Yo era de Joe Frazier. Me gusta hasta escribirlo. No entiendo que esta frase tan sencilla no se haya utilizado todavía como inscripción en una camiseta. (Y miren que hay lemas de todo tipo. Esta misma semana he visto dos que me han obligado a perder unos minutos preguntándome por la condición humana, esa cosa tan rara. Uno decía: ‘También soy feo por dentro’. El otro era más provocador: ‘Hasta aquí me llega por las mañanas’, anunciaba). Pero volvamos a ‘Smokin’ Joe, que acaba de morir como mandan los tristes cánones del boxeo: en la ruina, solo como parecía imposible que fuera a estarlo alguna vez, levantando su guardia y enojando su mirada cada vez que un curioso le pedía una fotografía frente a la puerta de su gimnasio en Filadelfia. Por supuesto, se trataba de un ‘gym’ crepuscular, con su ring desgastado, sus bombillas polvorientas, sus carteles de combates gloriosos en el Madison y quién sabe si algún viejo ‘coach’ de apellido italiano soñando todavía con la redención.
Daba un poco de lástima Joe en los últimos años, es cierto, pero nunca dejó de conservar la dignidad del héroe que fue. Ni siquiera cuando se vio obligado a vender su local y los nuevos propietarios, dedicados a la venta de camas y edredones, tuvieron que contratar un camión para que se llevasen toda la nostalgia acumulada y las cenizas de tanto esplendor olvidado. Además, ¿quién no inspira lástima en un momento dado? ¿No la inspira acaso Mohamed Alí, noqueado desde hace años por el Parkinson? ¿O George Foreman, anunciando sandwicheras y amenazando con las llamas del infierno en sus sermones de los domingos?
Creo que me hice de Joe Frazier observando el póster que colgó durante mucho tiempo de una de las paredes de mi habitación, siendo un niño. En él se le veía junto a su gran enemigo, Mohamed Alí. Ambos estaban de perfil y se miraban fijamente, chocando sus guantes ‘Everlast’. Ali era más alto y parecía disfrutar de esa diferencia de estatura. También era más guapo. A su lado, Frazier no dejaba de parecer un sparring «más feo y el doble de negro», como escribió Norman Mailer. La mayor diferencia entre ambos, pese a todo, estaba en su gesto, en su mirada. Alí quería parecer muy enfadado y amenazador. Como siempre, resultaba un poco cómico. La mirada de Joe era fija e inexpresiva, aunque escarbando en ella uno podía encontrar cierto cansancio, como el que siente el que ya está harto de los chistes sin gracia del pesado de su oficina.
No tardé nada en solidarizarme con él y en convertirle en mi preferido. Me importaba un bledo que Cassius Clay -tardamos años en dejar de llamarle así- fuera un héroe al que habían despojado del título mundial por su negativa a acudir a la guerra de Vietnam. Tampoco me importaba demasiado que fuera pluscuamperfecto y que, sobre el ring, volara como una mariposa y picara como una avispa. No soportaba sus muecas de payaso, su palabrería de charlatán, su desprecio al rival. Se ve que, ya de pequeño, me ponían muy nervioso los arrogantes que, además, quieren resultar graciosos. (De ahí, quizá, que cuando ahora veo a Cristiano Ronaldo y Marcelo haciendo ese baile gilipollas tras marcar un gol sienta deseos de que se los lleve una pareja de la Guardia Civil y les tomen declaración).
En Frazier, en cambio, veía el coraje, la valentía, la dureza ante el castigo, la humildad, el afán de superación, la contención como una forma de honestidad... Tápale la boca, Joe. Hazle comerse sus palabras. Eso me decía antes del histórico combate en Manila. Me dolió mucho aquella derrota. Y eso que entonces no supe que, mientras en la esquina de Frazier lanzaban la toalla porque estaba ciego y así no podía disputar el último asalto, Alí estaba pidiendo que le cortaran los guantes porque ya no aguantaba más y creía morirse. Sin duda, fue uno de los grandes momentos de la historia del deporte. He intentado rescatarlo estos días, mientras pensaba en lo orgulloso que me sentí siendo de Joe Frazier.