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Educar para la paz

«En la sociedad vasca no podemos seguir adelante sin esclarecer ese núcleo de valores esenciales que hacen posible la vida en común»

24.01.10 - 02:47 -
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Son innegables los avances logrados en el País Vasco durante la última década. Estamos lejos de nuestros objetivos, eso sí, pero caminamos, al menos por primera vez, con paso firme por la senda correcta. Hoy la paz en Euskadi se vislumbra posible y, más importante aún, deseada impacientemente por una amplia mayoría hastiada de la violencia. No obstante, y pese a la importancia radical de estos logros -fruto de la lucha permanente y silenciosa de toda nuestra sociedad-, nada puede darse por alcanzado mientras no nos ocupemos de aquel sector más vulnerable al aparato propagandístico de ETA y sus colectivos afines: nuestros jóvenes. Y lo que resulta más grave es que hay signos de que este problema está lejos aún de ser resuelto.
Los hallazgos realizados en recientes operativos contra Segi nos demuestran que ETA sabe que su caldo de cultivo sigue estando en los jóvenes vascos, que la falta de madurez intelectual es terreno fecundo para el extremismo ideológico, que es fácil promover el odio ciego entre los adolescentes disfrazándolo de bravura, convirtiendo al asesino en mártir. Por otra parte, sabemos también, gracias a un revelador e inquietante informe presentado hace pocos meses por el Ararteko, titulado 'La trasmisión de valores a menores', que todo esto es sólo la punta del iceberg, el síntoma de una infección profundamente enraizada en nuestra sociedad.
Dicho documento constata, a partir de un profundo estudio estadístico, que «la justificación a ETA nace en el seno de la familia y se prolonga en el de las amistades más próximas». Las conclusiones presentes en ese trabajo, si son consideradas en su verdadera hondura, constituyen un baño de fría y cruda realidad para todos quienes luchamos por la paz en Euskadi. Nos recuerdan la subsistencia de ese universo «autoreferencial, endogámico, impermeable a la duda y a los razonamientos opuestos», medio en el que se legitima el asesinato por fines políticos, en el que la vida humana mantiene un valor meramente instrumental, relativo si acaso.
Estos datos son alarmantes, y corremos graves riesgos si los ignoramos. Nuestra pacífica convivencia no estará asegurada mientras no solucionemos esta situación, de forma contundente. Debemos recordar que nuestro sistema educativo comienza en casa; más aún, que los valores inculcados por el círculo familiar íntimo regirán el núcleo esencial de principios éticos y morales que determinaran nuestras opciones de vida más fundamentales. La instituciones de enseñanza, sean éstas públicas o privadas, no se encuentran ahí para 'externalizar' la fundamental labor de formación que corresponde a los padres, sino para complementarla y perfeccionarla. Es una tarea muy difícil, eso sí; implica el alcance de un compromiso básico entre sociedad civil y Gobierno, para desintoxicar nuestra sociedad de ese veneno que se trasmite de generación en generación. Debemos enseñar a nuestros jóvenes que los derechos fundamentales son límites infranqueables, que la dignidad de la vida humana es un valor absoluto que no puede ser relativizado en ningún supuesto, no importa cuán hondo sea nuestro desacuerdo. Se trata de verdades que parecen demasiado obvias, sin duda; pero hemos fallado al trasmitirlas a ciertos sectores sociales, donde todavía rige un oscurantismo dogmático y acrítico.
El fondo de la cuestión es muy profundo. Durante más de un siglo, el sistema educativo ha sido una herramienta de construcción de identidad colectiva, y en ese cometido ha sido usado y abusado por distintas elites políticas que han utilizado el nacionalismo, sea éste centralista o periférico, como instrumento de dominación, buscando la centralización opresiva del poder político, o su atomización desintegradora, según sus propias circunstancias y conveniencias. Los unos utilizaron las instituciones de enseñanza para ocultar las manifestaciones culturales locales ante la omnipresencia del Estado-nación, los otros para salvaguardar sus propios privilegios frente a los procesos de integración política y económica impulsados por la modernidad. En España hemos sido testigos de ambos fenómenos durante los últimos cien años; en Euskadi seguimos enfrentando las consecuencias más radicales del segundo de ellos.
Resulta fundamental devolver a la familia el protagonismo en el proceso educativo, porque hemos comprobado hasta el hartazgo que es ahí donde se encuentra la clave de nuestro futuro. Ello implica, desde luego, hacer un profundo ejercicio de reflexión personal, para poder cimentar aún más nuestras prioridades éticas, y así saber trasmitirlas mejor. No en vano decía Chesterton que educar no es más que «estar lo bastante seguro de una cosa para atreverse a decírsela a un niño». Podemos diferir en muchas cosas con respecto a la formación de nuestros hijos, pero, en la sociedad vasca, no podemos seguir adelante sin esclarecer netamente ese núcleo de valores esenciales que hacen posible la vida en común. No necesitamos tampoco reinventar otra vez la rueda de la convivencia social, sino comenzar por casa, educando para la paz.
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:: JOSÉ IBARROLA
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