Leíamos ayer en estas mismas páginas que en 2009 la delincuencia aumentó notablemente en la ciudad. Estábamos todavía masticando la noticia cuando el concejal del ramo convocó a la prensa para presentar el Balance de Actividad de la guardia urbana del pasado año. Entre otras cosas, Eduardo Maiz explicó que los delitos contra el patrimonio han aumentado un 27%. Es un porcentaje rotundo, llamativo. El concejal dio más datos: han aumentado también los arrestos y las identificaciones, el 94% de los detenidos son hombres, el 64% de esos hombres son extranjeros, la mayoría de esos hombres extranjeros animan a las selecciones de Marruecos y Argelia.
Las cifras confirman una sensación que se extendía por la ciudad. La delincuencia está aumentando y adaptándose a la época, en plan multicultural. Hoy a ningún bilbaíno le sorprende demasiado que un joven de origen magrebí que combina un escaso respeto por la propiedad ajena con las piernas de Said Aouita le arruine su paseo por el centro levantándole el bolso o la cartera. Ya lo cantaba Dylan: los tiempos están cambiando. Lo raro es que nadie se paró a preguntarle a Dylan si pensaba que en algún momento de la historia los tiempos se habían estado quietos.
Mientras informaba del subidón de delitos, Eduardo Maiz insistió en que la nuestra sigue siendo una ciudad segura. Y lleva razón, tampoco hay que volverse locos. De hecho, que durante los últimos años Bilbao haya sido un lugar muy tranquilo es lo que provoca en parte que la ciudadanía viva con alarma el aumento de los pequeños robos. Créanme, nadie se asusta en Baltimore o Medellín si se disparan los descuidos en las tiendas de golosinas. Sin embargo, la mejor manera de que Bilbao deje de ser una ciudad segura es permitir que los índices de delincuencia sigan subiendo. El Ayuntamiento debe ponerse las pilas. Quizá pueda hacerse algo más que insistir en el plan de choque que se puso en marcha el pasado mayo y que, por lo visto, no termina de chocar del todo. A los demás nos toca fiscalizar su acción y, de paso, evitar que la chispas de la frustración contacten con la yesca de la ignorancia. Que nos conocemos.