El nuevo Zorrozaurre es un sueño para Bilbao. Lo es sobre el papel, un sueño ambicioso y prometedor. Curiosamente, trasladado a la realidad, el proyecto sigue siendo un sueño, pero uno agitado y adulto, con sus apneas, su inquietud, sus episodios de bruxismo y sus proyecciones pesadillescas. Nadie dijo que fuera fácil añadirle una extensión futurista a la ciudad. Y no lo está siendo. Tras el resplandor inicial de las maquetas, llegaron los problemas con los vecinos y con el dinero, los amagos de fuga de las ingenierías emblemáticas, los aplazamientos.
En julio, cuando el Ayuntamiento renunció a los rellenos de Deusto, parecía que todo iba a arrancar en serio. Sin embargo, el enorme nubarrón de la crisis ya oscurecía las posibilidades de Zorrozaurre. Poco después supimos que no era el único fenómeno de la naturaleza que se interponía entre nosotros y nuestro futuro. A nuestro cielo político había llegado otro meteoro plomizo y tormentoso: el choque institucional entre los dos principales partidos del país, esa pugna constante que a ratos es de alto voltaje político y a ratos de alto voltaje freudiano.
Una vez más PSE y PNV estaban condenados a entenderse. La anterior es una frase que comienza a adquirir las propiedades de una alarma antiaérea: la escuchamos y nos entran ganas de buscar refugio. En esta ocasión, el terreno de juego era Zorrozaurre y tocaba detallar al milímetro qué se va a hacer y cómo se va a pagar. El Gobierno vasco presentó en diciembre un borrador del convenio de financiación que el Ayuntamiento rechazó por inconcreto. La municipalidad respondió con otra propuesta. Desde entonces, ambas instituciones han estado negociando con plausible discreción e imaginamos que con la inevitable fiereza. Y parece que ha funcionado: mañana se hará público el acuerdo. Imaginamos que detrás quedan largas sesiones de controversia, pacto y cesión. Es lo malo del servicio público, que a veces hay que dejar de comportarse como un huno. En el momento en que se firme el convenio de financiación de Zorrozaurre, los flases estallarán con el brillo que se reserva para cuando los mandamases parecen manejarse con cierta sensatez.