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El túnel de la Engaña: pasaje a ninguna parte

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El túnel de la Engaña: pasaje a ninguna parte

Al pie del puerto de Estacas de Trueba, entre Burgos y Cantabria, se encuentra el primer gran túnel ferroviario construido en España. Jamás se utilizó

22.03.12 - 18:02 -
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Me di la vuelta no sin antes fijar la vista en su único ojo, una galería que se perdía gradualmente en las entrañas de la montaña, entre goteras que caían del techo agrietado de hormigón como si alguien se hubiera dejado el grifo abierto. El fantasma de lo que pudo haber sido y nunca fue. El túnel de La Engaña.
La estación abandonada de Yera se levanta al pie de Estacas de Trueba, el primer puerto de la cornisa cantábrica que se cubre de nieve todos los años. Es un paisaje con algún que otro árbol, pero pelado y azotado por el viento conforme va ganando altura. Ovejas, vaques, el ro-ro del agua deslizándose entre las piedras, aroma a sobaos... Cambién el aguardiente por whisky y tendrán una belleza sencilla, como las Highlands en Escocia. Cuando el cielo deja de llorar lluvia sobre ese lienzo de pastizales escalonados, los rayos de sol se abren camino entre las nubes y a uno le parece estar viendo ‘Marcelino Pan y Vino’.
El túnel de la Engaña: pasaje a ninguna parte
Hay que estar atento para no pasarse de largo el desvío. La estación de Yera se materializa de pronto, incongruente, en la ladera de la montaña. Nadie que no vaya buscándola sabe muy bien qué pinta ahí. El sentido común aconseja no adentrarse mucho con el coche y cubrir los últimos metros a pie, entre casas devastadas por el tiempo, las ventanas tapiadas y reventadas de nuevo a martillazos. Lo más posible es no cruzarse con nadie, quizá un caballo de los muchos que pastan en los alrededores, atraído por la curiosidad. Una pintada corona el refugio desde donde se domina una playa de vías sin raíles. “Ni un día más despreciemos el esfuerzo de nuestros mayores”.
Una familia de portugueses se ha atrevido a conducir hasta la estación, construida en mortero y con esquineras de piedra de sillería; la niña jugando al hinque donde debía aflorar el balasto y sólo hay tierra encharcada. Dicen que les gusta este sitio y que vienen de vez en cuando, que no se explican cómo el Gobierno no le saca partido, “pone un merendero o algo”. Conocen la historia porque otros muchos se la contaron antes a ellos. Una historia de las buenas, de sangre, sudor y lágrimas; de esas que te atrapan más cuanto menos te la esperas. Me hablan de los destacamentos de trabajadores forzados que se reclutaron al término de la Guerra Civil en campos de concentración como el de Valdenoceda para abrirse camino bajo la Cordillera Cantábrica. El Gobierno de Franco quería unir por tren Santander y Valencia, y decidió echar mano de la mano de obra barata que eran los prisioneros de guerra.
El túnel de la Engaña: pasaje a ninguna parte
Llegaron a trabajar allí más de 500, repartidos entre la boca norte -la cántabra, con salida a Vega de Pas- y la sur, en Pedrosa de Valdeporres, provincia de Burgos. 6.976 metros de galería que estaba previsto concluir en 50 meses y que se prolongó dieciocho años, entre 1941 y 1959. Los reclusos vivían en barracones y, cuentan los del lugar, que llegaron a disponer hasta de iglesia, magro consuelo si uno había combatido a las órdenes de la República. Con el paso del tiempo tomó el relevo la empresa Portolés, de Zaragoza, pero el ritmo de ejecución apenas se resintió. El proyecto fue perdiendo fuerza conforme llegaba a su final y los trabajos se abandonaron a falta de 50 kilómetros de Sarón, donde estaba previsto que la línea conectase con el ferrocarril de Santander. Ni siquiera llegaron a instalar las vías y lo que quedó en su lugar fue una explanada, salpicada hoy en día de baches como cráteres.
Pero el que estaba llamado a ser el túnel ferroviario más grande de España -hasta que se construyó el del Ave entre Atocha y Móstoles- estaba herido de muerte antes incluso de ver la luz. La mala calidad del hormigón empleado -tenía aluminosis- y el nulo mantenimiento no tardaron en cobrarse su peaje. Las humedades asoman por doquier y en 1999, a tres kilómetros de la entrada por Burgos, se produjo el primer derrumbe. De nada sirvieron los 4.200 arcos de acero que encofran la galería. La decrepitud avanza a marchas forzadas. Primero se prohibió el paso de camiones -que escogían esta ruta cuando la nieve cerraba el puerto del Escudo-, luego el de bicicletas. Incluso cruzarlo a pie se ha convertido en una temeridad.
En 1985, el Gobierno de Felipe González decidió dar carpetazo a la línea al renunciar a todas las vías férreas que no cubriesen el 23% de su coste de explotación. La Engaña -y los cuatro túneles que le preceden del lado cántabro- se hundió en el olvido, al tiempo que la yedra y el musgo se adueñaban de los apeaderos y depósitos, los barracones y escuelas. Hoy sólo es una sorpresa más que esconde un recodo del camino.
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