La última ballena

20 metros de longitud y varias toneladas, varados en Lapatza. Fue precisamente la aparición de otro ejemplar la que cambió la vida de nuestros antepasados. Y la nuestra

JON URIARTE
Imagen de la ballena varada en los acantilados de Lapatza, en Elantxobe. /Maika Salguero/
Imagen de la ballena varada en los acantilados de Lapatza, en Elantxobe. /Maika Salguero

El olor era tan fuerte que desde la Sociedad para el Estudio y Conservación de la Fauna Marina aconsejaron que no se accediera a la zona, dado el riesgo sanitario. 11 días después, las autoridades confían en que las mareas la devuelvan al mar. Caso contrario, será incinerada. Triste final para uno de los animales más espectaculares del Planeta. Una ballena. Para ser correcto debería decir un rorcual común. 20 metros de longitud y varias toneladas de misterio, varados en Lapatza. ¿Qué le pasó? ¿Por qué acabó aquí? Ya sé lo del ciclo de la vida y que poco o nada ayudamos a su supervivencia. Pero el adiós a una ballena siempre resulta inquietante. Como si nuestra fecha de caducidad estuviera más cerca.

El 31 de diciembre de 2004 aparecieron restos de otra en Matxitxako. En este caso tenía el cráneo partido. Puede que lo recuerden. Aunque pasó sin pena ni gloria. Así somos. Cierto que es un marrón que uno de estos ejemplares acabe varado y pudriéndose en tu costa. Y tampoco olvido que hay cosas más preocupantes en estos inciertos tiempos en los que la procesión va por dentro y el monte Calvario se llama Crisis. Pero no es justo. Porque en esos gigantes del mar hay mucho de nosotros. Fue precisamente la aparición de una ballena en la playa, la que cambió la vida de nuestros antepasados. Y con ella, la nuestra.

En la Edad Media el cultivo del cereal era clave para la alimentación. En el sur del territorio vasco se daba bien, pero en el norte había que buscar alternativas. Por eso, aquellos hombres y mujeres comenzaron a mirar un poco más hacia el mar. Cierta mañana, apareció muerta una ballena. Fruto de la curiosidad, y del hambre, se animaron a catar su carne. Así lo intuyen la mayoría de los historiadores y antropólogos. Desde ese día, decidieron asomarse a los acantilados, para buscar en el horizonte su silueta. Algo que resultaba sencillo con la Euskal Balea. Esta especie aguantaba largo tiempo bajo el agua y, al salir a respirar, el chorro de su surtidor se veía a gran distancia. Además, nadaba en grupo y se acercaba más que otras ballenas a la costa. Lo que facilitaba su captura. Total, que decidieron capturarlas. Y así nacieron las txalupas. Embarcaciones, de unos 10 metros de largo por 2 de ancho, con capacidad para 12 personas. 10 remeros, el timonel en popa y el arponero en proa. Dado que el trabajo era arriesgado, pero ofrecía pingües beneficios, decidieron construir naves más grandes. Para ello, tomaron buena nota de lo que hacían los noruegos. No fue fácil. En un principio aquellos expertos navegantes fueron muy hostiles. Pero los posteriores acuerdos entre reinos, y la consiguiente relación comercial, permitieron el acercamiento.

Balleneros vascos

De esa forma, nuestros antepasados aprendieron y adaptaron el sistema. Entre los balleneros vascos, la preferida era la carabela. Más segura que la txalupa y con capacidad para 50 personas. De hecho contaban con hornos para derretir la grasa, poleas para subir la ballena a cubierta y una sorprendente versatilidad para transformarlas en barcos de guerra o naves comerciales. Eso hizo que los vascos se convirtieran en admirados constructores y recibieran muchos pedidos de Francia y España. Lo mismo construían rápidas fragatas que poderosos galeones. Con ellos recorrieron los balleneros mares y océanos. Una actividad que les obligaba a estar largo tiempo fuera de casa. Y eso nos lleva a otro punto. La mujer. Entre los vascos, la viuda ocupaba asiento en Juntas o en reuniones vecinales tras fallecer el marido. Pero las largas temporadas de pesca provocaron un nuevo cambio, que fue más allá. Era la mujer quien tomaba las riendas de la casa, algo habitual en pueblos de pescadores o cazadores, pero también participaba en la vida municipal, algo inusual en la mayoría de ellos.

Curiosamente, apenas consumíamos ballenas. Comerciábamos con ellas. El aceite y la lengua para Francia y la grasa para España, Inglaterra y Holanda. A tal punto llegó su valor, que fueron muchas las disputas entre pueblos por ver quién se quedaba con los ejemplares varados. Mucho se ha hablado de la famosa ballena por la que rivalizaron los vecinos cántabros de Laredo y Santoña. Aun hoy, se acusan mutuamente de comérsela. Pero peor fue lo sucedido entre Zarautz y Getaria. Tan enconada fue allí la disputa, que acabó pudriéndose en la playa. Sus huesos se encuentran expuestos actualmente en el Aquarium de Donostia. Y si creen que eso no pasaba en Bizkaia sepan que, en 1547, Bermeo, Elantxobe e Ibarrangelua acabaron enfrentándose en los tribunales para decidir quién, cuándo y hasta dónde podían cazarlas.

Fue tal la importancia de las ballenas, que influyeron en rituales religiosos, fiestas paganas y acuerdos comerciales. No es raro pues que aparezcan en los escudos de Bermeo, Lekeitio, Ondarroa o Plentzia. Ellas nos trajeron prosperidad, junto a cambios industriales, culturales y sociales. Y en pago, nada nos pidieron. Ni antes ni ahora. Tampoco nos guardan rencor, pese a que siempre las perseguimos y cazamos. Siguen dejándose llevar por la corriente, para acabar varadas en nuestra costa. Pero ya no las queremos. Nos molestan. Y ahora peleamos por quitárnoslas de encima. Es el sino de los tiempos. Lo que antes era apreciado, se pudre bajo un acantilado. Aun así, espero que no fuera ésta la última ballena. Que habrá otras por esos mares. Porque mucho de lo que somos se lo debemos a una de ellas. La que hace un puñado de siglos decidió que su última lágrima cayera en nuestra arena.

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