La solidaridad es algo que nace de dentro, muy de cada uno. Aunque a veces es conveniente ayudarla a salir. Mostrar a la juventud su realidad más cercana para que comprenda que puede hacer mucho por ayudar a los demás. Comprometerse con la sociedad y enriquecerse interiormente al mismo tiempo. En esta labor está volcado el colegio Santa María de Portugalete que, desde hace más de una década, incluye en su programa lectivo la Educación para la Solidaridad. Asignatura obligatoria. Una iniciativa que empieza a acumular reconocimientos como el premio 'Jóvenes con Valores 2008' de la Fundación Obra Social La Caixa o el nombramiento de entidad jarrillera más comprometida en 2009.
Sonia Acero es uno de los motores de la iniciativa, que se puso en marcha en el curso 1997-98 a raíz de una colaboración del centro con la escuela de Trabajo Social de la Universidad de Deusto. «La solidaridad en este centro menesiano es fundamental y se apostó por trabajar en la educación en valores», explica. Desde entonces ya han pasado por sus aulas más de 1.000 alumnos, todos los de primero de Secundaria y de forma voluntaria los de segundo.
Garazi Castro forma parte de este último grupo. Comenzó en 2008 en la residencia de ancianos de Aspaldiko. En el aula de teatro. La experiencia fue tan positiva que no dudó en continuarla este curso.
Se lo pasa «genial». Junto a los mayores, acaban de interpretar la obra 'Sancho Panza en la ínsula Barataria'. «Nosotros les ayudamos a aprenderse los papeles y a prepararlo todo, pero ellos son los protagonistas». Y anuncia que le gustaría seguir en este proyecto, «o en otro, aunque todo dependerá del tiempo que me dejen los estudios».
Las prácticas son los pilares de la asignatura. Sonia Acero asegura que en las aulas se da a los alumnos unas pautas teóricas, «pero es en la calle donde se aprenden verdaderamente las habilidades sociales». Y ya hay doce entidades que colaboran con el colegio.
«Crear buenas personas»
Ander Lesaka también repite. En su caso le han enganchado las clases de natación. Ayuda a discapacitados psíquicos de Uribe Kosta. «El año pasado les enseñaba a nadar, pero este año me han pasado a un grupo que compite y estoy alucinado con ellos», subraya. Para él se han convertido en compañeros. La pena es que cuando acabe el curso dejará de verles. «Salvo que me dejen seguir, que me encantaría».
Jazmín Castro y Aitor Fernández han iniciado la experiencia solidaria este año y también les ha enganchado. La primera colabora con Cáritas en un centro de apoyo escolar y tiene a su cargo a diez niños de 4 a 9 años. «Me han cogido mucho cariño -reconoce-. Y yo a ellos».
El destino de Aitor ha sido el área de cuidados paliativos del hospital San Juan de Dios. Entró un poco asustado porque debía acompañar a personas en la recta final de sus días, pero le sorprendió la actitud positiva con la que afrontaban esta etapa. «Los acabas viendo como amigos, aunque alguno se aproveche un poco de su situación para pedir que les traigas de todo», bromea.
Jon Ancin, director pedagógico del centro, destaca los resultados de la iniciativa. «Es una forma de completar la formación de los jóvenes, porque no queremos crear sólo 'cerebritos' sino 'buenas personas'», puntualiza. Y los datos lo corroboran. El 20% de los que participan en estas prácticas solidarias acaban relacionados de alguna manera con iniciativas altruistas.