De aquí a tres meses mal contados -el 18 de abril del 2010- se escenificará en Valladolid la ceremonia de beatificación del poco conocido padre Hoyos. ¡Y la verdad es que hay poco que conocer en su corta biografía! Tenía sólo 24 años cuando una epidemia de tifus lo arrancó de la tierra castellana en la que había nacido. Nueve meses antes de morir se le confirió el sacramento del Orden, como si el sacerdocio fuera un premio o un punto más para presentarse ante Dios. ¡Tal vez pensaron que al joven honrado con unas revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús no se le podía privar de lo que tanto anhelaba!
El pequeño pueblo vallisoletano de Torrelobatón meció su cuna allá por el mes de agosto de 1711. En la pila bautismal le impusieron los nombres de Bernardo y Francisco. Sus padres se esmeraron en su educación cristiana. En su formación religiosa, una novedad: la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Hacía poco había llegado de Francia y, propagada por los jesuitas, estaba haciendo furor en todos los países europeos. Traía un fuerte mensaje de amor de Dios a los hombres, frente al Jansenismo que lo ponía en cuarentena o, simplemente, lo negaba. Una joven religiosa de tan sólo 25 años, francesa de la aldea de Hautecour, con un padre que era juez y notario, se había hecho su pregonera. La sociedad de su tiempo -incluso en su propio monasterio de Paray le Monial, histórica construcción cluniacense del siglo XII- fue poco benévola con ella: la insultó, la persiguió, se rió de ella, la denunció a las autoridades jerárquicas. Pero la joven religiosa, Margarita María de Alacoque, siguió con sus visiones o apariciones. Durante no menos de dos años. Un famosísimo jesuita, el padre Claudio de la Colombiere, le echó un capote y las aguas volvieron a su cauce. La promesa de salvación brindada por el Corazón de Jesús en favor de los que, durante nueve primeros viernes de mes consecutivos, se confesaren y comulgaren, conmocionó a obispos y abades, a sacerdotes y religiosos, a laicos conocidos por su fervor y. a desgarramantas de vida airada. De norte a sur, de este a oeste, una como cruzada apostólica recorrió las parroquias de toda España.
En este ambiente, nada más puesto en razón que la decisión del joven Hoyos, de apenas 15 años, de llamar a las puertas del famoso noviciado de los jesuitas en Villagarcía de Campos. Aquí estudió las humanidades clásicas. Luego, en Medina del Campo, filosofía; y por último, en Valladolid, Sagrada Teología. En todas partes se hizo notar por su piedad y por las largas horas que pasaba en oración ante el sagrario.
Una santa envidia -sin que él lo advirtiera demasiado- se le fue introduciendo en el pecho. Todo lo que se contaba de las apariciones y promesas del Corazón de Jesús a la religiosa Margarita María de Alacoque repercutía en su interior. No se consideraba digno de tanta merced, pero si el deífico Corazón se avenía a sus ruegos, su contento y su alegría no tendrían término. ¡Una aparición! ¡Una promesa! No por él; sí por España. ¿Qué otro pueblo podría presentar credenciales más elocuentes? La nación se había desangrado -durante siglos- en batallas sin fin contra la morisma para defender la Cruz. España se había vaciado de sí misma para llevar el Evangelio a los nuevos pueblos del otro lado de los mares. Francisco de Xavier, Juan de Zumárraga, Urdaneta, Anchieta y ¡tantos y tantos más que lo habían entregado todo por el Reino de Cristo!
¿Cómo explicar lo que pasó entonces? ¿Con qué palabras describir la quietud, el sosiego, la placidez, la serenidad de ánimo del jovencísimo Bernardo Javier? Y, de repente, la Promesa que el Corazón de Jesús encomienda al jesuita, con el encargo de darla a conocer por doquier. Era más, ¡mucho más!, de lo que había imaginado nunca, de lo que podría haber soñado. «Reinaré en España y con más predilección que en muchas otras partes». No se ponen condiciones de ningún género. Claro que tampoco se le dice a Hoyos cuándo se realizará esa Promesa y con qué intensidad. Todo queda un poco vago, impreciso. Sin calendario alguno, lo que contrasta -y no poco- con la Promesa de los nueve (¡) primeros meses de mes, consecutivos.
¡Reinaré en España! ¡Casi nada! ¡Como para llenar de santo orgullo el pecho de todos los españolitos bien nacidos! ¡Como para que el 'angelical joven' que es el jesuita Hoyos comience a experimentar la cercanía de san Juan Evangelista, la de Francisco de Sales, la de Francisco de Xavier. que se le van haciendo cercanos uno tras otro o todos a la vez. Es curioso que, entre los amables visitantes, figure el Evangelista Juan, en cuya festividad la joven Margarita de Alacoque tuvo la primera aparición del Sagrado Corazón. También lo es la presencia de Francisco de Sales, fundador de las monjas de la Visitación, congregación a la que pertenece la citada Margarita. ¡Y san Francisco de Xavier, apóstol de las Indias, la personalidad más atrayente de toda la Compañía de Jesús y dechado y ejemplo para todo jesuita que se precie de serlo! ¡Demasiadas coincidencias entre la joven religiosa que se ganará a pulso el remoquete de 'Evangelista del Sagrado Corazón' y el jesuita Bernardo Francisco, quien se siente llamado a propagar por toda España y sus colonias la devoción y el culto al deífico Corazón!
¿Coincidencias? ¡Algo más! Pura emulación. Hoyos, sin pretenderlo, reproduce en su biografía los rasgos mayores de Margarita María de Alacoque. Y, entonces,¿qué valor se le pueden conceder a sus visiones y, sobre todo, a su Gran Promesa? Dos arzobispo de Valladolid, vascos los dos, fueron los grandes valedores del padre Hoyos y su Gran Promesa; pero su autoridad interviene a dos siglos de distancia de los presuntos acontecimientos.
Y la teología, ¿no tiene nada que decir al respecto? La elección de un pueblo -el de España, en el caso- por parte de Dios, ¿no pone en entredicho aquello tan fundamental en las Sagradas Escrituras de que «Dios no hace acepción de personas»?