No lo he mirado en la Constitución, pero estoy seguro de que una de las funciones que el Estado de Derecho atribuye a las formaciones políticas consiste en que sus miembros se peleen para solaz de la ciudadanía. Desde Pericles, este es uno de los fundamentos de la democracia. Porque, reconozcámoslo, entretiene mucho que los políticos se zumben en el espacio público. Qué sería de nosotros sin esos ratitos de tumulto y agresividad. Los simpáticos políticos, en fin, y sus batallas de tartas de nata dialéctica.
El problema es que a veces parecen estar más preocupados por los tartazos que por la realidad. Esto puede ser tolerable cuando se abordan temas de escasa trascendencia y mucho lucimiento (guerras civiles a las que se llega con medio siglo de retraso, banderas en el Pagasarri, leyes que acabarán con la familia humana e impondrán modelos sociales de origen extraterrestre), pero no cuando toca ocuparse de asuntos de los que depende el progreso y el bienestar de la comunidad. Es entonces cuando llega el momento de las ideas, la inteligencia, la sensatez y los acuerdos. El momento de la verdad. La hora de la política, como quien dice.
Bilbao se enfrenta ahora -o sea, en tiempos de crisis- a uno de esos retos: su última gran expansión urbanística. El futuro de la ciudad mira hacia Zorrozaurre cuando los diosecillos de la estadística electoral han querido que los inquilinos del Ayuntamiento y los del Gobierno vasco no pertenezcan al mismo partido. El desequilibrio cromático en las altas esferas implica cierta novedad para una sociedad habituada al control nacionalista de las instituciones, pero no debería ser un problema para una sociedad avanzada.
¿Serán capaces Ayuntamiento de Bilbao y Gobierno vasco de colaborar con audacia y lealtad en un proyecto fundamental? Si miramos a Urdaibai o hacia el nuevo campo de San Mamés, dan ganas de echarse un poco a temblar, pero quién sabe. Estaremos atentos a la jugada, en parte por curiosidad localista y en parte por saber si los partidos son enormes maquinarias diseñadas para acaparar, deglutir y conservar poder o agrupaciones de gente que, partiendo de sus ideales, persiguen el más alto ideal del bien común. Al tiempo.