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El gran Manolo

Las lágrimas del presidente del Sporting al destituir a Preciado revelan la honda huella dejada por el técnico no sólo en el equipo asturiano, sino también en el fútbol español

02.02.12 - 17:59 -
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Suele ocurrir con relativa frecuencia que al presidente de un club se le salten las lágrimas cuando despide a un jugador emblemático. Todos recordamos algunas escenas muy emotivas en ese sentido, de esas que barren en la televisión, escaparate perfecto de todo tipo de congojas. Lo que no resulta nada habitual es que esas lágrimas las provoque el cese de un entrenador. Y es que son muy raros los casos en los que un técnico hace una extensa carrera en el mismo banquillo y llega a conquistar no ya el corazón de los aficionados, sino el de los dirigentes que lo han contratado. Manolo Preciado es una de esas excepciones. Manuel Vega-Arango no pudo evitar las lágrimas cuando el martes por la mañana anunció la destitución del que ha sido su entrenador durante las últimas seis temporadas. Y seguro que miles y miles de seguidores sportinguistas le acompañaron en el sentimiento. Me temo que, incluso los partidarios de un relevo en la dirección técnica del equipo, de un cambio que traiga aire nuevo, habrán celebrado la marcha de Preciado con el mismo entusiasmo con el que celebrarían una dolorosa amputación que les permitirá seguir viviendo.
No puedo hablar de cómo se ha gestado el cese del entrenador cántabro. No conozco la causa para que esta vez, a diferencia de pasadas crisis de resultados, algunas incluso más graves que la actual, la directiva del club gijonés haya adoptado una decisión tan traumática. No sé, quizá el propio Manolo haya dado alguna señal de cansancio o haya mostrado alguna flaqueza de ánimo que los directivos no detectaron en las malas rachas anteriores. O puede que haya sido el propio técnico de Astillero el que no ha querido pelear más por su puesto, cansado de su destino inclemente, de bracear y bracear, una temporada tras otra, para alcanzar, extenuado, la orilla de la permanencia. Sea como fuere, que Preciado no continúe en el Sporting viene a demostrar la imposibilidad de que en el fútbol español se produzcan fenómenos de durabilidad como los que se producen en el británico. Un Ferguson o un Wenger, es decir, un técnico que con su trabajo de años, en las duras y en las maduras, se convierte en un patrimonio del club mucho más importante que los propios jugadores, nunca será posible en este país, tan lleno de gente voluble.
Me apena la marcha de Manolo Preciado y ya hago votos, como los hace toda la Mareona, para que su ausencia en los banquillos de Primera sea lo más corta posible. Y es que su baja deja un doble vacío. Por un lado, el futbolístico. Manolo es un magnífico entrenador. Su trabajo en el Sporting, al que rescató de la Segunda y le ha mantenido en Primera durante cuatro temporadas, ha sido sencillamente espectacular, mucho más meritorio, sin duda, que el de algunos colegas suyos de ego oceánico que tienen a su disposición plantillas que son como escuadrones de los Navy Seals y luego se pasan la vida quejándose o pidiendo más refuerzos al Estado Mayor cada vez que una bala del enemigo les pasa silbado por encima de la cabeza. Pocas veces se ha visto hacer un cesto tan apañado con unos mimbres tan escasos como el que ha hecho Preciado con el Sporting en estos últimos años. Y pocas veces se ha visto a unos jugadores dejarse el pellejo por su entrenador en los momentos de crisis como lo han hecho los sportinguistas por su míster.
El otro vacío, no hace falta decirlo, es el humano. El técnico de Astillero es una de esas personas que podrían considerarse un bien público. La vida le ha dado razones sobradas para la amargura. Nadie podría objetarle nada si, tras sufrir golpes brutales como la muerte de su esposa, de uno de sus hijos y de su padre en un absurdo accidente, se hubiera convertido en un hombre profundamente desengañado. Bien mirado, sería lo normal. Lo extraordinario es encontrarse con que alguien así tiene coraje para guardarse la tristeza, aprender a llorar en soledad y convertirse en un hombre que va por el mundo irradiando buen rollo y repartiendo sentimientos nobles. No es extraño que, desde el martes, cuando se conoció su marcha, no hayan dejado de crecer los aficionados al fútbol que suspiran por su regreso.
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