La cirugía urbana deja cicatrices, y en Basurto son especialmente dolorosas. Las obras han cambiado la rutina de los vecinos, que se han acostumbrado a dar rodeos, y han dejado «encajonadas» las calles Iturribarria y Camino de la Estación. «Se han convertido en un patio de vecindad», resume el presidente de la asociación de vecinos de Masustegi, José María Fernández. Hace tiempo que las vallas que rodean las vías, pintadas con los colores de Bilbao Ría 2000, son su única perspectiva.
Ahora que los trenes circulan bajo tierra, los residentes esperan que empiece la cuenta atrás para liberarse de sus barreras. Lo más urgente, en su opinión, es recuperar la conexión peatonal desde la bajada de Masustegi, que estaba junto a la antigua estación y ahora se ha trasladado al otro lado de calle. En la estructura de mecanotubo por la que cruzan «ha habido varias caídas» y Ría 2000 cambió el revestimiento de la pasarela central para evitar resbalones. Aun así, los vecinos miden sus pasos los días de lluvia y están deseando perderla de vista, al igual que las vallas. «¿Cuándo las quitan? Esto parece una cárcel», dice Fernández mientras recorre el barrio junto a su compañero Luis Agra.
El paisaje de una obra como ésta no es fácil de borrar. Junto a la estación de Basurto siguen su curso los senderos de balasto. Las vías tuvieron que retirarlas el fin de semana para abrir un acceso provisional, y más adelante se urbanizará una acera que conducirá a una segunda entrada. En todo el recorrido a cielo abierto hay traviesas a medio levantar y excavadoras haciendo rellenos. Muchos contemplaban ayer la trinchera asomados al 'puente del camello', que se derribará para ampliar la plataforma y permitir la circulación en doble vía.
La asociación vecinal de Masustegi se reunirá el jueves con Bilbao Ría 2000 para hablar de cómo recuperar la normalidad del barrio. «Todos sabemos que en las obras hay que aguantar, pero es que han sido cuatro años», lamentan. Los comerciantes se sienten especialmente castigados. «Entre la crisis y esto, hemos perdido la mitad de la clientela y no sé lo que vamos a recuperar», se queja desde su mercería Ramón Irastorza.
«Es como si la tienda estuviera enterrada», resume el propietario de un comercio de ropa deportiva donde en el último año «han entrado dos veces a robar». En la calle que da a las vallas hay muchas persianas bajadas y también muchos bares, una ruta de poteo que revive los domingos de partido pero ha perdido varias rondas. Habrá quien eche de menos la antigua estación, que «daba mucha vida al barrio» como se aprecia en los nombres de los locales; homenajes a los cafés que la gente solía tomar esperando el tren.