde los papeles» -que se sepa, solo ha echado una vez a alguien de su despacho-, en aquellos días amargos de 2009 llegó a hablar de «golpe institucional» para referirse al pacto PSE-PP.
El hombre hermético
Ha hecho una oposición feroz a Patxi López, aderezada con los logros en forma de inversiones y transferencias que le han reportado sus acuerdos con Zapatero. Su privilegiado trato con él lo ha convertido en la pesadilla del lehendakari. «Filtró a la prensa hasta los platos que le habían servido en La Moncloa», comentan en círculos del PSE, que creen que Urkullu se avinagró tras el cambio de ciclo político. Sus críticos creen que no ha hecho especiales méritos al margen de estar en el lugar adecuado en el momento justo. «Lo ha tenido bastante fácil», dicen. Hasta su antagonista interno, el inefable Joseba Egibar, ha encadenado un patinazo tras otro: su apuesta por el soberanismo puro y duro en Gipuzkoa se estrelló en las urnas con el ímpetu de Bildu, y perdió su apuesta por Iñaki Gerenabarrena, presidente del PNV de Álava, en el proceso interno. Urkullu, que paradójicamente ha visto reforzada su vara de mando con el revés electoral en ambos territorios, tendrá ahora casi todo el EBB de su lado.
La buena estrella le ha favorecido a consolidarse como líder. El desalojo de Ajuria Enea apartó de la primera línea a un Ibarretxe que se había convertido para él en una molesta piedra en el zapato con su afán por la consulta. De hecho, el exlehendakari fue protagonista de uno de los episodios más extraños e incoherentes de la biografía de Urkullu: aquel en el que confesó a la periodista María Antonia Iglesias su difícil relación con él y los «actos de fe» que se veía obligado a hacer para llevarla adelante. «Uno no puede expresar sus sentimientos más humanos porque son utilizados», dijo después. Desde entonces, se ha vuelto más hermético si cabe. Nunca deja traslucir cansancio o debilidad. De puertas adentro también ha toreado «con temple», aunque el 'caso De Miguel' de presunta corrupción y espionaje en Álava le hizo hervir la sangre.
Pasión por la política
En la definición de hombre de partido debería aparecer su foto. Su "núcleo duro" sigue siendo el célebre grupo de los "jobubis" -jóvenes burukides vizcaínos- que ha culminado limpiamente su "asalto" a las estructuras de poder jeltzale y en el que se integran Ortuzar, Joseba Aurrekoetxea, José Luis Bilbao, el nuevo burukide Koldo Mediavilla, Aitor Esteban o Iñigo Iturrate, entre otros.
Urkullu, afiliado al PNV desde unos meses antes de cumplir la edad legal, vivió la política desde muy joven con la pasión y la efervescencia propias de la Transición y sigue dedicado en cuerpo y alma. De ahí tal vez su frugalidad: casi todos sus almuerzos son de trabajo y no se molesta en comer más de lo necesario. No se deja tentar por nada que le distraiga de sus objetivos. En una ocasión, viajaba desde París a Washington con seis colaboradores. Por cambios en el vuelo, les asignaron billetes de 'business' a todos menos a él. Cada uno de sus acompañantes insistió en cambiarle el asiento. Se negó en redondo. Viajó solo y estoico en clase turista, encajonado entre otros dos pasajeros. Seguramente, pensando en su próximo movimiento en el tablero de ajedrez.
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