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Peligro: zona de terremotos

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Peligro: zona de terremotos

28.02.10 - 20:06 -
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Policías trabajan en la búsqueda de sobrevivientes en un edificio destruído. / Foto: Ap | Vídeo: Atlas
Empieza suave, lento, como los temblores que habitualmente castigan a Chile. Continúa porfiado, un poco más agresivo, anunciando que esta vez no está bromeando. Algunos dicen que duró tres minutos, al menos uno de ellos a un ritmo despiadado. Sí, el suelo ondula. Lo comprobaron los habitantes del estrecho país sudamericano que, a las 3.34 horas de la madrugada del sábado debieron, otra vez, como en marzo de 1985, salir a la calle a esperar que la tierra calmara su ira, tranquilizara su malestar.
Los chilenos, expertos en las artes de los terremotos, saben cómo actuar en estas ocasiones. Recuerde alejarse de los vidrios, que pueden explotar. No olvide ubicarse bajo la zona más sólida de su domicilio. Si alcanza, corte la luz. Nunca corra, nunca escape como enajenado; el terremoto está en todas partes. Siguiendo esas premisas básicas, la calle se llena de gente. No se ve nada, Santiago está sin luz, como sin luz quedaron otras ciudades como Concepción –la más afectada con el movimiento telúrico–, o Viña del Mar, repleta de turistas disfrutando sus últimos días de descanso y del Festival de la Canción, cuya última jornada debió ser cancelada por culpa del terremoto.
Las personas se aglomeran en las esquinas, mirando cómo los semáforos han muerto, los autos tocan las bocinas y los celulares dejan de llamar para convertirse en meros objetos decorativos. En el centro de la capital de Chile se oyen las sirenas de las ambulancias, que vuelan con heridos hasta la Posta Central, el recinto asistencial de urgencias de Santiago. Pasan también carros de Bomberos, prestos a rescatar atrapados en ascensores, a controlar los escapes de gas, a apagar los primeros incendios. Las antiguas iglesias de la ciudad padecen los horrores más evidentes. La de los Sacramentinos ya no ostenta parte de su estilo románico. Abajo, en la calle, los escombros impiden el paso de los autos. En Providencia, camino hacia la precordillera santiaguina, la iglesia de la Divina Providencia pierde su campanario, que cae sobre una transitada avenida, sin causar heridos.
La gente intenta infructuosamente movilizarse por la ciudad. Los taxis y los autobuses han desaparecido casi en su totalidad. Los pocos que circulan van atestados de pasajeros ansiosos por llegar a casa, por saber de los suyos. Pasan también vehículos particulares raudos con pacientes que necesitan asistencia médica urgente. Las personas esperan en la calle, en las plazas, duermen en la calle esperando las réplicas que no tardan en llegar. A medida que pasan los minutos y llega la luz solar, se descubren las casas destruidas, los edificios con las cañerías a la vista, los vecinos que buscan a sus amigos extraviados. Otros ayudan a los que tienen sus puertas trabadas y no pueden escapar de sus propias casas.
La radio mantiene a los ciudadanos informados. Muchos se reúnen en torno a un aparato a baterías. La televisión transmite, pero pocos pueden verla. Santiago no tendrá luz hasta bien entrada la mañana. Las noticias son demoledoras. Concepción está incomunicada. La isla Juan Fernández sufre marejadas que se llevan al menos a 18 personas. Las autoridades hablan en la tarde del sábado de casi 150 muertos. En Valdivia, al sur, se anuncia un tsunami. Algunas autopistas de Santiago quedan inutilizadas, las carreteras hacia el sur lucen enormes rocas en sus pistas, los pasos peatonales en altura ahora yacen en el piso, algunos edificios se hunden, se desploman. El aeropuerto de Santiago queda fuera de combate y en Santiago vuelve a temblar, en la enésima réplica de la jornada. No será como el terremoto de 8,5 grados en la escala de Richter de las 3.34 horas de la madrugada, pero sirve para recordarnos que vivimos sobre un país que cada tanto se mueve.
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