Un día de diciembre de 2002, Vitoria, su ciudad natal, le hizo a Alberto Schommer un inusual regalo. Schommer tenía ya una calle en la capital, así que el homenaje fue otra cosa. No consistió en poner su nombre a un museo, o a una sala de exposiciones, o a cualquier otro proyecto relacionado con su desempeño profesional, la fotografía. La ciudad le dedicó un haya. Un esbelto ejemplar de haya del parque de La Florida, el dieciochesco parque por el que Schommer caminaba de niño camino del colegio. «Veo ese árbol desde que iba al colegio siendo niño y siempre lo he visto como un monumento o una escultura. Le tengo tanto aprecio que me he referido a él en varios de los escritos que he redactado en mi vida», dijo entonces. Su haya y la pequeña placa en su honor colocada a sus pies siguen, seguramente desapercibibos para muchos vitorianos y visitantes.
Schommer, que ronda ya los 84 años, sigue teniendo una capacidad especial para ver la belleza donde otros no lo hacen.Y también una sorprendente habilidad para disfrutar con las pequeñas cosas, con volver a ver el haya que permanece en su retina desde niño o con ilusionarse con una pequeña exposición de su obra; él, que ha sido uno de los grandes fotógrafos españoles de todos los tiempos.
Ocurre esta semana en Valencia. Una librería, Railowsky, presenta una retrospectiva del artista con veinte de sus más conocidas obras. Se dice que una imagen vale más que mil palabras, pero Schommer tuvo que utilizar muchos miles más para conseguir cada una de las imágenes. Cómo si no convencer a Andy Warhol y a su ego, que posiblemente era del doble de su tamaño, para que posará envuelto en una bandera americana con una brocha en la mano, pintando sus rayas rojas. O cómo conseguir esas maravillosas fotos de la Transición, con el recién difunto Manuel Fraga retratado con un signo de interrogación en la frente, todo un símbolo de que el futuro, en aquellos turbulentos setentas, estaba por escribirse. Schommer también hubo de enredarse en discusiones con cardenales como Tarancón, para ponerle a levitar asido a un crucifijo, o con otros ministros de Franco, como Gregorio López Bravo, al que situó con un bebé en brazos.
Franco, narra Schommer, ordenó a sus colaboradores que no posaran para aquel retratista que él consideraba alemán, por su apellido, ignorando su origen vasco. “Franco no hubiera podido impedir mi trabajo”, asegura ahora. “No hubiera tenido más remedio”.