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Los insensibles

Cantantes, cocineros, deportistas... se han negado a sumarse al dolor o la esperanza alegando que «no hablan de política»

21.10.11 - 13:00 -
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«Yo no hablo de política». Los periodistas lo hemos escuchado muchas veces, demasiadas, a lo largo de estos años. Lo hemos escuchado lo mismo el 19 de junio de 2009, cuando ETA asesinó a Eduardo Puelles, que el 22 de marzo de 2006, cuando la banda decretó un «alto el fuego permanente». «Yo no hablo de política» ha sido una expresión recurrente cuando los periodistas trataban de recabar reacciones de personas importantes de la sociedad vasca, de esos líderes sociales cuyos gestos y palabras son escrutados siempre con curiosidad. Aunque algunos ni siquiera se dignaban en dar explicaciones y tiraban de disculpas inverosímiles: no podían hablar un minuto porque estaban repasando las galeradas de un libro, habían quedado con un familiar para acompañarle a hacer un recado o les esperaba la dura tarea de hacer la maleta para salir de fin de semana.
En todos estos años, ha habido muchas personas que se han negado a sumarse en público al dolor de las víctimas y sus allegados o a la estupefacción de una sociedad desalentada. Tampoco han compartido el suspiro aliviado y la esperanza de los anuncios de tregua. No manifestaban su desazón por un asesinato ni el análisis de su desaparición como «una consecuencia más del conflicto». Han sido insensibles. Han querido mostrarse al margen de cuanto pasaba a su alrededor, han querido vivir en un puesto privilegiado de la sociedad vasca sin mancharse, sin decir ni una palabra que pudiera ocasionarles la menor molestia.
No se trata nunca de personas en situaciones difíciles, que podían sentir cada día el rechazo y la amenaza de quienes no comulgaran con sus opiniones. Todo lo contrario. Con frecuencia han sido ellos -menos importantes, con menos dinero, fama y protección- los primeros en dar la cara en un sentido o en otro. Los insensibles son mucho más relevantes socialmente y mucho más conocidos.
Esos cocineros, santo y seña de la cultura popular vasca, simpáticos, bonachones, pero que no hablan de política. Como si la muerte fuera un asunto político. Esas figuras del espectáculo (actores, cantantes, payasos, magos...), siempre dispuestas a participar en cualquier acto público -sobre todo si les sirve de promoción-, pero que se negaban sistemáticamente a opinar sobre la paz y la libertad, como si eso fuera un tema político en vez de un rasgo esencial de las sociedades democráticas.
Glamurosas presentadoras de TV con millonarios contratos pagados con dinero público que esquivaban mostrar su esperanza -si la tenían- cuando se anunciaba una tregua porque no hablan de política. Como si la tranquilidad de miles de ciudadanos, convecinos suyos, lo fuera. Futbolistas y presidentes de clubes que rechazaban dar su opinión ante la ruptura de una tregua porque no querían opinar de política. Como si la angustia y el sobresalto tuvieran esa consideración.
Escritores, profesores, intelectuales que nunca hallaban un momento para hablar sobre la extorsión porque ellos no se metían en política. Como si las prácticas mafiosas formaran parte del debate parlamentario. Médicos, abogados, arquitectos, comerciantes, gentes conocidas de tantos gremios, presentes en todas las salsas pero sin embargo incapaces de mostrar la menor cercanía con los amenazados porque preferían no manifestarse sobre política. Como si el derecho a vivir en paz lo fuera.
Son los mismos cocineros y figuras del espectáculo, las mismas presentadoras, idénticos deportistas, intelectuales y profesionales tan dados a salir en los medios contando cualquier insignificancia y pidiendo, casi exigiendo, que se les dé publicidad, que se hable de ellos. Eso sí, nada de política, por favor, que no estamos para eso.
Han sido los insensibles. Quienes vivían en Euskadi -algunos fuera, pero muy vinculados a la realidad vasca- como si estuvieran en Finlandia. Sin inmutarse ante el dolor ni la injusticia. No equidistantes entre unos y otros-que eso al menos es una actitud-, sino ciegos y sordos. Eso sí, simpáticos, divertidos y desinhibidos, siempre que no les pregunten por algo que les pueda causar la menor incomodidad. Que las lágrimas de los demás no son las suyas.
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