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Elogio de la convicción

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Elogio de la convicción

Tras la lección que el Barça impartió el pasado sábado en el Bernabéu, Xavi explicó con asombrosa lucidez lo que había ocurrido: los culés tienen un estilo; el Madrid, no

14.12.11 - 19:50 -
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Elogio de la convicción
Xavi celebra su gol en el Bernabéu./ Efe
No es muy habitual que las entrevistas que se realizan a pie de campo al término de los partidos aporten algo interesante. Todo lo contrario. Por lo general, acostumbran a ser un anodino juego de asentimientos mutuos perfectamente prescindible. Los protagonistas, cogidos a lazo, despachan el trámite del micrófono con lugares comunes o evasivas. Lo máximo que consigue algunas veces el informador es sorprender al entrevistado en pleno mosqueo y que éste se despache a gusto con unas declaraciones llenas de sapos y culebras de las que ya está arrepentido cuando ha terminado de ducharse. A eso se le llaman 'rajadas', un producto cotizadísimo en el mercado audiovisual.
Hay ocasiones, sin embargo, en que incluso en este tipo de entrevistas llenas de balbuceos se encuentra una pepita de oro. Ocurrió el sábado. El Barça acababa de enmudecer una vez más el Santiago Bernabéu y Xavi Hernández enfilaba hacia el túnel de vestuarios. Antes de entrar, más fresco que una lechuga tras haber dado dos o tres millones de pases, el jugador de Terrassa se paró frente el micrófono inquieto de Susana Guasch. La periodista sabía muy bien a donde apuntaba. Sabía que Xavi es un tipo inteligente y locuaz que a los informadores nos da el trabajo hecho. Uno podría irse a hacer unos recados o a tomarse unas cañas y regresar al cabo de media hora a recoger la grabadora sin que la entrevista se resintiera en absoluto. Es más, la duda que te queda con Xavi es si tiene sentido hacerle preguntas en lugar de dejarle explayarse a gusto en un largo monólogo. Pues bien, en poco más de un minuto, el tiempo de tres respuestas, el centrocampista del Barça hizo una disección exacta de lo que había sido el clásico. Imposible resumirlo mejor.
Habló Xavi Hernández de la convicción con la que juega su equipo, de la fe inquebrantable que tiene en su estilo; una fe cuya solidez fue puesta a prueba –y de qué manera– a los 23 segundos del partido. El gol de Benzema pareció el hito inaugural de un nuevo tiempo: el de la hegemonía del Real Madrid. Los blancos habían llegado a la gran cita en un estado cercano a la euforia, como líderes destacados de la Liga y convertidos en una maquina de hacer picadillo a sus rivales. Quinientos millones de euros después, lo tenían todo a su favor. El Barça, por el contrario, había transmitido algunas dudas y ciertas melancolías, sobre todo fuera de casa. Y más de uno se preguntaba si los pupilos de Guardiola, tan saciados de títulos, habían perdido un poco de hambre. En esta tesitura, el gol en contra en el primer minuto vino a poner a prueba como nunca las convicciones del Barça. Su respuesta fue colosal. Guardiola se salió. ¡Hay que tener seguridad en uno mismo, confianza en sus jugadores y dos cojones bien puestos para ponerse a jugar con tres defensas en una noche así y ante el equipo que mejor contragolpea del mundo! Pues esto es lo que ordenó el técnico culé. Y poco a poco, toque a toque, como una bella melodía que al principio se escucha un poco lejana y termina sonando a todo volumen, el Barça fue imponiendo su estilo hasta acabar acomplejando de nuevo a su eterno rival.
El golpe ha tenido que ser muy duro para el Real Madrid, que no encuentra el antídoto para el veneno que le está matando. El clásico le desnudó de nuevo. Su problema sigue siendo el mismo: no tiene una gran idea sobre la que crecer como la tiene el Barça. El Madrid es una acumulación de futbolistas excepcionales, de un poder devastador, que apenas tiene rivales y gana los partidos por aplastamiento. No hay otro más fuerte ni más veloz. Lo dirige el entrenador más famoso del mundo, un señor mediático y todopoderoso del que nadie discute su capacidad de liderazgo, ni mucho menos sus extraordinarias facultades para conseguir un ascendente brutal sobre jugadores. Las sectas existen porque existen tipos como 'Mou', capaces de convencer a unos chicos famosos y millonarios de que se tiren por un acantilado al paso del cometa Halley.
Lo que ya empieza a discutirse un poco es que sea también el gran genio de la estrategia, el 'sursum corda' de la pizarra. Con balón, la verdad, uno no diría que el Real Madrid es un dechado de automatismos colectivos (que son los que crea un entrenador), sino más bien un soberbio despliegue de talentos individuales (que se consiguen básicamente con millones). Algunos, qué le vamos a hacer, debemos ser un poco duros de mollera, pero todavía no le hemos visto grandes genialidades a Mourinho. No nos lo pareció defender hasta con la suegra en el Camp Nou el día que eliminó al Barça de la Champions con el Inter. Ni tampoco meter a Pepe en el centro del campo para que trate a Messi como si fuera un felpudo, como hizo la pasada temporada, ni situar a Coentrao de lateral derecho el otro día, ni plantearle al Barça una presión agónica y comanche que sólo puede sostenerse durante media hora.
Más allá de estas consideraciones, el verdadero problema de Mourinho, y por extensión del Real Madrid, es el que decíamos líneas arriba: no tiene una gran idea sobre la que cimentar un estilo. Es cierto que esta carencia le resulte intrascendente en el 99% de los partidos, es decir, en tantos y tantos combates en los que al Madrid le basta con su puño de hierro. Pero contra el Barça eso no es suficiente. Para contrarrestar a ese equipo que ya es leyenda y terminar con su hegemonía se necesita de una idea poderosa en la que creer tanto como Guardiola cree en la suya. Y el Madrid no la tiene. Su única idea –y esto refleja su inferioridad– es ganarle al Barça como sea. ¿Cómo? Mourinho todavía no lo sabe. Tampoco lo saben sus jugadores. Xavi, en cambio, lo sabía muy bien. Esta es la gran diferencia.
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