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Billy Wilder, reportero

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Billy Wilder, reportero

El director de 'Con faldas y a lo loco' se dedicó al periodismo antes que al cine y conoció a Pío XII, Otto de Habsburgo, Richard Strauss, Sigmund Freud, el millonario Zaharoff y el príncipe Yusupov, que mató a Rasputín

21.04.12 - 16:57 -
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Billy Wilder, reportero
Wilder con Marilyn, durante el rodaje de 'Con faldas y a loco'.
Estudios de Paramount. 1941. El guionista judío y director de cine en ciernes Billy Wilder se levanta para saludar a Otto de Habsburgo, heredero del inexistente imperio austrohúngaro y bestia negra de Hitler por su rechazo a la anexión de Austria. Wilder, huido ocho años antes de la Alemania nazi, no sabe cómo tratar a su alteza imperial, así que sólo se le ocurre: “¿Qué le trae por aquí?”.
El ilustre “paisano” impartía conferencias en universidades norteamericanas y había aprovechado la ocasión para conocer Hollywood. La última vez que Billy y Otto habían coincidido fue en Viena en 1916. El primero tenía diez años, y el segundo era un crío de cuatro que desfilaba a caballo en el cortejo fúnebre de su tío bisabuelo, el emperador Francisco José. El trono había ido a manos de Carlos I, padre de Otto, y el pequeño jinete cabalgaba detrás de la comitiva con un uniforme blanco de los húsares de Hovend y una pluma blanca en el chacó. Los Wilder contemplaron la escena desde la segunda planta del Café Edison, en la Ringstrasse. El padre de Billy dijo: “Ahí va el futuro emperador”. Sin embargo, la historia caminó en otra dirección. O mejor, en muchas direcciones. Los Habsburgo, por ejemplo, residieron nueve años en Lekeitio.
Billy Wilder, nacido Samuel en 1906 en la Galitzia polaca, en aquella época una posesión austrohúngara, y fallecido en Hollywod en 2002, fue periodista en Viena y Berlín antes de aterrizar en el cine, primero en Alemania y luego en Estados Unidos. Su experiencia como reportero, además de bailarín y gigoló ocasional, le proporcionó un material que cualquier historiador hubiera vertido en voluminosos libros, pero que él volcó en guiones (‘Ninochtka’, dirigida por Lubitsch) y películas (‘Un, dos, tres’). Testigo del desplome de Centroeuropa, la casualidad le brindó años después la ocasión de refrescar el dialecto vienés con el príncipe de sus sueños infantiles, Otto de Habsburgo, otro desplazado como él. En su autobiografía (‘Nadie es perfecto’), Wilder recuerda que en aquel encuentro de Hollywood habló al heredero de las privaciones de la Primera Guerra Mundial; pero éste “quería saberlo todo sobre Nelson Eddy y Jeanette McDonald (actores)”, y se ofreció como consejero para una película sobre la monarquía austriaca.
La biografía de Billy Wilder, cuya madre murió en Auschwitz, contiene útiles enseñanzas para comprender el presente, en el que parece que cualquier cosa puede ocurrir de un día para otro. En los años veinte y treinta del pasado siglo, las estrellas de cine, los magnates y los arribistas también disputaban el fervor del pueblo a los reyes y jefes de Gobierno. El propio Wilder admiró en su juventud al actor Douglas Fairbanks (padre) porque, durante los días de la inflación, “¡quiso comprar Austria!”. “Ofreció nada menos que diez millones de dólares por el país entero: con valses y todo. Por aquel entonces eramos un país diminuto, pero aun así... Aquello me gustó. Otro millonario había querido comprarse un castillo francés, una isla griega... Pero no Fairbanks. El quería un país entero. A eso lo llamo yo clase; él era mi modelo de héroe”.
En el libro ‘Aquí un amigo’, Kevin Lally recuerda que Wilder, que escribía sobre deportes y crímenes, era hábil para conseguir exclusivas. Conoció al cardenal Pacelli, más tarde Pío XII, y fue el primero en entrevistar personalmente al hombre más rico del mundo de aquella época, el traficante de armas Basil Zaharoff, a quien dejó perplejo por su osadía. En 1925, la publicación austriaca ‘Die Stunde’ le encargó que pidiera a varias personalidades su opinión sobre el fascismo de Mussolini, y en un mismo día habló con el compositor Richard Strauss, con el psiquiatra Alfred Adler y con el dramaturgo Arthur Snichtzler, aunque fracasó con Sigmund Freud. El profesor examinó su tarjeta de presentación y espetó: “¡Ahí tiene usted la puerta!”. Una reacción que el aludido consideró un honor el resto de su vida.
En Berlín, Wilder se ganó la vida como ‘freelance’. A la caza de noticias, entrevistó un personaje que hoy parece surrealista: el príncipe ruso Yusupov, cabecilla de la trama que asesinó a Rasputín y exiliado, como decenas de miles de compatriotas, a causa de la revolución soviética. Yusupov asistía en la capital alemana al estreno de una obra de teatro sobre su víctima, y Wilder se sentó detrás de él para interrogarle sobre la representación. “Es una porquería”, declaró el noble, que pensaba que el autor no había captado el sentido de la historia. “¿Y cuál es la verdadera tragedia?”, preguntó el futuro director de ‘Sabrina’, ‘Con faldas a lo loco’ y ‘Perdición’. “Nos equivocamos de hombre. Tendríamos que haber matado a Lenin; y a Trotsky también, ya puestos”.
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