Fíjense en la fotografía: un viejo tren avanza sólido y pesado, exhalando su aliento de ceniza, imponiéndose al paisaje entre pitidos, toses tóxicas y violentos traqueteos. Aparentemente, no hay en la foto ningún detalle que nos revele su procedencia. El tren que vemos podría ser cualquier tren. Uno, qué sé yo, que está a punto de ser asaltado por la banda de Jesse James. Tal vez el tren que terminó con la vida de Anna Karenina en la estación de Moscú. O el que tomó por equivocación el profesor Timothy Pnin al comienzo de la inolvidable novela de Nabokov.
Ocurre con los barcos y los viejos ferrocarriles: son capaces de irradiar potentes ondas de ensoñación mientras retienen intacto el brillo infantil de la aventura. Sin embargo, el tren de la foto es un tren sin importancia, un tren corriente. Su prestigio literario es nulo. No sabemos gran cosa de él, tan sólo que pasa por la calle Gordoniz de Bilbao y que unas pocas personas lo acompañan con la mirada, quizá aburridas de verlo pasar siempre por allí a la misma hora, quizá hechizadas por ese pequeño truco de magia que encierra siempre un tren en movimiento.
Sabiendo que el tren atraviesa el viejo Bilbao, tiene uno la fantasía de que es su estela la que está pintando en ese momento de gris la ciudad. Qué poco desentona el enorme cachivache en ese Bilbao de trincheras y viaductos, de vaharadas de humo negro y emergentes lonjas industriales. Y qué poco desentonaría el mismo tren en el escenario inmediatamente posterior: el Bilbao de la crisis, las sirenas y los charcos perpetuos. Aquella ciudad inhóspita que parecía el decorado de un videoclip, un escenario que Tom Waits hubiese rechazado por recargado y deprimente. No hay que buscar muy al fondo de nuestra memoria: sonaba un aullido metálico y el último tren del día pasaba por Basurto, dejando tras de sí una nube de sombra y un temblor de cristales a la hora de cenar.
La diferencia entre aquel Bilbao y el Bilbao que hoy soñamos habitar es, aproximadamente, la que separa al negrísimo tren que ven en la fotografía de los aparatos relucientes, silenciosos y aerodinámicos, casi espaciales, que nos llevan en esta época de aquí para allá. Nos dicen que el soterramiento del trazado de la línea de Feve entre Olabeaga y Rekalde ha sido una de las obras más complejas a las que se ha enfrentado una ciudad que comienza a especializarse en obras complejas. Tras muchos y muy elásticos meses de molestias, al fin perdemos de vista unas vías que un día fueron las arterias por las que circuló nuestra historia. La villa que ayer fue dura e industrial y hoy es pura confitura de Fitur se despide de una estampa de otro tiempo. No lo duden: la mercancía que transporta el tren de la fotografía es nuestro propio pasado: un lugar asombroso y atroz en el que los maquinistas pilotaban mirando a cámara y fumándose un pitillo.