Volvió Aquiles Machado a Bilbao con una presencia mucho más atractiva y con el bello color del timbre de su voz. Nos dio la impresión de que ha encontrado un nuevo papel en el discurrir de su carrera, que en la actualidad se vislumbra más en el campo lírico-spinto. Tuvo una actuación completa, tal vez con la mancha del falsete que utilizó al cantar el delicado 'Ah morir potessi adesso' a dúo con la soprano en el segundo acto. De todos modos, hubo un mundo de por medio con respecto a la voz de Dimitra Theodossiou, que exhibió la suya demasiado ligera para un papel de soprano dramática de agilidad. Hizo honor a esa agilidad en la primera parte y ciertamente cantó con gusto y buena línea, pero le faltó el volumen requerido para afrontar las páginas pasionales de la segunda mitad de la obra.
El que lució y mucho, fue el barítono Zeliko Lucic. Ya teníamos ganas de escuchar en Bilbao a un barítono verdiano de bella voz, extensa y con un canto expresivo. El artista serbio se ganó el merecido aplauso general al convencer con el legato y el fiato que mostró en su canto. Del bajo Anastassov no podemos decir lo mismo, porque la naturaleza de su timbre de voz no contenía el terciopelo ni la morbidez mostrados por la voz del barítono.
El cantante búlgaro no supo transmitir la suavidad y la carga emotiva de su aria 'Infelice e tu credei' y el director Elder le privó de su cabaletta 'Infin che un brabdo vindice', suponemos que por la dificultad que entraña para un bajo. En lo que se refiere a la producción, diríamos que se nos hizo semejante a una competición de escalada libre. En efecto, en una especie de pista central con una inclinación de al menos treinta y cinco grados, en la que se representó la ópera, pudimos asistir a un derroche de funambulismo y escaladas en algo parecido a un rocódromo de complicado ascenso sin clavos ni fijaciones.
Al jefe de la pista, el polaco Michal Znaniecki no le importó confundirnos con las escenas, pasó de largo del movimiento teatral y hasta disfrutó con el juego de sillas que presentó. Ensimismado en su realización, formó una pequeña algarabía al hacer bajar a las féminas del coro en 'rapel' de aquel 'big wall' mientras el barítono cantaba el hermoso concertante final 'O Sommo Carlo'. En fin, se empeñó en acaparar nuestra atención con el crujir del andar por la cuesta del rosetón-pista por parte de los más atrevidos, compitiendo inmisericordes con la música que dirigía Sir Mak Elder. El gran coro bilbaíno traicionó un tanto al director escénico polaco, porque se empeñó en cantar bien, aún atendiendo debidamente a las ridículas instrucciones escénicas que recibían. Mientras, Sir Mark Elder condujo la excelente BOS con su veterana maestría, con gestos precisos.